El gran orfebre que funde el arte

Escondido en un piso madrileño se encuentra uno de los últimos joyeros artesanos de España. En él confían firmas de lujo y artistas internacionales.

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Hay puertas humildes que guardan un tesoro. Eso se siente al cruzar la que da paso al céntrico edificio madrileño donde se ubica Pacheco. Se trata del taller de uno de los últimos grandes orfebres joyeros españoles que, según sus propias palabras, crea «piezas para aquellos que saben apreciar la calidad orfebre. Hacemos realidad los diseños de artistas internacionales».

De su precisión a la hora de manipular oro, plata y platino dan cuenta, por ejemplo, las únicas joyas que encargó Chillida en vida, las dos colecciones de piezas de Anthony Caro o, más recientemente, las pequeñas esculturas para llevar de David Rodríguez Caballero y parte de las joyas de Blanca Muñoz.

«Hacemos estas obras de artistas con la misma devoción que las medallas, cruces, broches o alianzas de particulares. Todas siguen el mismo proceso y en todas buscamos la excelencia en la mecánica artesana», explica Carlos Pacheco, el hijo del fundador. De hecho, trabajan para De Pablos e Hijos, proveedor de Loewe, donde nos explican que confían en la casa para hacer la fundición de sus piezas «porque son los mejores en hacerlo». Así que en este pequeño taller se terminan pequeñas obras que podrían pasar desapercibidas pero que son claves en ciertos complementos. Desde hebillas, enganches o colgantes a otras más elaboradas que requieren muchas horas de mano de obra.

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Cruces de plata creadas en el taller.

Mirta Rojo

Todo parte de un molde de cera y la primera muestra se hace en latón. También estiran el hilo, funden y pulen: «Así era la joyería antigua y así es como nos gusta seguir haciéndolo. Casi somos los únicos que continuamos la tradición, por eso acuden a nosotros».

La historia comenzó a forjarse hace más de 60 años. Francisco Pacheco, fundador de la empresa y padre de Carlos, tenía 14 años cuando empezó a ayudar a un hermano. «Nos daban las 4 de la mañana trabajando», recuerda. Ahora cuenta con 80 primaveras y lo narra feliz, en un rincón del taller, casi encajonado en una mesa que hay junto a un ventanal y rodeado de las herramientas que lo han acompañado a lo largo de su vida. Allí explica con entusiasmo que siempre ha disfrutado trabajando las joyas de clientes como Joyería Grassy, Carrera y Carrera, Helena Rohner y cientos de particulares. «Hay algunos que solo confían en sus manos, como la familia Chillida», certifica su hijo.

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Broche en proceso de elaboración.

Mirta Rojo

Pacheco y el arte

A Francisco le gusta hacer piezas con escultores «por su dominio de los volúmenes y porque siempre tienen claro lo que quieren. Poseen una percepción de la belleza muy distinta y valoran que empatices con ellos. A mí me pasó desde el primer momento con Eduardo Chillida», dice Pacheco padre. El artista vasco elaboraba medallas para su familia que nunca se pusieron a la venta. Las regalaba en los nacimientos y acontecimientos importantes de sus progenitores. Al fallecer, sus hijos conservaron algunas ceras que el autor no había llevado todavía al orfebre para que él las transformara en oro. Y se las trajeron. «La responsabilidad era importante porque una vez derretidas ya no volverían a existir». Pero una vez más, el trabajo salió bien.

Años después aparecieron los demás artistas. Anthony Caro entró un día en el taller. «Se puso como un niño pequeño. ¡Todo le gustaba! Convirtió nuestras herramientas en joyas y las compraron grandes del mundo del arte», dice Carlos. La última ilusión es su colaboración con David Rodríguez Caballero. «Este chico llegará lejos. Tiene talento y sabe lo que quiere», dice Francisco.

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En este busto prueban las medidas del cuello.

Mirta Rojo

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