El ‘qipao’ cumple 100 años

El vestido chino por excelencia tiene ya un siglo, una ocasión única para hacerse con uno de ellos.

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La prenda más famosa de China y la que más ha cambiado la forma de vestir de sus mujeres cumple un siglo de existencia. La historia del qipao, de origen manchú –cuello cerrado, aberturas laterales y largo hasta el suelo– se remonta a la dinastía Qing. Un grupo de agricultores y ganaderos del norte que vestía un uniforme holgado y oscuro de una sola pieza, con el mismo patrón para hombres y mujeres, y que no permitía enseñar ninguna parte del cuerpo. La dinastía Qing perdió el poder en 1912 y el nuevo Gobierno, formado por los Han, tomó prestado su uniforme y lo adaptó a su estilo de vida, convertido ya en un exquisito diseño recto, confeccionado en seda y decorado con ricos bordados. Una prenda que empezó a evolucionar en los años 20 en Shangái, bajo la influencia de los japoneses y de los europeos que vivían en la ciudad, con formas que se ceñían al cuerpo y resaltaban las curvas de la mujer.

Tras una etapa de esplendor, de los años 30 a los 50 –cuando Shanghái era el París de Oriente–, el vestido sufrió un duro golpe en 1967 con la Revolución Cultural. Bajo el lema «ropa igual para todos», el qipao fue prohibido y, en su lugar, la moda copió a los líderes con el traje mao. Solo gracias a los emigrantes que huyeron a Hong Kong, su uso siguió vivo, como cuenta Wong Kar-Wai en la película Deseando amar (2000).

El qipao volvió a usarse en los años 80, y, aunque no ha recuperado su esplendor, ha logrado volver a ser la prenda de color rojo con la que todas las novias chinas desean casarse. Hoy la diseñadora Guo Pei, considerada la creadora del concepto moda en un país en el que hay mucha producción pero faltan creadores, se atreve a tomar el qipao y darle el impulso que le faltaba en la pasarela con una espectacular colección de novias. En su último desfile en Pekín, tributo al dragón, presentó qipaos en fucsia, blanco y azul, con ricos bordados, con vestidos estilo María Antonieta y tacones imposibles. «Diseño cuentos. Mis colecciones narran historias; y mis creaciones son producto de mis pensamientos», dijo Guo Pei tras el desfile.

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Grace Kelly en 1956.

Los qipao de esta diseñadora –que van de 800 euros los sencillos a varios millones de euros las piezas de museo– han sido escogidos por famosas como Lady Gaga, la actriz Zhang Ziyi o las estrellas de la gala de Año Nuevo de la televisión china CCTV, con más de 700 millones de espectadores.

«Son piezas artesanales que harán que la tradición perdure», asegura Pei. Y mientras su equipo, formado por 400 personas, recrea las antiguas técnicas de bordado chino y el diseño anterior a la Revolución Cultural, no muy lejos, al sur de Pekín, la costurera Li Qing, de 53 años, recibe a dos clientas en su apartamento-estudio.

Li lleva 10 años sin dejar de coser qipaos. Podría decirse que, después de 30 años, esta oriunda de la provincia de Henan por fin ha hecho realidad su sueño. Todo comenzó cuando decidió convertir su casa en un taller, con seda de Suzhou, la mejor del país. Una decisión arriesgada, ya que en aquel momento ser costurera en China «no se consideraba un trabajo de verdad». Sus qipaos hechos a mano –utilizados por locales en fiestas y celebraciones– van de los 60 a los 150 euros, que es el sueldo medio de un trabajador en la capital.

En una tienda del Mercado de la Ropa, trabaja Wang Li. Sus clientas son extranjeras que viajan a Pekín y encargan un qipao a medida, con algunas modificaciones. «A las occidentales les gusta el rojo y el azul, con el cuello más bajo y sin mangas», explica Wang.Es en este edificio donde el qipao sigue más vivo y con ganas de perdurar en el tiempo.

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