Cómo escribir un ‘best seller’ sin dinero, viuda y con cinco hijos: Mary Higgins Clark y las escritoras malas madres

Tener una extensa prole o ser una autora de éxito, he ahí la cuestión.

Mary Higgins Clark y Carol Higgins en 2011.

Alguien le preguntó en una ocasión a la ensayista norteamericana Alice Walker si las mujeres artistas (esto incluye, por supuesto, a las escritoras) debían tener hijos. Contestó: “Deben, si les interesa. Pero solo uno. Porque con uno te puedes mover, pero con cinco eres una pata mareada”. De la misma idea era la abuela de Mary Higgins Clark, la escritora de novelas de misterio súper ventas que falleció ayer a los 92 años en Florida dejando tras de sí cincuenta novelas exitosas. La señora sabía que tenía talento para escribir pero nunca lo hizo porque según decía ella misma “sus nueve hijos no le dejaron tiempo para hacerlo”. Su nieta, que heredó su talento, decidió que ella no iba a dejar que le ocurriese lo mismo.

Cuando Mary Higgins Clark escribió su primer gran best seller mundial se acababa de quedar viuda y mantenía sola a cinco niños de entre cinco y trece años. Se ganaba la vida escribiendo guiones radiofónicos y el trabajo estaba tan precariamente pagado que la primera Navidad sin su esposo, el regalo para sus hijos consistió en poemas personalizados en los que la autora describía con precisión las cosas que les hubiera gustado dejarles debajo del árbol.

Un caso ciertamente extraordinario, ya que, como cuenta Tillie Olsen en su ensayo Silencios, a lo largo del siglo XIX y XX los logros literarios femeninos más distinguidos vinieron casi siempre por parte de mujeres sin hijos y con muy buena posición social. Algunos ejemplos los da el periodista Benjamin Moser en su artículo de 2015 para el New Yorker “El verdadero glamour de Clarice Lispector”: Edith Wharton estaba muy lejos de pertenecer a la clase media; Colette escribía sobre su sofisticada vida burguesa. Gabriela Mistral o Gertude Stein vivían cómodamente. Y cómo olvidar a Virginia Woolf, Jane Austen o Emily Dickinson. Eso en el capítulo de las que no tuvieron hijos. En el de las que sí los tuvieron pero contaron con los recursos suficientes para contratar  ayuda externa está por supuesto la brasiñela Spector, quien se casó en 1943 con un hombre católico (ella era judía y eso era muy raro para una chica brasileña de su tiempo) con el que se exilió a diferentes países. Explica Moser que para Lispector el hecho no tener que trabajar y estar aislada en ciudades en las que no contaba con redes sociales (en el sentido antiguo de la palabra) le permitió encontrar su habitación propia. Tenía dos hijos pero también servicio las venticuatro horas del día.

Joan Didion con su hija Quintana y su marido, el novelista John Gregory Dunne en su casa de Malibú.

Sobre las mujeres de escritoras con buena posición social y prole siempre ha planeado la sombra de la “mala madre”. Como argumenta en The Atlantic la periodista Lauren Sandler muchas de ellas han hablado con sinceridad dolorosa del sentimiento de culpa que les generó el esfuerzo de compatibilizar los dos roles con cierto éxito. Joan Didion cuenta en Blue Nights que su hija Quintana pegó una lista de “Dichos de mamá” en la puerta del garaje de casa que rezaba así: ‘Lávate los dientes, cepíllate el pelo, estate callada que estoy trabajando’. Sandler explica con cierta indignación: “En las críticas que en su día se hicieron del libro ‘Estate callada que estoy trabajando’ se convirtió en una especie de símbolo de la negligencia maternal de Didion. ¿Qué hay de malo en ese ‘Estate callada que estoy trabajando?”.

La escritora Lara Feigel cuenta en su artículo para The Guardian ‘¿Puedes ser una buena escritora y una buena madre?’ que cuando estaba trabajando en su ensayo sobre Doris Lessing no hubo una sola persona que no le dijese: “Ah. Sí . ¿Esa es la que abandonó a sus hijos?”. Lo hizo, sí. Los dejó con su padre para unirse al Partido Comunista porque estaba convencida de que iba a crear un mundo mejor para ellos. “Una década después, Lessing retrató en Un pacífico matrimonio a Martha, una mujer que antes de abandonar a su hija de tres años la coge, la abraza fuerte y le dice: ‘Serás perfectamente libre, Caroline. Te estoy haciendo libre”.

