El reto de ser unos reyes modernos

¿Qué se espera de una Monarquía en el siglo XXI? Transparencia, redes sociales y recorte de gasto pueden ser claves en esta nueva etapa.

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Foto: Cristina García Rodero / Getty

¿Se abrirá una cuenta de twitter la reina Letizia para administrarla como Rania de Jordania o como Mette Marit, la princesa noruega? ¿Se reunirá el rey Felipe VI con Pablo Iglesias para conectar con quienes desean poner su puesto a concurso? ¿Qué es lo que se espera de una pareja real actual?

El manual de instrucciones para ser un rey del siglo XXI está por escribir, lo mismo que cómo dotar de contenido moderno a una institución que la opinión pública cada día considera más prescindible. Y no se trata de dejarse barba o de tenirse el pelo de rosa. Los todavía príncipes de Asturias tienen la oportunidad de actualizar su papel, como han hecho en otros países europeos. Cualquier estrategia posible, sin embargo, pasa necesariamente por la transparencia y por encarar los problemas de frente. “En los países escandinavos se ha criticado mucho el coste de las monarquías por lo que ha reducido el tamaño de las familias a lo mínimo, solo el monarca y su heredero, para eliminar ruido y humo. También se ha optado por menos ceremonia y más efectividad, por dedicarse a misiones prácticas sin tanta pompa y protocolo. En Noruega, por ejemplo, la agenda real está muy ligada al ministerio de industria, porque es la única forma de justificarlo”, apunta un diplomático nórdico que viaja a menudo con la familia real de su país.

“La sociedad demanda claridad. Necesita saber cual es el trabajo de un rey más allá de la inauguración de una planta de automoción o de presidir actos oficiales. Quiere palpar los resultados. Recuperar la confianza precisa de una implicación directa en los problemas reales, descender a la calle y contribuir a la búsqueda de soluciones al paro y a la desigualdad más que apretar manos y hacerse selfies, por mucho que le funcione a Obama”, apunta un estratega publicitario que ha trabajado en el mundo político.

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Cristina García Rodero / Getty

Hasta el año 2004 la monarquía era la institución mejor valorada por los españoles con diferencia, pero en el 2011 empezó a suspender hasta llegar al 3,72 de nota, según los últimos datos del CIS de hace solo un mes. La ejemplaridad en un país como este, en el que la corrupción se sitúa entre las principales preocupaciones de la población por detrás del paro, es otra prioridad. La imagen de los príncipes se ha mantenido a salvo de los escándalos familiares, aunque Felipe suscite más simpatías y una valoración superior a la de Letizia. “No suspende, aunque está a distancia de su marido y de la reina Sofía. Que se apunte que la princesa es altiva, distante y orgullosa, es una percepción complicada de cambiar”, apuntan fuentes próximas al entorno de Zarzuela.

En la Casa Real son conscientes de que Letizia es la cara comercial, la que está más expuesta como le sucede a Kate Middleton, la que vende. Aunque las noticias sobre ambas escalan inmediatamente a la lista de lo más visto, las diferencia la forma en que se las juzga. Kate ha logrado empatizar con los ciudadanos, y sobre todo con su generación, a la que no solo no escandalizan los golpes de viento que descubren su ropa interior, sino que aprueban su resistencia a las normas que la reina Isabel II trata de imponer sobre su atuendo, como sucedió en su reciente viaje a Australia cuando trascendieron las directrices para ser más recatada y clásica que le había hecho llegar la reina y no hubo medio ni bloglero que no se pronunciara a favor de la duquesa de Cambridge.

Un problema que no tendría con Letizia, dada su predilección por el estilo de Felipe Varela, su modisto de cabecera, que le echa años encima y le aleja tanto de las mujeres de su edad. Ser universitaria y haberse casado por amor debería crear cierta complicidad con la clase media pero en las encuestas internas de Zarzuela, eso no se recoge. Ni tan siquiera su asistencia a conciertos pop-rock y su pasión por las películas en versión original, o sus salidas con el Príncipe o con amigas por el centro de Madrid sirven para identificarse con ella. Ha calado la idea de que siendo una persona normal, al casarse con el Príncipe en lugar de conservar el vínculo que la unía a la mayoría, se ha roto.

Si los futuros reyes palpan personalmente la opinión pública en las redes sociales no ha trascendido, pero algo ha tenido que ver con el proceso sucesorio la apertura de una cuenta en twitter, @CasaReal coincidiendo con el décimo aniversario de matrimonio. Es pronto para averiguar si la cuenta se convertirá en un fenómeno de comunicación como la del Papa (@pontifex), aunque el carácter de hemeroteca con que se está gestionando no hace presagiar que logre conectar demasiado con la gente en las redes, que premia la cercanía y el compromiso con los problemas actuales.

“La institución es vetusta per se. Hay que hacer ver que la Monarquía puede tener réditos para un país. El Príncipe tiene una educación sobresaliente, se maneja perfectamente en inglés y resulta convincente. Hay políticos a los que da vergüenza ver en el exterior. Creo que su labor internacional la va a desempeñar con soltura. Pero sobre todo tiene que ser útil aquí dentro. Que se note que trabaja en lo que se le necesita en cada momento”, argumenta un diputado popular en vista del panorama que han dibujado las elecciones Europeas y la creciente presión ciudadana.

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