Coleccionistas de objetos insólitos

Seis creadores sacan a relucir idolatrías ocultas: vinilos raros, muñecos, elementos de decoración, complementos fetiche... Cada pieza –y su búsqueda– es un tesoro único.

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Foto: Ximena Garrigues y Sergio Moya

Existe una línea muy fina entre la pasión del coleccionista y el síndrome de Diógenes», explica el diseñador Wences Sanz, entre risas, mientras muestra orgulloso su trastero repleto de cajas de zapatillas deportivas, algunas de hace más de 20 años. Según datos de la Asociación Valenciana de Consumidores y Usuarios (Avacu), entidad miembro de la Confederación de Consumidores y Usuarios (CECU), más del 78% de los ciudadanos ha comenzado una colección en algún momento de su vida. Y de esta mayoría, un 35% confiesa que no ha conseguido terminarla jamás. Las seis personas a las que hemos retratado, junto a tesoros recopilados durante años, tienen un factor en común: todos son conscientes de que su objetivo no tiene fin, «porque hay cosas que ni siquiera sabemos que existen», explica la divulgadora Gladys Palmera. Todos han hecho alguna locura para conseguir una pieza determinada. Ya decía Walter Benjamin que «cualquier pasión bordea el caos; la del coleccionismo, el de los recuerdos».

JUAN REDÓN
Todas las versiones de Mickey Mouse

La idea del diseñador industrial Alessandro Mendini de realizar un objeto para que fuese customizado por diferentes artistas, partía del origen warholiano de repetir una misma imagen, pero haciéndola diferente. Ese planteamiento rige también los muñecos Bearbrick de la japonesa MediCom Toy. Y estos son los Art Toys que colecciona el arquitecto Juan Redón, especialista en encontrar las mil y una representaciones de Mickey Mouse, en el que focaliza parte de su colección.

Es un apasionado de lo que tiene y de lo que no. «La mejor pieza de mi colección es la que compraré mañana», apunta. El primer ratón de Disney lo adquirió hace 25 años y el primer Art Toy hace unos 10. «Mi atracción por Mickey llegó a través de mi interés por el pop como elemento presente en cualquier momento y lugar, continuamente revisitado. No me seduce la representación del objeto como obra de arte, sino el toy sin más. Él es la auténtica transición del muñeco al Bearbrick con cabeza de oso y cuerpo antropomorfo».

Sus auténticas rarezas son un cuadro de Saura y otro de Arroyo con la imagen del ratón, pero tiene otras increíbles: «La evolución del personaje a lo largo del tiempo es de lo más curioso. Algunas de mis piezas, como la del teléfono amarillo (en la foto) están agotadas, así que ahora no podría encontrarla. Me divierte muchísimo la fusión de Mickey y Mario Bross, incluso las imitaciones, las falsificaciones».

Juan tiene expuestos cientos de toys, y otros tantos bien guardados. «Creo que la obsesión es inherente a un coleccionista, el campo es inagotable, pero no necesito ver todas las piezas, mi colección está en mi cabeza», concluye Redón.

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GLADYS PALMERA. «Sé que Matt Dillon y Andy García también poseen buenos discos, pero no tienen ni idea de lo que yo guardo».

Ximena Garrigues y Sergio Moya

GLADYS PALMERA
La joya más completa de la música latina

Aunque todo el mundo la conoce por el nombre de su emisora de radio, Gladys Palmera, en su documento de identidad pone Alejandra Fierro Eleta. Durante toda su infancia, tuvo una banda sonora latina de fondo. De hecho, su tío, Carlos Eleta, fue el compositor de la canción Es la historia de un amor. «En mi casa siempre se escuchaban boleros», explica sentada frente a la colección que tiene en su residencia de El Escorial. Lleva más de 30 años sumando títulos en unas estanterías donde se cuentan más de 30.000 vinilos, 50.000 CD y portadas de cha cha chá: «Es la colección más valiosa de música afrocubana que existe en el mundo. Comprende los siglos dorados de las melodías latinoamericanas de los 40, 50 y 60. Piezas únicas».