Aunque sin miras ideológicas y con unas ambiciones literarias muy diferentes a las de Doris Lessing, fue también la escritura lo que hizo libre a Mary Higgins Clark. Antes de casarse con su primer marido trabajaba como azafata. Al contraer matrimonio, como tantas mujeres hacían en aquella época, abandonó el mundo profesional, pero decidió apuntarse a un taller de literatura en la Universidad de Nueva York. En los seis años siguientes tuvo cinco hijos pero nunca paró de escribir. Justo antes del nacimiento de su hija Carol consiguió colocar su primer relato. Le pagaron cien dólares. Desde ese momento, Higgins Clark empezó a encontrar siempre lugares donde publicar sus historias.

En 1959 su marido enfermó gravemente y ella buscó un trabajo. La contrataron como guionista en un programa de radio. Cuando se se quedó viuda esa fue la principial fuente de ingresos de la casa durante un tiempo. Pero en un momento dado decidió probar suerte con las novelas. “Con cinco niños no tienes derecho a derrumbarte”, explicó en numerosas ocasiones. Primero lo intentó con una ficción biográfica sobre George y Martha Washington que no fue especialmente exitosa, lo que le hizo reflexionar sobre el típico de género en el que debía enfocarse. Así que se puso a examinar sus propias estanterías y se dio cuenta que lo que ella misma más leía eran relatos de suspense. Se decidió a escribir una novela de ese tipo. Fue un best seller que le dio fama mundial.

¿Cómo demonios se escriben novelas de suspense estando sola al cargo de cinco hijos? La escritora ha explicado en repetidas ocasiones que se impuso una disciplina férrea que le permitía ser tremendamente productiva: se levantaba todos los días a las cinco de la mañana y escribía hasta las siete, que era la hora a la que tenía que preparar a los niños para que fuesen al colegio. No es la única autora que ha admitido que ser responsable de una prole ordenó de alguna manera sus esfuerzos creativos. Francine Prose le contó a Mason Currey, autor de Daily Rituals, un ensayo sobre las rutinas de escritura de diferentes autores: “Cuando los niños eran pequeños tenía un horario tan regular que era casi Pavloviano y me encantaba. El autobús escolar llegaba y empezaba a escribir. El autobús regresaba después del día lectivo y paraba. Ahora que estoy en la ciudad y mis hijos ya son mayores parece que el mundo está dispuesto a pagarme por hacer cualquier cosa que no sea escribir: las actividades paraliterarias son mucho más atractivas y lucrativas”.

Sylvia Plath en su estudio.

Sylvia Plath explicó algo similar en sus diarios. Curiosamente fue hacia el final de su vida, cuando ya se había separado de su marido, Ted Hughes, y estaba sola al cuidado de sus dos hijos, cuando consiguió establecer cierto orden en sus rutinas. Se acostaba pronto y para conseguir conciliar el sueño se tomaba sedantes cuyo efecto desaparecía sobre las cinco y media de la madrugada. A esa hora era cuando se ponía a escribir, hasta que los niños se despertaban. Siguiendo esta rutina durante dos meses en otoño de 1962 fue cuando produjo todos los poemas de Ariel, la obra póstuma que la consagraría como una voz poética original por derecho propio. Esa fue la ocasión en la que se sintió poseída por su trabajo y triunfante en el acto creativo y ella lo sabía. De hecho escribió a su madre dos meses antes de suicidarse: “Soy un genio literario, tengo ese talento en mí. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida y los que me darán renombre”.

Higgins Clark se hizo millonaria gracias a sus novelas de suspense lo que le permitió empezar a escribir en condiciones mucho más cómodas, claro. Todos los años en Navidades se regalaba a si misma una buena joya y se ponía una dedicatoria: “Para Mary de Mary”. La autora, que no solía hacer grandes disquisiciones intelectuales, nunca habló de si tuvo que lidiar con el sentido de la culpa por haber compatibilizado su rol de madre con el de escritora. Sabemos, eso sí, que tenía una excelente relación con su hija Carol, con la que firmó algunos libros a medias, y que su primer best seller, el que escribió cuando se quedó viuda, se titulaba “¿Dónde están los niños?”. Giraba en torno a la historia de una mujer a la que acusaban de haber matado a sus propios hijos.

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