El icónico y uniformado estilo del poder

La moda fue muy importante para Margaret Thatcher. Era un instrumento político, una herramienta de clase y, sobre todo, una fuente de riqueza.

Foto: Getty

“He tenido dos estilos de vestir muy marcados, uno de ellos es el que llevo ahora: traje clásico combinado con muchas blusas diferentes. Es muy importante tenerlas”, confesaba Margaret Thatcher a la presentadora Anne Diamond en 1984. No fue la única entrevista centrada en su estilo. Dos años después, Thatcher abría a la BBC las puertas de uno de los armarios del 10 de Downing Street para mostrar al público sus prendas favoritas.

Y es que pocas mujeres con cargos públicos han sido tan conscientes de la importancia de crear una marca de estilo única. Quizá porque durante décadas fue el símbolo más claro de la entrada de la mujer en un mundo regido por hombres, un mundo en el que la valía femenina no parece ser suficiente y tiene que demostrarse constantemente, en la forma y en el fondo. Nadie, salvo contadas extravagancias, presta demasiada atención al vestuario de los mandatarios varones, pero suelen correr ríos de tinta comentando los trajes de mandatarias y primeras damas. Thatcher lo sabía, y aunque su cargo y su férrea actitud conservadora le impedían mostrar una afición especial por la moda y la ropa, supo construirse con éxito un uniforme, una imagen icónica tan fuerte que aún hoy es perfectamente reconocible e imitable.

Inauguró lo que posteriormente se llamó power dressing; trajes clásicos y muy estructurados que rezumaban sobriedad y “masculinidad”, un estilo que se puso de moda a finales de los ochenta, con la ascensión de la mujer a cargos de poder y que películas como Armas de mujer retratan a la perfección. Pero a pesar de su apariencia pulcra y desafiante, Thatcher, profundamente conservadora, nunca llevó pantalones. Entendió, sin embargo, la importancia de mezclar los cortes masculinos con ciertos adornos femeninos: chaquetas con hombreras y blusas de seda, tweed y perlas, cuellos con lazo y faldas rectas, colores fuertes y escotes cerrados. Como entendió la importancia de citar en sus discursos públicos algunas de sus señas de identidad: su inamovible peinado o sus bolsos austeros funcionaban como bromas recurrentes hasta tal punto que se acuñó el término handbagging para referirse al modo en que disciplinaba a sus tories durante su mandato. Así supo ganarse tanto a los hombres tradicionales y reticentes como a las mujeres conservadoras y coquetas. De ahí que el presidente francés François Miterrand acertara en definirla como una mujer ″con los ojos de Calígula y los labios de Marilyn Monroe″.

Sus bolsos eran, según dijo en una ocasión “el lugar más seguro de Downing Street”. Uno de ellos, de la marca londinense Asprey, alcanzó las 25.000 libras en una subasta de Christie’s. En las pocas ocasiones en las que no se trataba de firmas nacionales, Thatcher utilizaba complementos de Ferragamo. Sobrios bolsos negros y zapatos con minitacón de 3 centímetros que resaltaban, una vez más, esa mezcla entre lo masculino y femenino que supo equilibrar con tanta eficacia.

Ferragamo fue una de las marcas predilectas en la caracterización de Meryl Streep como La Dama de Hierro. Al margen de su excelente interpretación, dicha película es un buen modo de indagar en las etapas estéticas de la Primera Ministra. De sus extravagantes gorros en su etapa como ministra de educación a su predilección por los trajes sastre azul zafiro (el color del partido conservador), de su juego con los colores estridentes en las cenas de gala a su salida de Downing Street en 1990, entre lágrimas y vestida de rojo. Todo en ella era una demostración estética de fuerza, sobriedad o poder, en función del momento e incluso en las circunstancias más adversas.

Cuentan que uno de sus asesores, el productor de televisión Gordon Reece, le aconsejó dejar de llevar sombreros y collares de perlas. Transigió con los primeros, pero rechazó quitarse los segundos por ser un regalo de su marido, el empresario Denis Thatcher. Desde entonces, comenzó a combinar de forma extraña blusas de lazo con collares y estampados con broches en la solapa.
Y ya que no podía vestirse con complementos ceremoniosos y vestidos ricos en adornos, hizo acopio de cientos de blusas de seda y de un buen puñado de trajes sastre de lujo. Casi siempre de marcas inglesas con una larga tradición, porque de esta forma remarcaba tanto su dura política nacionalista como sus ansias de hacer notar un status social que no le vino de nacimiento. Su madre, costurera de profesión, le confeccionaba todas sus prendas, por eso se resarció en sus primeras etapas en el Parlamento llevando todo tipo de complementos lujosos, como si la política fuera un evento social.

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Sus trajes eran un símbolo de rigidez, austeridad y sobriedad.

Getty

Sus marcas británicas predilectas iban desde Jean Muir hasta los almacenes Marks&Spencer, pero las tres cuartas partes de su vestuario iban firmados por Aquascutum. La por aquel entonces directora creativa de la firma, Marianne Abrahams, se convirtió en su estilista, y creó especialmente para ella trajes y blusas de hombros pronunciados y colores chillones. La rigidez de los hombros era una de las obsesiones de la Primera Ministra, quizá porque así ilustraba en la forma la austeridad y la beligerancia de su contenido político. Los colores eran otra de sus enseñas; la hacían destacar entre la multitud y le permitían jugar incluso con la política exterior. En sus viajes, procuraba llevar trajes del color de la bandera nacional del país que visitaba.

Aunque se negara a declararlo abiertamente, la moda para ella era un instrumento político, una herramienta de clase y, sobre todo, una fuente de riqueza. Sus ideas nacionalistas y fuertemente liberales le llevaron a apoyar la moda inglesa con fervor. Aunque los diseñadores no la apoyaran a ella: en una recepción tras la London Fashion Week de 1984, la diseñadora Katherine Hammet acudió con un vestido en el que podía leerse “el 58% no quiere misiles nucleares”. Cinco años después, Vivienne Westwood parodiaba a la Dama de Hierro en la portada de la revista Tatler bajo el título “Una vez ella fue punk”.

Recientemente, un editorial de Terry Richardson para Harper’s Bazaar mostraba a Giorgia May Jagger disfrazada de Thatcher. La armadura de hierro de Armani quizá sea la foto más ilustrativa del mandato de la Primera Ministra, pero los trajes de Prada, los trench de Burberry y las blusas de lazo de Ralph Lauren demuestran también que el “uniforme Margaret Thatcher” es aún icónico, reconocible y actual. Por eso, quizá, la subasta de algunos de sus trajes que se realizó el año pasado en Londres alcanzó cifras astronómicas. Al fin y al cabo, ella nunca quiso ser la mejor vestida, pero sí la más recordada. Para el estilo y la elegancia ya tenían a Lady Di, lo suyo era el estilo del poder, la moda como valor político.

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Los sombreros y los complementos siempre tuvieron un lugar privilegiado en su armario.

Getty

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