Compartir espacio, la nueva ley

Ya no es solo coworking. Se trata de trabajar dentro de una experiencia comunal. La crisis y el cambio de valores han traído una vuelta a la colectividad.

Coworking

Hay una generación de españoles –los nacidos en los 70– que creció viendo programas infantiles desde los que se les decía, entre otros lemas, frases como «Solo no puedes, con amigos sí». Puede parecer irónico que, tras décadas de exaltación de la individualidad, las nuevas circunstancias les lleven ahora a apoyarse en la colectividad. España ha despertado de un sueño de abundancia para reconocerse en lo que puede ser otro: el de compartir una conciencia comunal en la que por encima del interés individual prima la empatía, la solidaridad y el asociacionismo. Lo evidencian los grupos de trabajo que se reúnen para ampliar horizontes. Curiosamente, la palabra «empatía» es, junto a otras como «austeridad», una de las 10 más buscadas según la editorial de diccionarios americana Merriam-Webster’s.

Los datos confirman esta revolución. El estudio Compartir en sociedad (2014), de la consultora Nielsen, señala que más de la mitad de los españoles (un 53%) está dispuesta a compartir bienes personales: casa, coche… y espacio de trabajo (la media europea está en el 44%). Las redes sociales viven un auge de opiniones y diálogos en línea, mientras crece la valoración social de las tecnologías de la conectividad y el trasvase libre de conocimientos. Las prioridades se han recolocado hacia intercambiar antes que poseer. Todo se apoya en los beneficios: la solidaridad estimula la creatividad y crea nuevas sinergias. S Moda reúne algunos ejemplos.

NAVE OPORTO, EL NIDO DEL ARTE

Llevan menos de un año juntos, pero la complicidad de este amplio y diverso grupo de artistas de primera magnitud resulta palpable. Varios habían convivido antes, en 2012, cuando recibieron la beca de la Academia de España en Roma. Cuando el pintor sevillano Miki Leal y el murciano F.O.D. encontraron el local, un edificio industrial en Madrid que contaba incluso con montacargas, comenzaron una cadena de guasaps que terminó en un gran «Sí, quiero». Su presentación colectiva fue en Open Studio este mismo año, donde incluso invitaron a otros artistas a exponer junto a ellos. El lema: «La unidad –en masa– hace la fuerza».

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De izq. a dcha. María Salazar, Meme Millán y Verónica Mas.

Ximena Garrigues y Sergio Moya

LA KARPINTERÍA, MOTOR DE ACCIÓN LOCAL

Dieron con este espacio industrial en el Bilbao de las viejas lonjas de madera, y lo convirtieron en sede de su colectivo, Histeria Kolektiboa. «Nos apoderamos de un término que de manera equívoca se relaciona con el sexo femenino y que etimológicamente significa útero: nos gustó pensar en Histeria como un grupo de seis mujeres donde se gestan proyectos». Son seis (las fotografiadas más Ana Serna, Marisol Gil y Paula Iglesias) y sus proyectos son de carácter asociativo, audiovisual y abiertos a su entorno inmediato: el barrio de San Francisco, donde generan «participación local para crear redes de colaboración».

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De izq. a dcha. Didier Deswarte, David Solé, Ángela Turizo, Nico Zimmerman, Federico Tosco y Xavi Muñoz.

Ximena Garrigues y Sergio Moya

FUN HELL, EL ESTUDIO MULTIDISCIPLINAR

¿Cómo comparten espacio un artista plástico, un músico experimental, un diseñador industrial y de interiores y todo un equipo de diseñadores gráficos? Pues con un cierto sentido del orden. Como ellos mismos lo explican, sus horarios son «distintos y todos son muy conscientes de que, «en los momentos de pausa, hay que dar un feedback y opinar sinceramente». La mezcla final resulta enriquecedora en este local catalán: «Es muy relajante descargar entre todos el peso del alquiler de cada mes. Por el momento, no encontramos nada negativo. Intentamos hablar de todas las ideas que se nos ocurren, para sacarle un máximo potencial al lugar de trabajo».

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De izq. a dcha. Jimena Kato, Sam Savage e Ignacio Chávarri.

Ximena Garrigues y Sergio Moya

ESTUDIO DIEZMA, LA VIRTUD NÓMADA

Estos tres artistas, representantes de la fuerza del arte emergente que se produce hoy en nuestro país –aunque sean uno español, otro británico y otra peruana–, llevan compartiendo espacio durante años, por épocas. «Es la opción más rápida, cómoda… y barata», reconoce Sam Savage. Ahora «parasitan», como reconocen entre risas, el estudio madrileño del pintor Jorge Diezma. Cuando él regrese, buscarán otro lugar. «Los cambios, en sí mismos, implican cierta complicación, pero sirven para reorganizarse», reconoce Ignacio Chávarri. «Podría decir que como inmigrante e hija de inmigrantes el nomadismo ha sido un aspecto importante en mi vida», reconoce Kato.

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De izq. a dcha. Isabel Alonso Vega, Isabel Pan de Soraluce, Laura Ponte, Verónica Hernanz y Elena Pan de Soraluce.

Ximena Garrigues y Sergio Moya

URGL3, LA PERFECCIÓN DE LO DIÁFANO

Fue el diseñador Jorge Varela, amigo común de todas, el que las puso en contacto hace un año para que encontraran un sitio donde dar rienda suelta a sus distintas labores creativas: pintura, diseño, joyería, escultura… Laura Ponte es la cara más conocida de este cónclave femenino ubicado en una nave industrial de Carabanchel, en Madrid. «Buscábamos un lugar para experimentar, compartir, aprender y soltar amarras», afirma. Entre sus objetivos inmediatos, la dinamización a través de eventos, exposiciones, mercadillos y, «en general, cualquier idea que ayude a darle visibilidad al espacio, y también al barrio. Hay que crear comunidad».

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