La otra ‘Rebecca’ de Daphne du Maurier: el turbador cuento sobre un muñeco sexual adelantado a su tiempo

En octubre Netflix estrenerá 'Rebecca', nueva adaptación de su novela más conocida y superventas, pero fue en 'The Doll' donde mejor exploró su inconsciente. “Las mujeres quieren que el amor sea como una novela; los hombres como un relato”, decía.

Daphne du Maurier (1907 - 1989). Foto: Getty

Su padre quería un niño, así de simple. Ella quería a su padre, no sabía más. Él era un célebre actor que sabía ser cruel y encantador al mismo tiempo. Ella se llamaba a sí misma Eric y se comportaba y vestía como un niño solo para complacerle. Según sus biógrafos, él, alcohólico, acabaría por abusar de ella. Ese era el niño que su padre deseaba tanto. Y esa era Daphne du Maurier, la autora de Rebecca y una de las autoras más fascinantes del siglo XX por la manera en que utilizó sus propios desequilibrios emocionales para crear los más inquietantes thrillers psicológicos que se hayan leído jamás.

La vida es a veces grotesca y malsana. Poco se puede hacer para evitarlo. Su padre se llamaba Gerald du Maurier, un célebre actor que interpretó al capitán Garfio en escena cuando J. M. Barrie estrenó en 1904 Peter Pan. Los niños de la obra de teatro, convertida después en novela y en clásico absoluto de la literatura infantil, estaban basados en los primos de Daphne, los Davies, con los que Barrie solía jugar. Daphne y sus hermanas también solían pasar por ahí. Wendy, al parecer, estaría incluso inspirada en su hermana mayor, Angelica. ¿El capitán Garfio entonces abusó de su hija? ¿Convertía esto a Daphne du Maurier en Peter Pan? Las acusaciones de pedofilia que sufrió Barrie en vida podrían haber llegado de la familia de los chicos solo para desviar las miradas y liberar su propia conciencia.

La escritora nunca dijo nada en sus memorias, pero Helen Taylor, en el libro The Daphne du Maurier Companion afirmó que la autora le aseguró en 1965 que había tenido “relaciones incestuosas” con su padre y que siempre fue un alcohólico violento. Aquel niño que nunca quería crecer, en realidad, era una niña que temía y quería a su padre a un tiempo, que se había cambiado de género solo para complacerle, pero que éste no parecía tener suficiente con eso. El mundo conoció a Gerald du Maurier como ese elegante actor, siempre con un cigarrillo en la mano y una sonrisa en los labios, y lo aplaudió y veneró. Daphne du Maurier no tuvo más remedio que odiar al mundo por eso, porque no podía odiar a su padre. En su cabeza, todo era culpa suya, ella era quien lo había provocado.

Daphne Du Maurier y sus hijos, Christian, Tessa y Flavia en su casa en Cornwall.

‘Rebecca’: el grito de auxilio de una autora atormentada

Netflix está a punto de estrenar una nueva adaptación de Rebecca, su novela más popular, un libro que desde el año de su publicación, 1938, ha vendido más de 4 millones de ejemplares y que cada años suma, solo en el mercado anglosajón, 4.000 copias más. La historia es bien conocida, la narradora, una joven sin nombre, se casa con Maximilian de Winter, un rico y misterioso hombre que hace poco perdió a su primera mujer en un trágico accidente. Los dos van a vivir a Manderlay, la gran mansión familiar, donde la doncella, la señorita Danvers, empezará a martirizar a la joven recién casada con el recuerdo de su primera señora.

Hasta hace poco, se creía que la inspiración de la novela venía de la relación que el marido de Daphne du Maurier mantuvo con la bella y elegante Jan Ricardo antes de que ellos se casaran. El sentimiento de que su marido, el teniente general Frederick ‘Boy’ Browning, todavía pudiese estar enamorado de esta primera relación la perseguía en sueños. Y el resultado fue Rebecca. Sin embargo, es conocido por todos que la pareja siempre tuvo vidas paralelas y a pesar del cariño por compartir tres hijas, su relación era más bien fría y distante. ¿Es posible que una relación así despertase la clase de celos que despierta la novela?