Gladys cuenta que antes, en países como Cuba, los artistas no tenían la posibilidad de grabar un disco. «Lo hacían en 45 revoluciones y elaboraban 30 copias que repartían por las vitrolas –las máquinas de discos que había en los bares– para darse a conocer. Esos que se hicieron en Cuba los tengo todos». Cada pieza cuenta una historia. Gladys confiesa que ha comprado en lugares insólitos como «pujas en contenedores y casas particulares». Los mercadillos y ferias se los conoce al dedillo. Pero lo más importante es su obsesión: dar a conocer sus tesoros y compartirlos con la gente. «Le doy salida a todo lo que tengo a través de los canales online de mi radio, gladyspalmera.com». Tiene a dos personas que la ayudan con su biblioteca clasificada por orden alfabético. «Todo tiene que estar fotografiado, catalogado e introducido en mi archivo», dice.

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WENCES SANZ. «Hay muchas zapatillas que no me pongo para que no se rompan», explica. Tiene más de 200 pares.

Ximena Garrigues y Sergio Moya

WENCES SANZ
Obesión por Jordan

Este reconocido profesional del diseño y la publicidad en España, cofundador de Domestika, es un loco de las zapatillas. No sabe cuántas puede tener almacenadas, porque las reparte entre su casa y su trastero, pero son más de 200 pares. Lleva más de 20 años sin tirar algunos modelos. «Tengo hasta en la bañera. Algunas zapatillas son de los 90 y ni se me ha ocurrido estrenarlas. Pero la mayoría son Nike».

Confiesa que, de algunas, se ha comprado dos pares: «Unas para usar y otras para conservar». De una caja descolorida con la etiqueta del precio en pesetas muestra unas de sus predilectas: «Son las originales Air Max de los 80. El creador se inspiró en el Museo Pompidou para diseñar la cámara de aire». Unos 300 euros es el precio más alto que ha pagado por unas. «Son las Jordan 11; mis favoritas. Se trata de un modelo icónico», explica.

Nos comenta que muchas de las que se venden por Internet son falsas. «Se nota porque vienen más apretadas en la caja, e incluso he visto a Michael Jordan gordo en algunas», dice riendo. Wences tiene un grupo de WhatsApp de amigos, como él, fanáticos de las zapatillas, en el que se avisan de las gangas que encuentran en Internet. «Y nos beneficiamos haciendo un pedido común».

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ION FIZ. Lleva diseñando y cosiendo trajes para sus muñecas Nancy desde que cumplió 6 años.

Ximena Garrigues y Sergio Moya

ION FIZ
Nancys perfectas

«Si me imagino mi infancia, es jugando con mi hermana durante horas con las Nancys», dice el diseñador mientras coloca sus preciadas muñecas encima de su mesa de trabajo. Tuvo la primera a los 6 años. Era de una tía suya y la encontró en casa de su abuela, que era costurera. «Empecé a diseñar trajes para la muñeca con los retales que tenía por la casa. Fueron mis primeros soportes». Desde entonces, atesora más de 50 entre sus casas de Bilbao y Madrid. «Hubo un momento en el que oía ‘Nancys’ por todas partes. Y la palabra Famosa, antes de saber que significaba ‘Fábricas Agrupadas de Muñecas de Onil Sociedad Anónima’, ¡me sonaba genial!».

De repente, un día le llamó la propia empresa de juguetes para que vistiera de noche a una de sus piezas e hicieron 10.000 unidades de la misma. «Fue la ilusión de mi vida. Para mí, que he reproducido muchos de mis desfiles en miniatura para las muñecas, con los mismos tejidos y complementos, era un sueño tener un encargo de Famosa».

Ion muestra a algunas vestidas de todas las épocas creativas de su vida. «Lo único que se me ha resistido a este tamaño han sido los corsés», explica riendo. En 2002 creó su primera colección de camisetas y sudaderas de Nancy. «Ahora estoy haciendo una vitrina para exponerlas en mi atelier». Entre ellas, varios caprichos: «Una de los 70 que me costó 700 euros y otra negra, que compré en eBay por unos 200».

