¿Dieta genética para prevenir enfermedades?

En el futuro, un carné genético permitirá al médico decidir si prohíbe un alimento.

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Existe una nueva ciencia que avanza en paralelo a los descubrimientos sobre el genoma humano que se denomina nutrigenética, nutrigenómica (que suelen utilizarse como sinónimos aunque en realidad no lo son) o, más acertadamente, genómica nutricional. Estudia cómo la nutrición influye en nuestros genes y busca una dieta personalizada para frenar, o por lo menos retrasar, la aparición de aquella diabetes tipo II o del cáncer que alguien está predispuesto a contraer por sus cromosomas. Como un traje hecho a medida cuyos patrones se obtienen conforme se desentraña el ADN humano y los científicos van conociendo para qué sirve cada gen. Y, consecuentemente, cómo modificar sus funciones por vía de la alimentación. Queda mucho para que se extraigan conclusiones definitivas, pero Alfredo Martínez, catedrático de Nutrición de la Universidad de Navarra, está convencido de que estas investigaciones ayudarán a alargar la esperanza de vida de toda la humanidad.

«Ya lo está haciendo», apostilla Martínez. Se refiere a esa pequeña parte de la población obesa que se ha detectado que lo es por una deficiencia de leptina, y a la que se administra esta hormona como herramienta para alcanzar un peso saludable. Otro ejemplo clásico, no de cantidad sino de calidad de vida, es la fenilcetonuria: un mal congénito que causa retraso mental cuando el bebé carece de la enzima necesaria para descomponer un aminoácido esencial, la fenilalanina, que queda sin degradar, lo que provoca toxicidad neuronal. No hay manera de reparar el gen dañado, al menos no por ahora; pero se sabe cómo funciona y que la fenilalanina está presente en las proteínas, sobre todo en las de origen animal, como la leche. Así que, cuando se le hace la prueba del talón a un recién nacido y se detecta el problema, hay solución inmediata: ofrecerle una leche especial muy baja en fenilalanina.

El gran paso se dará cuando la nutrigenómica pueda aplicarse a la generalidad de la población, no solo a grupos muy específicos y reducidos, como sucede ahora. «Si conseguimos identificar los genes mutados que están relacionados con el cáncer de mama, por ejemplo, y ver a qué nivel actúan, los médicos podríamos dar consejos teniendo en cuenta la susceptibilidad genética de cada mujer: no te expongas al humo del tabaco, cuidado con los disolventes y con el sobrepeso, consume antioxidantes», tercia Dolores Corella, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública en la Universidad de Valencia. Claro que cuantos más genes entran en liza, la ecuación resulta más complicada. Solo como botón de muestra, en la obesidad, a la que se llega por muchas y variadas causas, no todas desbrozadas, pueden incidir unos 500 genes, de los cuales solo entre 20 y 50 están bien caracterizados.

A ello hay que sumar la alimentación, los hábitos adquiridos o los factores medioambientales, que pueden modificar aspectos concretos de nuestros genes. Por eso el catedrático Andreu Palou habla de nutriepigenética, más allá de la genética, por si no fuera todo suficientemente complicado ya. El director del máster en Nutrigenómica y Nutrición Personalizada de la Universidad de Les Illes Balears enfatiza el papel clave de la lactancia, donde se conformarán las futuras respuestas ante la grasa o el azúcar.

Dar el pecho significa proteger más frente a la obesidad y la diabetes en la edad adulta, ya que «la leche materna tiene una proteína protectora, la leptina, no presente en las leches de fórmula», según descubrieron Palou y su equipo hace cuatro años. Lo que come una madre marcará no solo a ella, sino también a toda su prole. Casi nada. Martínez pinta un futuro, no demasiado lejano, con pacientes poseedores de un carné genético, al menos en determinados países, que su médico consultará a la hora de recomendar hábitos nutricionales, prohibir un determinado producto e incluso prescribir un medicamento, en función de la farmacogenómica, que parte de la base de que los fármacos no tienen los mismos efectos para todos. Y, además, reflexiona sobre algo bastante inquietante. «Las aseguradoras pedirán nuestro genotipo para evaluar qué prima aplicar según los riesgos de sufrir una enfermedad». Pero hoy por hoy, y salvo casos muy determinados, hacerse este tipo de carné no tendría mucho sentido, según coinciden los expertos consultados, por más que la tecnología se haya abaratado a ojos vista. Porque una vez conseguido, ¿cuál es su utilidad?, ¿de qué me sirve saber que voy a padecer un cáncer antes de los 50 años si la ciencia no ha llegado al punto de ofrecerme soluciones, si aún no están claros los factores que han de incidir en su desarrollo ni qué remedios puedo aplicar para frenarlo? Según los expertos, en algún momento eso ocurrirá: abortar o al menos retrasar 20 años la aparición de un tumor, detectar y corregir una hipercolesterolemia (colesterol alto) antes de que se produzca. Pero «todavía habrá que esperar», concluye Palou.

El congreso de la Federación Europea de Sociedades de Nutrición (FENS), celebrado hace un par de semanas en Madrid, organizó una sesión sobre nutrición personalizada y otra centrada en el proyecto de la UE Food4Me, también sobre dietas individualizadas. Infinidad de grupos en todo el mundo (el del profesor navarro entre ellos) se han lanzado a investigar sobre nutrigenómica en obesidad, en diabetes, en patologías cardiovasculares, en cáncer. El doctor Vicente Zanón, adscrito a la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia, miembro del Centro de Investigación Biomédica en Red-Fisiopatología de la Obesidad y la Nutrición (Ciberobn), encabeza una investigación pionera en genómica nutricional aplicada al glaucoma, primera causa de ceguera en el mundo. «Sabemos que tiene un componente hereditario; conocemos varios de los genes afectados, no todos, y factores nutricionales que inciden positivamente, como el Omega 3 y las vitaminas A o C», enumera. Sigue trabajando en todo lo demás: en cómo la dieta afecta a la expresión (o el funcionamiento) de ciertos genes importantes para su desarrollo, pero sobre todo, en la identificación de los alimentos nocivos y peligrosos para el organismo.

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