Qué hay detrás de los virales de Trudeau y Macron, los novios de Internet

Semana sí, semana también, los medios replican fotos supuestamente espontáneas del primer ministro canadiense que en realidad forman parte de una campaña de imagen perfecta. Su homólogo francés empieza a seguir sus pasos causando verdadera fascinación en Twitter.

Justin Trudeau

Macron y Trudeau conversan en una postal idílica durante los actos de celebración del G7 Summit en Sicilia. Foto: Getty

Vivimos en la era del shipping político. En Internet se disfruta imaginando relaciones tirando a calenturientas entre los líderes políticos, igual que se hace en la fan fiction con personajes de Harry Potter o de antiguos componentes de One Direction. Normal, entonces, que Twitter casi se hiciera añicos cuando Justin Trudeau y Barack Obama fueron a cenar en el restaurante Liverpool House de Montreal la semana pasada y se dejaron fotografiar en mangas de camisa, el uniforme del estadista “trabajador” y “arremangado”. Es difícil saber qué generó más tweets repletos de emojis con corazones en los ojos, o más insta-artículos de tres párrafos en los medios digitales, si esa foto o la que el primer ministro canadiense se hizo unos días antes con Emmanuel Macron en la cumbre del G7, ambos mirando románticamente al horizonte en la pintoresca localidad siciliana de Taormina. El periódico Metro en Gran Bretaña incluso tituló apropiándose de un tweet irónico de la periodista Hadley Freeman: “¿Quién está más bueno, Trudeau o Macron?”.

Justin Trudeau

Justin Trudeau, un ‘runner’ perfecto en Sicilia. Foto: Getty

Está claro que las personas que tuitean cosas como “Trudeau está más bueno pero Macron sería mejor marido” o “ahora excusadme pero voy a encerrarme en mi habitación a escribir fan fiction sexual sobre Macron y Trudeau” están bromeando y liberando la tensión acumulada durante el último curso político, pero también empieza a parecer evidente que los destinatarios de estos piropos los provocan y se benefician políticamente del fenómeno fan que generan. Aunque ya circulan memes en Francia sobre la rivalidad entre ambos por ser “novios de internet”, en el caso de Macron aun está por ver cómo capitaliza esa atención. De momento, el uso de frases como “let’s make the planet great again” y su apretón de manos viril con Trump –el efecto ahí se estropeó cuando el propio Macron aclaró que “no había sido casual”, como quien hace un chiste y luego va y lo explica– demuestran que el nuevo presidente francés le tiene ganas al lado más frívolo de la política de gestos (digitales).

Pero lo de Trudeau es monumental. Los momentos virales del primer ministro canadiense se han convertido ya en una constante de su mandato. Ahí está él acercándose en su kayak para tener una breve charleta sobre el cambio climático con una familia que estaba de vacaciones (la hija no tardó en tuitearlo, con sus consiguientes y esperables decenas de miles de retuiteos), o colándose en una boda playera con su traje de neopreno tras una sesión de surf, o topando con otra familia de vacaciones en la naturaleza, esta vez mientras paseaba sin camiseta –Trudeau tiene tanta tendencia a quedarse con el torso al descubierto como Vladimir Putin– o haciendo running justo cuando unos estudiantes se tomaban sus fotos formales para el baile de promoción en Vancouver. El propio fotógrafo de cabecera del líder, Adam Scotti, que ya tiene mucha experiencia en este tipo de operaciones (en 2014 le sacó “sorprendiendo” a una novia con todas sus damas de honor), explicó en su Instagram que la foto de la fotos de graduación “forma parte de un pequeño proyecto paralelo en el que documentamos los sitios a los que vamos y en los que sale a correr. A veces, son solo paisajes bonitos. Otras veces se trata de correr delante de un grupo. La mitad se entera, la otra mitad está más distraída por el pelirrojo con la cámara”. Es decir, Scotti tuvo que adelantarse, buscar el ángulo bueno y plantar su trípode para sacar la foto, así que en ningún momento se trató de algo espontáneo.

Tampoco fue improvisada la perorata sobre computación cuántica en el Instituto de Física Teórica de Ontario hace un año. Días después de que el mundo entero hubiera compartido y publicado el vídeo de YouTube en el que Trudeau quedaba no sólo como un joven y atlético líder con aspecto de Príncipe Disney sino también como un superdotado matemático que además ponía en su sitio a un periodista escéptico, el bloguero canadiense J.J. McCullough reveló en un post titulado La norcoreización del periodismo político en Canadá cómo había ido la mecánica del montaje. Antes de entrar en el aula, Trudeau dijo a los reporteros: “Me encantaría que alguien me preguntase por computación cuántica”. Ya con las cámaras en marcha, uno de los periodistas formuló así su pregunta: “Le iba a preguntar qué es la computación cuántica, pero…” y a continuación hizo la que sí era su pregunta, sobre el papel de Canadá en la derrota del ISIS. Trudeau, sin embargo, escuchó lo que él quiso y se lanzó con su perorata.

Los medios canadienses cercanos a la izquierda llevan tiempo denunciando que los virales del primer ministro son una perfecta táctica de distracción mientras su gobierno firma acuerdos de venta de armas milmillonarios con Arabia Saudí o apoya a Trump en la construcción de una infraestructura nociva para el medio ambiente que Obama había bloqueado. De momento, nadie dentro del país les hace mucho caso porque los canadienses están disfrutando con su momento de popularidad global, denuncia el periodista Jesse Brown, del portal Canadaland y autor de una “guía de Canadá para estadounidenses” que desmiente el mito de que los vecinos del Norte son todos educadísimos progresistas con jerséis de renos. “Es peligroso que compremos todos estos montajes de Trudeau porque haciéndolo nos volvemos cómplices de esta campaña de relaciones públicas a costa de nuestros propios intereses, denuncia. A muchos canadienses les motiva la atención y los titulares internacionales tanto como al propio Trudeau. Nos convertimos en cómplices a la hora de contarle al mundo este cuento sobre ‘la buena Canadá’ y como resultado le damos al gobierno un pase para que haga lo que quiera”. Brown entiende hasta cierto punto que el primer ministro (hijo de otro primer ministro y, por tanto, versado desde la infancia en artes políticas) busque una cobertura mediática favorable. “Todos los políticos lo hacen. Lo que es significativo es el tipo de buena prensa que busca. Parece más interesado en que se le vea como un galán de Tiger Beat [una especie de Super Pop] que como un estadista”.

A estas alturas, ha habido demasiadas fotos virales –no hay que olvidar la de Trudeau haciendo la pose del pavo real de yoga –con corbata y pantalón de traje– como para que alguien siga creyendo que son casualidad. El periodista señala el ciclo vicioso que hace que sigan sucediendo: “La prensa sigue picando. Sabemos que estamos siendo manipulados pero las usamos de todas maneras. Entonces culpamos a nuestros lectores. ‘A ellos les gusta’, argumenta la prensa, así que las servimos. No es nuestra culpa”. En definitiva, lo que está describiendo es el ciclo de la viralidad y la banalización a la que conduce el periodismo basado en el número de clics. Cualquiera con dos dedos de frente lo entiende… hasta que llega la siguiente foto de Justin Trudeau rescatando a un gatito de un árbol vestido con shorts y botas de montaña, y no queda otra que publicarla.

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