De la arquitectura a la moda: la fascinación por todo lo feo

La fealdad fascina desde los tiempos del Barroco. En el siglo XX fue instrumento de disidencia. Pero ahora, lo visualmente incómodo ha entrado en los circuitos industriales y se ha hecho comercial. Muy comercial.

De la arquitectura a la moda: la fascinación por todo lo feo

Billy Porter llegando a la Gala MET 2019. Foto: Getty

¿Son el arte, la arquitectura, el diseño y la moda de nuestro tiempo deliberadamente feos? Echar un vistazo a nuestro alrededor permite acumular pruebas de la belleza distraída que exhiben, de un tiempo a esta parte, el conjunto de industrias creativas. El giro no es nuevo, ya que comienza en los sesenta y setenta, pero parece rozar un punto de saturación. La pasarela se ha colmado de productos como maxideportivas con séxtuple suela, popularmente conocidas como ugly sneakers, además de volúmenes amorfos y estampados horteras. El Metropolitan Museum de Nueva York, uno de los centros de bellas artes más importantes del mundo, celebra nada menos que el camp. El brutalismo arquitectónico, considerado ofensivo para la vista durante décadas, triunfa ahora en las redes sociales. En el arte contemporáneo, el creador más cotizado, Jeff Koons, es también el más kitsch. Su última escultura, Bouquet of Tulips, un obsequio a los parisinos tras los atentados de 2015, fue rechazada por la intelectualidad de la ciudad, encabezada por el cineasta Olivier Assayas o el artista Christian Boltanski, que difundieron una petición pública que denunciaba «un emblema de un arte industrial, espectacular y especulativo». En otras palabras, feo.

Imagen de la Hayward Gallery. Foto: Cordon Press

Si lo hermoso no está en vías de extinción, poco le falta. «La categoría de belleza no ha desaparecido ni dejado de interesar, pero es cierto que tiene manifestaciones poco comparables con las que existieron hasta el siglo XX», señala Pedro Azara, profesor de Estética en la Escuela de Arquitectura de Barcelona y autor del ensayo De la fealdad del arte moderno (Anagrama). A la hora de definir los códigos estéticos de la actualidad, Azara observa «una aspiración al afeamiento, un descuido voluntario y un aspecto inacabado, que permiten evitar las críticas de superficialidad y paseísmo». Y también tomar distancia respecto a la supuesta liviandad de la moda. Abrazar la fealdad permite ser tomado un poco más en serio. «Desde hace medio siglo, se imponen las arquitecturas desnudas, donde ya no se esconden las estructuras e instalaciones, sino que se exhiben con ostentación. Ese proceso se produce también en el resto de disciplinas», afirma el experto.

Para no ser considerada trivial, la moda se distancia del modelo decimonónico del que surge la alta costura y saca a relucir, de idéntica manera, pliegues y etiquetas, logos e insignias, armazones y corpiños. Esa reivindicación de lo que en otro tiempo se consideraba feo se convierte, poco a poco, en el modelo canónico, de la mano de Demna Gvasalia, que lo transforma en un elemento central de su propuesta con Vetements y luego con Balenciaga, pero también Virgil Abloh, que impone sus omnipresentes reclamos gráficos a través de su trabajo para Off-White y sus infinitas colaboraciones con otras firmas. En las últimas temporadas, todo tipo de marcas históricas del lujo europeo, hasta ahora ajenas a esa sensibilidad estética, han seguido el paso de esos dos diseñadores. No hay colección sin superposiciones absurdas, hombreras de ángulo recto y cortes que no sientan bien a casi nadie. Como ya sucedió en pleno auge del punk o del grunge, las campañas publicitarias también se afean, como demuestra la colaboración entre Gucci y Martin Parr, adalid del costumbrismo más sardónico.

Desfile otoño/invierno 2019-2020 de Vetements. Foto: IMAXTREE

Tiempos mutantes

Los expertos observan en esta etapa una mutación descontrolada del normcore de mediados de esta década, con sus looks ortopédicos de zapatillas Birkenstock y tejanos rectilíneos. Respondían a un cambio global de sensibilidad que teorizaron expertos como el crítico cultural Stephen Bayley, autor del libro Ugly: The Aesthetics of Everything, o Patrick Burgoyne, editor de la revista Creative Review, que acuñó el término New Ugly para describir la estética predominante desde el cambio de milenio. «No me inclino por remar en las aguas del relativismo, pero cuanto más piensas en la fealdad, más esquiva resulta esa idea», sostiene Bayley, parafraseando la Historia de la fealdad de Umberto Eco, que ya describió lo feo no como «un infierno» de lo bello, sino como un modelo estético complementario. En su ensayo, Bayley cita un cuadro de 1513, An Old Woman, más conocido como La duquesa fea.