Nadie que haya leído el libro o visto la adaptación fílmica que hizo Hitchcock puede creer que la obra hable de celos. La obra habla de obsesión, de perversión y de superar el propio pasado. Maurier siempre aseguró que una de las inspiraciones para la novela fue su padre. Si ese fuese el caso, la lectura psicológica que se desprende del libro es de mayor calado y convierte a Rebecca en una absoluta obra maestra. Daphne du Maurier sería la ingenua narradora, esa joven que ni siquiera se atreve a darse un nombre, porque ha suplantado a su madre en el corazón de su padre. Su traición la ha matado, en cierto sentido. Llega a Manderlay, la propia casa de su madre, como si ésta estuviese muerta, y la hace suya. La ama de llaves, la señora Danvers, miraría con horror esta depravación y sería la única en defender la memoria de su madre. ¿Es posible que Rebecca solo sea un grito de auxilio por la vergüenza que sentía du Maurier a causa de la relación incestuosa con su padre?

Todos los libros de la autora, auténtico best seller en los años cuarenta y cincuenta, podrían leerse como gritos de auxilio. En La posada Jamaica habla de la brutalidad doméstica y la violencia en un mundo dominado por los hombres y sus deseos. En Mi prima Rachel habla de cómo es imposible odiar a una persona fascinante y que es dificilísimo no perdonar y rendirse ante sus encantos. En Perdidos en el tiempo habla de extraños viajes en el tiempo para escapar, ¿de qué? La relación con su padre estará en todas sus novelas, de una forma y otra. “Los hombres son más simples de lo que te imaginas, mi querida niña. Pero lo que pasa por las torturadas y retorcidas mentes de las mujeres dejaría estupefacto a cualquiera”, escribirá du Maurier.

En 1934 morirá su padre. Ella se negará a ir al entierro. No puede, la vergüenza todavía la atenaza y aún siente vivo su fantasma. En su lugar escribiría su biografía titulada: Gerald: un retrato. Ahí no habla de su relación con su padre y tampoco ajusta cuentas. Lo que hace es más cruel. Describe al hombre que todo el mundo quiere ver, lo deshumaniza por completo, lo convierte en una broma. Mata al monstruo no al desenmascararlo, sino al enterrarlo para siempre en el olvido. Eso se lo guardará muy dentro y empezará a escribir Rebecca para exorcizar sus demonios.

Daphne Du Maurier en su escritorio. Foto: Getty

‘The doll’: historia de una obsesión

La autora asegurará que: “Las mujeres quieren que el amor sea como una novela; los hombres como un relato”. Ella afirmará también que es su “fuerza masculina” la que le impulsará a escribir. No es extraño, entonces, que sus cuentos sean mejores incluso que sus novelas. A sus ojos, sigue siendo ese niño que quería su padre. Dentro de sus cuentos, que incluyen Los pájaros o Bésame otra vez, forastero, destaca uno que permanecía inédito hasta que una admiradora lo descubrió en 2011. Se trata de The Doll (el muñeco) y habla, otra vez, de una historia de celos y obsesión a partir de la existencia de un juguete sexual. El cuento nos presenta a Rebecca, otra vez una mujer llamada Rebecca, en este caso una mujer hermosa y seductora, “pero casi como un elfo, una especie de niño”. Está claro que Rebecca es el alter ego de la autora. “No me engaño, sé que nunca me hubiese amado, nunca podría amar a ningún hombre”, dice el narrador. Está claro que Maurier sabía de sobra su incapacidad de amar a ningún hombre. Había amado a su padre solo para convertirlo en monstruo. No lo quería repetir. No, no podía amar a un hombre, ¿pero a un muñeco?

