El chaleco amarillo y otras prendas que prendieron la llama de la revolución

Cómo una prenda guardada en el maletero del coche se ha convertido en el símbolo de protesta contestario en los últimos coletazos de 2018. Foto: Getty

El chaleco amarillo y otras prendas que prendieron la llama de la revolución

La prenda ha puesto nombre a la insurrección de una parte de la población francesa contra la subida de los carburantes. No es la única que ha servido para visibilizar a movimientos políticos y sociales dispuestos a derrocar las estructuras de poder.

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    Chalecos Amarillos (2018). La revuelta empezó a organizarse de forma transversal a través de la redes sociales en octubre, cuando se anunció una subida de las tasas de los carburantes por parte del gobierno francés. Lo que empezó como una protesta en rotondas y carreteras de todo el país por una medida concreta que afectaba especialmente a los ciudadanos de las zonas alejadas de la urbe, esa "Francia periférica que concentra a los trabajadores pero no el trabajo" como recordaba Máriam Martínez-Bascuñán, ha mutado hacia una revolución que también se vive en París y que capitaliza ahora el hartazgo contra la precariedad y el empobrecimiento paulatino de las clases medias.  

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    Rational Dress Society (del feminismo a la revolución capitalista) Lo que empezó en 1870 como una guerra al vestido victoriano en la primera ola feminista de las mujeres de clase media estadounidenses –mujeres que se preguntaron ¿y por qué no puedo vestir igual de cómoda que mi marido y tengo que sufrir con estos corsés del demonio?– se ha revitalizado en la actualidad con una nueva vida. La nueva Rational Dress Society está en EEUU y se aglutina como movimiento artístico y performático en el que el mono de trabajo se establece como símbolo contrario a la vorágine capitalista bajo el lema "¿Y si nunca tuvieras que eligir otro outfit?".

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    Los latinos y el Zoot Suit En 1942, la mayoría de latinos de clase baja que vivían en grandes urbes de EEUU adoptaron este traje de pantalón de tiro alto con chaquetas oversize hastala rodilla. La indumentaria no gustaba a los marines y soldados de la Segunda Guerra Mundial, que escudaban su racismo alegando que los looks de los mexicanos, con ese corte exagerado, era antipatriótico. La policía se puso de parte de los militares en un episodio de disturbios en 1943. 200 militares se pusieron de acuerdo para ir a por los mexicanos que tuviesen el traje puesto por el centro de Los Ángeles: de los 509 detenidos durante los peleas del episodio de violencia –en el que también murieron afroamericanos–, 500 eran mexicanos, una comunidad que decidió adoptar el traje como protesta, también, por el olvido y abandono de la Administración de su país.

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    Hoodies, la resistencia será criminalizada La clandestinidad que propicia la funcional y práctica chaqueta de capucha ha favorecido que sea retratada una y otra vez como instrumento de episodios de violencia o insurrección: los disturbios de las banlieues parisinas, los saqueos de Londres en 2011 o las manifestaciones anti G-20 de los últimos años. Prohibida en algunos  centros comerciales de Australia e Inglaterra, la criminalización social de la prenda se escenficó cuando el adolescente Trayvon Martin, desarmado y con un paquete de golosinas en la mano,  fue tiroteado y asesinado en febrero de 2012 por un vigilante de barrio en Florida (EEUU). Martin llevaba puesta la capucha. El vigilante, Georges Zimmerman, consideró que su actitud era sospechosa por llevarla puesta. El hombre se acogió a la ley Stand your ground (Defiende tu territorio) –que permite el “uso justificable de la fuerza” en defensa propia– para evitar, en un principio, pisar la cárcel. La decisión judicial provocó que familias enteras, jóvenes, políticos y celebrities se encapuchasen en parques y edificios públicos. Decenas de ciudades organizaron las million hoodie marches en las que manifestantes vestían su hoodie para protestar contra lo que consideraban un crimen racista. David Simon, creador de The Wire, se hacía eco de la tragedia en su blog y cantantes, actores y deportistas mostraron su rechazo al crimen colgando fotos en internet donde aparecían con la capucha puesta. “Sólo porque alguien lleve una capucha, no se le puede convertir en un matón”, clamó un congresista demócrata en el Capitolio.