Este retrato de una dama de rostro malformado y atributos casi masculinos se ha convertido, desde hace unos años, en uno de los más visitados en la colección permanente de la National Gallery de Londres. Lo cual demuestra, en palabras de Bayley, que «la fealdad no es necesariamente repugnante». Por motivos similares, aunque en un registro más asimilable por el mercado, la moda ha utilizado ad nauseam el tropo de la jolie-laide, la mujer fea que resulta atractiva (¿o era al revés?). «La investigación de la fealdad es más interesante que la idea burguesa de belleza», expresó Miuccia Prada en 2013. «Lo feo es humano. Toca el lado desagradable y sucio de la gente».

Hannah Rose Dalton y Steven Raj Bhaskaran, el dúo Fecal Matter. Foto: @matieresfecales

Fascinación antigua

La fealdad fascina, por lo menos, desde los tiempos del Barroco. Hasta entonces, era considerada una aberración de la naturaleza y asociada sin equívoco a la depravación moral. Pero, con el final del Renacimiento, la literatura y el arte se llenan de figuras grotescas y monstruosas que no son solo repulsivas. El periodo rococó, tal vez el primero que celebra el feísmo sin complejos, triunfa en los días previos a la Revolución de 1789. El color de moda es el caca-dauphin. Es decir, el tono de los excrementos del delfín Louis-Joseph, hijo de Luis XVI y María Antonieta. Los pudientes lo lucen para demostrar su distinción respecto a la masa y su apoyo a la monarquía en esos tiempos convulsos. La historiadora francesa Murielle Gagnebin considera que el arte feísta se impone en tiempos de Goya –el cuadro Las viejas o El tiempo muestra la fascinante decrepitud del cuerpo humano a través de personajes que son cadáveres andantes– y se pronuncia a lo largo del siglo XX, con corrientes como el expresionismo, las distintas escuelas de la abstracción, la pintura informal o el body art. Para Gagnebin, lo antiestético permite evitar la sublimación obligatoria a la que había aspirado el arte desde la era clásica. Lo vincula al psicoanálisis: la fealdad nos autoriza a explorar esas zonas turbias que también constituyen la identidad humana.

La historia del arte es una sucesión de corrientes inaceptables para la sensibilidad dominante que terminan asimilándose e imponiéndose hasta convertirse en hegemónicos. Hasta que dejan de interesar y todo vuelve a empezar. El proceso en la moda es muy similar. En 1971, el mundo del lujo se estremeció cuando Yves Saint Laurent decidió mezclar estampados en un mismo look. Hoy parece casi discreto. Para Pilar Pasamontes, directora científica de moda del IED de Barcelona, ese exceso se ha convertido en la nueva normalidad. «Entre mis alumnos es una sensibilidad que ha ido in crescendo en los últimos años. El problema es que, a veces, el resultado es más feo que feísta», ironiza.

Pasamontes atribuye este cambio de paradigma a dos motivos. De entrada, el desplazamiento del mercado hacia Asia, un mercado con códigos visuales distintos. «Es un cliente que quiere demostrar que sigue la moda y que tiene el dinero suficiente para pagarla», afirma la experta, que explica así la abundancia de logos gigantes y códigos chillones.

Mesa Private Session, del desaparecido diseñador libanés-armenio Vick Vanlian. Foto: @uglydesign

Por otra parte, observa claramente una reivindicación de la indumentaria de clases sociales modestas, a través de la cultura hip-hop en Estados Unidos o, más recientemente, el reguetón en España y Latinoamérica. «Es una ruptura con los códigos de la elegancia tal como se entendían hasta ahora. Cuando los pijos se ponen chándal y uñas postizas, es el triunfo de cierta democracia estética. No lo veo como un feísmo, sino como una nueva manera de entender lo bello», señala Pasamontes.

«Ya en los ochenta, diseñadores como Rei Kawakubo o Yohji Yamamoto aportaron un modelo de belleza alternativo, muy diferente del que heredamos de Botticelli y Rubens. La ropa sirve para construir otros cuerpos y reivindicar otros puntos de referencia», añade la experta. La diferencia es que hoy se ha industrializado y hecho comercial esa disidencia. Y pocos creen que pueda haber vuelta atrás. «Si creyéramos en una historia lineal, podríamos pensar que se producirá un hartazgo y un cambio de gusto en dirección a otras formas que ya existen pero sobre las que se ha posado menos la atención», señala Azara. A lo que añade: «Pero, a decir verdad, no sé si mucha gente sigue creyendo en esa linealidad casi teleológica de la historia». Es decir, que parece que queda feísmo para rato.

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