El misterio de la protagonista arranca así. Ella es violinista, una extraordinaria artista rescatada de un viejo café de París. En una fiesta, le piden que toque y mientras lo hace, el narrador queda extasiado. El placer que siente, dice, es de otro mundo. No es difícil ver un símil del sexo. Él le cuenta lo abrumado que ha quedado tras escucharla y ella le confiesa que “solo he tocado para ti. Quería ver cómo era tocar para un hombre”. El hombre no entiende lo que quiere decir. “Es que solo utilizas tu don para satisfacerte a ti misma”, le pregunta y ella le contesta que, hasta ahora, sí. El cuento, como se ve, es una oda a la masturbación y al sexo como una de las bellas artes.

Du Maurier escribió el relato con tan solo 20 años, pero no es una obra primeriza, sino que sintetiza a la perfección una desazón profunda. “Es posible querer tanto a alguien que te da un inconmensurable placer hacerle daño”, preguntará Rebecca al narrador, que quedará anonadado ante la pregunta. Acto seguido, le presentará por primera vez al muñeco, “un niño de apenas 16 años con aspecto de sátiro”. La idea del amor perverso sigue persiguiéndola. Rebecca empezará a seducir al narrador delante del muñeco ante el disgusto del protagonista.

No es extraño que el cuento no se conociera hasta hace casi una década. Estaba dentro de una antología titulada Editors rejects, es decir, cuentos rechazados por los editores. En 1937 no era habitual hablar de juguetes sexuales, sobre todo de una forma en que son capaces de sustituir por completo a los afectos humanos. Está claro que du Maurier siente tanta vergüenza que transforma el incesto en fetichismo y proyecta en el muñeco la figura de su padre. El muñeco no permite que Rebecca pueda tener una relación normal con el protagonista. Otra vez parece que hable de celos, pero de lo único que habla es de vergüenza.

La escena final es devastadora. El protagonista corre a la habitación donde Rebecca guarda al muñeco y los ve juntos. Ella le mira y con frialdad le grita: “Y tú esperas que te quiera. No ves que no puedo, ¡no puedo! ¡Cómo puedo preocuparme por ti o por cualquier otro hombre! Vete, déjame sola. Te odio. Os odio a todos. No te necesito. No te quiero”. Es la propia Daphne du Maurier quien dice estas palabras y solo tiene 20 años. No puede querer a ningún hombre. En realidad, tampoco puede querer a ninguna mujer. Su padre ha convertido eso en imposible.

Historias sin finales felices

En los años cuarenta y cincuenta muchos críticos llaman romántica a la escritura de du Maurier. Esto le saca de sus casillas. En sus historias no hay finales felices, ni siquiera hay romance, solo hay perversión, debilidad y vergüenza. El amor solo es una manta que oculta todo lo sórdido y prohibido. Sus biógrafos hablarán de su relación con otras mujeres, pero siempre serán circunstanciales, lugares de refugio. Está la actriz Gertrude Lawrence, en la que ve una versión femenina de su padre. Sus encendidas cartas son una muestra de la única manera en que du Maurier puede amar, como una marea alta que lo destroza todo. También se le atribuirá una relación con la mujer de su editor americano, Ellen Doubleday, pero en esta ocasión ésta la rechazará.

Siempre tuvo fama de esquiva. No daba entrevistas y vivía prácticamente recluida. Los que la conocían bien aseguraban que era una persona cálida y con sentido del humor. Muy pocos la conocerán bien. Ella no podrá conocer bien a nadie. La vergüenza permanece.

La nueva adaptación de la BBC de Rebecca, que aquí emitirá Netflix y estrenará en octube, promete dar nueva vida a la clásica novela de du Maurier. Lily James será la joven esposa atosigada por el recuerdo de Rebecca de Winter. Maximilian de Winter será Arnie Hammer y la señora Danvers Kristin Scott Thomas. Veremos si sus creadores se atreverán a ir tan lejos y dejar claro que de lo que realmente habla la novela es de lo que pasa a una niña víctima de abusos.

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