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BEGOÑA EGURBIDE «La primera pieza de mi colección fueron los anteojos de mi madre».

Ximena Garrigues y Sergio Moya

BEGOÑA EGURBIDE
Lentes con historia

Los libros, los objetos, las obras de arte y curiosidades varias conviven en casa de la artista Begoña Egurbide, donde vida y trabajo se interrelacionan con naturalidad. Ella es una coleccionista intuitiva y muchas de la gafas de sol que atesora han llegado por impulso. «Tengo cientos. Desde niña las he utilizado para protegerme y he acabado recopilándolas. Me atraen sin importarme si son buenas, malas o regulares. Compradas en Zara, Mango, en un mercadillo o en un lugar especial como Wilde Sunglasses, en Barcelona». En realidad, lo que a ella le interesa es el poder que tienen para determinar la personalidad de quien las lleva. «Las gafas de sol ocultan, pueden cambiar tu fisonomía, modificar lo que los demás perciben de ti y construir una imagen alterada de lo que somos», explica.

Su afición está ligada a su trabajo porque su obra se basa en la mirada. «Como artista, investigo sobre lo que vemos y las imágenes que percibimos. Experimento con la fotografía lenticular, una técnica digital que permite la aparición y desaparición de los fotografiados, de manera que el espectador reconstruye la imagen –que se apaga e ilumina– de la misma manera que funcionan los recuerdos», afirma.

Las Ray-Ban Wayfarer fueron su objetivo durante algún tiempo, pero en la historia de cada gafa está el misterio de su conquista. «Estas lentes antiguas de Paloma Picasso me las regaló una amiga, y esas Yves Saint Laurent las perdió otra en una visita que me hizo a la montaña. Las encontré destrozadas un año después. Las Balenciaga o las Gucci eran de mi madre y las Vivienne Westwood me gustaron sin más», dice señalándolas una a una.

Perteneciente a una familia que abandonó Cuba tras la revolución de Fidel, la madre de Begoña estudió en Nueva York. «¡Viajaba a Europa en el Queen Mary! Era de una belleza delicada, dulce y soñadora, tenía muy buen gusto. Conoció a mi padre en el País Vasco, donde su familia pasaba el verano. Él era un ingeniero brillante, el segundo de su promoción. Lo recuerdo como un hombre muy vasco, encantador, con un gran sentido del humor». Antes del nacimiento de Begoña, la pareja se trasladó a vivir a Barcelona, donde reside actualmente.

Esta creadora empezó a pintar poco después de acabar Bellas Artes, donde conoció a su marido, el artista Marcel.lí Antúnez. Pero a partir de 1994 incorporó la fotografía, el vídeo y el ordenador a sus herramientas habituales. «Lo interesante de la óptica –añade– es su cualidad como ampliación de formato. Nos permite ver lo que no podríamos apreciar en una situación normal o, al menos, no a primera vista». Todos los días va a nadar y, si por el camino se enamora de alguna gafa que le venden por la calle, se rinde y la compra.

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ANTXÓN GÓMEZ. El director de arte de las películas de Almodóvar afirma que «no hay nada comparable a llenar el coche de trastos».

Ximena Garrigues y Sergio Moya

ANTXÓN GÓMEZ
Coleccionista de profesión

Bancos de Friso Kramer para las Olimpiadas de Múnich del 72, butacas de Osvaldo Borsani, lámparas de Mario Botta, piezas de Tobia Scarpa y un largo etcétera. «El secreto para hacer una buena adquisición es que vendedor y comprador se sientan satisfechos –confiesa–. Durante mucho tiempo he comprado muebles y objetos cuyos propietarios desconocían su valor, por ello he podido conseguir piezas magníficas», nos dice. Después de 30 años reuniéndolas se siente liberado porque lo tiene todo catalogado: datado y fotografiado. Ahora queda la anécdota.

