“Educación, qué poquita”, por Eva Hache

Ojalá en las escuelas se dedicaran a sacar de nosotros todo lo que tenemos de bueno

Rebelión en las aulas

Foto: Cordon Press

Cuando ya ha quedado claro que no somos todos iguales, ni siquiera ante la ley, seguimos instalados en la seguridad de la sota, el caballo y el rey. Las normas y las rutinas nos dejan tranquilos. ¿Por qué hacerlo así? Porque todo el mundo lo hace igual. Toma ya. Mal de muchos, consuelo de tontos todos. Uniformidad tranquila para incluso imponer el uniforme en colegios públicos, para que no surjan las envidias, en lugar de aprovechar para explicar lo necesarias que son la variedad y la singularidad. Tú no tienes unas zapas de marca y en sumas vas regular, pero dibujas como Antonio López, cariño mío. Calor, respeto y amor.

Que los maestros no tienen tiempo, que van muy liados. Lo siento pero me consta, me consta mucho, que hay profesores profesionales que decidieron dedicarse a enseñar por vocación, no por disfrutar de las largas vacaciones, que se preocupan de conocer a sus alumnos, de valorar lo que de distinto y especial tiene cada uno, de ser capaces de parar una clase sin miedo a un inspector cuasi contable para hablar de cosas importantes. Me consta porque he convivido con dos de estos maestros la mayor parte de mi vida. Vivían en mi casa y se llamaban papá y mamá. Y me educaron. Me enseñaron sobre todo a saber pensar para poder elegir.

Educar viene del latín educāre, que significa sacar, extraer. Ojalá en las escuelas se dedicaran a sacar de nosotros todo lo que ya tenemos de bueno, en lugar de meter a la fuerza y con prisa lo que marca un ministerio de turno que solo quiere apuntarse un gol. Meter conocimientos de moda en vez de sacar nuestra curiosidad innata por saber. Meter datos con un embudo como a una oca el coñac para hacer paté. Pues perdonen, pero yo no quiero engordarle el hígado a mi hijo porque no me lo voy a comer. Y tampoco le voy a meter en la mochila 12 kilos de libros porque me niego a creer que seamos tan garrulos como para no poder enseñar a nuestros hijos a compartir y cuidar el material escolar. Ah, que hay deberes. Pues quítenlos. Usted, padre o madre de sus hijos, también intenta no llevarse el trabajo a casa. Como debe ser. Y tampoco tiene usted que repetir la EGB.

Alumno viene del latín alĕre, alimentar. Y ya sabemos que la comida rápida es basura y engorda el culo. Como estar sentado desde los tres años hasta los 18. Dieciocho años y el culo como un erredoce ranchera.

«El sistema educativo actual es un entrenamiento para aprobar exámenes». No lo digo yo, lo dicen expertos como Richard Gerver. Expertos que todo el mundo admira pero a los que nadie hace ni puñetero caso porque serán unos utópicos recalcitrantes que viven con los pies a un metro y medio del suelo. Ojalá todos pudiéramos al menos planear a veces, aunque solo sea a un palmo del zapato. Ojalá soñar.

Queremos hijos obedientes, que no llamen la atención. Pero también queremos adultos que no sean sumisos, que destaquen por algo, que sean creativos, asertivos, rebeldes si hace falta. Queremos hijos que no molesten pero que sepan luchar por sus derechos mejor que nosotros. Pues perdona que te diga, pero esto es como ir a un bar y pedirse un bocadillo de jamón pero sin pan.

¿Y si tus amigos se tiran por un puente? ¿Tú vas detrás? Claro que no. Todos queremos que nuestros hijos sean diferentes, únicos. Padres, maestros: gracias por intentarlo.

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