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    Rojo bolchevique: la antimoda del pueblo El imaginario de la cartelería y marketing soviético proyectó una simbología en la que la lucha debía aparcar el artificio de la moda y adoptar los códigos de vestimenta de los menos privilegiados. Mujeres con aspecto campesino y marcadas por la sencillez de atuendos puramente funcionales u hombres con pantalón y camisa sin complicaciones. La lucha obrera no estaba para entender de modas a las que no tenía acceso.

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    Bloomers, los pantalones feministas. Amelia Bloomer (1818-1894) además de crear el primer periódico para mujeres estadounidense (The Lily, al que ahora rinde homenaje con el mismo nombre el vertical femenino de The Washington Post), revolucionó los estamentos del buen vestir estadounidense. En las páginas de su publicación lo mismo se hablaba de la necesidad del sufragio femenino que de la eduación de las mujeres o su vestimenta: "la ropa de las mujeres debería adaptarse a sus necesidades. Una mezcla de salud, confort y funcionalidad. Y, aunque no debería fallar en conseguir su lucimiento, debería convertir ese fin en algo secundario", escribió. Cuando animó a lucir los bombachos en sociedad desde su revista, una especie de enaguas abultadas bajo una túnica de inspiración turca, la sociedad quedó convulsionada y su opción fue recibida con insultos por las publicaciones masculinas. Al final acabarían poniéndose de moda entre actrices y aristócratas. Coco Chanel allanaría el resto del camino

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    GWV: las mujeres de blanco, lila y verde Las sufragistas, mujeres de clase media que lucharon por el voto femenino, solían vestirse de forma coordinada en sus protestas y apariciones públicas. El Give Women Votes también era el acrónimo de los tres colores que debían vestir para ser reconocidas. El verde para la esperanza, el blanco para la pureza y el violeta –color que todavía perdura en el movimiento– para simbolizar las ansias de libertad y dignidad. Especial mención merece la joyería sufragista, piezas exclusivas que combinaban los tres colores para que las damas –que pudiesen lucirlas– se reconocieran  y distinguieran entre ellas.

  • Foto: El cantante Chenard, como un Sans-Culotte, 1792 (óleo)

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    Sans-Culottes (1789) Fueron los ricos los que  etiquetaron de forma peyorativa al pueblo (masculino) con ese nombre y los que vieron como la izquierda popular se aglutinó en torno a ese término. Los sin calzones fueron los primeros en politizar la indumentaria. He aquí los inicios de la vestimenta como ideología política: los que no tenían dinero para pagarse medias eran esos marineros, artesanos y pobres en general, unidos por la funcionalidad de una prenda que servía como indicador en la calle de su origen social: el pantalón ancho, holgado y de una sola pieza era repudiado por los privilegiados, los que se ponían finas medias debajo de sus calzones. Una revolución que convirtió al pantalón en símbolo de la sociedad occidental, pero que también se posicionaba: costarían unos cuantos años más –y sus consecuentes protestas feministas– para que las mujeres dejaran de ser catalogadas como ciudadanas de segunda y se les levantase la prohibición de usar los símbolos indumentarios de la liberación –pantalones y escarapela tricolor– para relegarlas a las obligaciones del hogar y los cuidados.

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    Balaclava Riot El pasamontañas neón adoptó una nueva semántica de protesta feminista en verano de 2012 cuando las Pussy Riot, activistas y artistas rusas (en cuyas performances usaban la prenda para pasar desapercibidas) fueron llevadas a juicio y encarceladas tras una actuación en una iglesia ortodoxa.

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