Del pollo homófobo al macarrón antigay

Barilla se enfrenta a un boicot en Italia tras declarar su dueño que nunca haría publicidad con gays porque está “a favor de la familia tradicional”. El vodka ruso y una cadena estadounidense de pollo frito vivieron situaciones similares.

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Foto: Twitter

“No haremos nunca publicidad con homosexuales, porque a nosotros nos gusta la familia tradicional. Si a los gays no les gusta, siempre pueden comprar pasta de otra marca”. Y al parecer eso es lo que van a hacer, los gays y todos aquellos que no están de acuerdo con las palabras que el presidente de la empresa, Guido Barilla, pronunció el martes en el programa de radio La Zanzara.

En Twitter no ha tardado en desatarse una oleada de indignación contra la marca, líder absoluto en el sector de la pasta, que controla en torno a un 45% de mercado en Italia. Con el hashtag #boicottabarilla han empezado a circular mensajes en contra de la marca y montajes fotográficos que muestran, por ejemplo, el amor entre dos penne o dos farfalle (la versión carbohidratos de las peras y las manzanas de Ana Botella). Las redes sociales también se han ensañado con el lema que utiliza la marca desde hace décadas en el país Donde hay Barilla, hay familia, con variantes como Donde hay Barilla, hay homofobia.

Aurelio Mancuso, presidente de la asociación Equality Italia declaró: “Recogiendo la invitación del dueño de Barilla, nos lanzamos a boicotear todos sus productos. Jamás nadie ha pedido a la marca que incluya homosexuales en sus anuncios, por lo tanto se trata de una provocación ofensiva para hacernos saber que le molesta la presencia social de un importante grupo de consumidores”. El diputado de SEL (Izquierda, Ecología y Libertad), Alessandro Zan, se sumó a la causa y añadió: “yo ya he cambiado de marca. Además, la pasta Barilla es de pésima calidad”.

La empresa ya ha entrado en fase de control de riesgos. El propio Guido Barilla se ha visto obligado a declarar: “me disculpo si mis palabras han causado polémica o malentendidos, o si he herido la sensibilidad de algunas personas”. A continuación, sin embargo, el empresario procedió a meterse en otro jardín, al señalar que con sus declaraciones pretendía “subrayar el rol central de la mujer en la familia”. ¿Dónde deja eso a los hogares de lesbianas?, ¿son familia Barilla o no son familia Barilla?

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La caja azul de spaghetti no es el primer producto que se encuentra en el centro de una polémica por homofobia. El pasado julio, el popular columnista estadounidense y activista gay Dan Savage llamó a boicotear el vodka ruso como respuesta a la llamada “Ley Antipropaganda Gay” que desató el verano pasado varios ataques violentos a homosexuales en el país eslavo. Savage, que acumula cientos de miles de seguidores en su blog The Stranger, señalaba especialmente las marcas Stolichnaya y Russian Standard, muy populares en Estados Unidos, y proponía el hashtag #DumpStoli (deja el Stoli). Seis bares de Chicago anunciaron que se sumaban y cesaban inmediatamente de servir la marca. Ésta, sin embargo, no tardó en anunciar en su Facebook que “apoya a la comunidad LGBT contra las acciones y las creencias del gobierno ruso”. El abogado y activista Nikolai Alekseev, que suele organizar el Día del Orgullo Day en Moscú, criticó la campaña por estar completamente desorientada: el grupo que posee la marca Stolichnaya tiene sede en Luxemburgo y produce el vodka en Lituania.

Bastante más repercusión tuvo en Estados Unidos la campaña contra Chick-fil-A. El CEO de esta cadena de comida rápida especializada en bocadillos de pollo frito, Dan Cathy, declaró en junio de 2012 que la homosexualidad es “algo retorcido”, que aprobar el matrimonio gay equivale a “tentar el juicio divino” y que los miembros de las asociaciones LGBT son “arrogantes”. Pronto se descubrió además que Cathy no sólo obraba de palabra, ya que la fundación benéfica que depende de la empresa había realizado donaciones por valor de varios millones de dólares a asociaciones que se oponen al matrimonio homosexual, como el Pennsylvania Family Institute.

El pasado junio, cuando el Tribunal Supremo estadounidense decretó a favor de las uniones del mismo sexo, Cathy tuiteó: “es un día triste para nuestra nación; los padres fundadores estarían avergonzados de nuestra generación”. Poco después borró el tweet. Para entonces, Cathy ya sabía lo que es despertar la ira del colectivo gay y de todos aquellos que están a favor de la igualdad. Los alcaldes de Boston y Chicago se opusieron a que la franquicia se instalase en sus ciudades, los estudiantes de varias universidades, entre ella la potente Northeastern University, votaron que se expulsara a la cadena del pollo frito de sus campus y todos los Chik-fil-A sufrieron acciones de boicot que fueron de lo irónico-románico (en agosto del año pasado se organizó una “besada popular” de parejas gays frente a sus establecimientos) a lo violento: ese mismo mes un hombre armado entró en la sede de la asociación homófoba Family Research Council en Washington D.C. con una pistola de 9 milímetros y 15 boadillos de pollo Chik-fil-A, con la idea de mostrar su repulsa a la firma. Hirió en el brazo a un vigilante jurado antes de ser detenido. Por contra, varios líderes ultraconservadores, como Rick Santorum y Sarah Palin se dejaron ver comiendo sus sandwiches en público y el gobernador de Arkansas, el republicano Mike Huckabee, incluso decretó el “Chik-fil-A Appreciation Day”.

La empresa viró ligeramente su política en septiembre del año pasado, cuando anunció que dejaría de financiar a asociaciones anti-matrimonio gay.

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