Se define como un trapero de lujo y explica que este afán se inició en su infancia donostiarra con las monedas, los minerales o las cajas de cerillas. Su llegada a Barcelona en los años 70 marcó el inicio de su profesión como director de arte y, también, su mejor excusa para conseguir una colección indefinible en la que conviven objetos populares y bizarros diseños con firma. «Mi colección está ligada íntimamente a mi trabajo –justifica–. Cuando me enamoro de algo pienso que acabará en algún lugar, que encontrará su sitio, y eso me anima». Las piezas van y vienen; algunas se han ido quedando por el camino. Pero la esencia permanece en este almacén donde los objetos siguen dispuestos a vivir futuras peripecias. «Yo soy un ecléctico total aunque, en el fondo, me confieso minimalista… como le sucede a Almodóvar», puntualiza.

Lo dice porque conoce bien al director manchego, ya que ha participado en la mayoría de sus películas y ha sido nominado al Premio Goya a la Mejor Dirección Artística por tres de ellas: La piel que habito, La mala educación y Todo sobre mi madre. Aunque el ansiado Goya le llegó con la primera parte de Che, el filme del director norteamericano Steven Soderbergh. Sus últimos trabajos en la gran pantalla no se han estrenado todavía en España. Son Messi, un documental de Álex de la Iglesia sobre el futbolista del FC Barcelona, y la cinta Nao Pare nao Pista: A Melhor História de Paulo Coelho, de Daniel Augusto. Mientras, sus compromisos con los rodajes de publicidad no censan.

«Lo mío es una pasión, no un negocio –destaca–, pero alquilar las piezas me ayuda a preservarlas. La gente ha tirado mucho, lo hace todavía. Se han perdido magníficos muebles de plástico o de fibra inyectada, diseños de Kartell o de los inicios de Ingo Maurer. Y en los objetos se puede observar la evolución de la vida. Lo vemos en algo tan simple como pueden ser los envoltorios de las cuchillas de afeitar».

Entre las joyas de su colección se encuentran los primeros diseños de Tresserra, la mesa de despacho del personaje que interpretaba Antonio Banderas en La piel que habito, lámparas de Fase o Metalarte y, sobre todo, papeles pintados de distintas épocas y procedencias, la mayoría de ellos de Bélgica. Dicen que para encontrar pequeñas joyas hay que tener tiempo. Y Antxón lo ha sacado de debajo de las piedras porque, según confiesa, «no hay nada comparable a llenar el coche de trastos».

CONFESIONES DE UN ADICTO
CARLOS ARECES DESTRIPA SU 'VICIO' 

Yo colecciono CD, vinilos, muñecos y películas. Pero lo que más disfruto es lo relacionado con el papel: carteles y afiches de cine, postales, revistas, fotografía antigua (post mórtem, de comunión e incluso tengo una colección de fotos encontradas por la calle) y, sobre todo, tebeos.

El placer que me da terminar una colección de viejos tebeos inencontrables es semejante al orgasmo. Si están en muy buen estado, es aún mejor. Un conocido vino a casa y, al ver mis colecciones, soltó: «Yo también soy coleccionista. Mis amigos me traen una cucharilla de cada ciudad que visitan». Ante esta falta de respeto, tuve que darle dos tortas a mano abierta y echarle de casa. ¿Cómo podía comparar ese absurdo coleccionismo pasivo con mi labor de arqueología por mercadillos? ¡El esfuerzo se lo estaban regalando los demás!

¿Dónde está el sufrimiento por buscar, por localizar, por conseguir? ¿Dónde la ansiedad de necesitar lo que falta? Porque el grado mayor del coleccionismo es el completismo: la autoimposición enfermiza de terminar lo que se empieza. Imposible disfrutar del grueso si la colección no es total. Cuando miro mis cómics solo veo el hueco del elemento ausente. Mi cerebro no acepta la imperfección de la falta y me lo indica generando desasosiego. Necesito el todo para alcanzar la paz de espíritu. Comprendo que para alguien cuerdo es difícil de entender, pero no podéis pedirme que sea feliz porque tengo cuatro dedos donde debería haber cinco. El coleccionismo exige constancia obsesiva, el acumulacionismo mera compulsión. Yo tengo lo peor de ambos. A veces pienso que la única diferencia entre una persona con síndrome de Diógenes y yo es que a él su basura le sale gratis.

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