Cenas de empresa: protocolo y salida de emergencia

Cómo despedir el año dignamente sin que te despidan por perder la dignidad

navidad

Cuanto más noble parezca la propuesta y más dulces suenen las palabras, peores suelen ser las consecuencias del chute de azúcar que nos prometen. Pero hagamos fácil lo difícil y empapémonos del espíritu superlativo de la Navidad, esa cosa amorfa y que siempre suena fetén. Por si no lo sabían, la última batalla del año se libra entre croquetas y tintorro peleón, cuando la tradición exige por estas fechas invitar -bonito eufemismo- a los empleados de turno a veladas a las que nadie les ruega confirmación y todos esperan que asistan. Las cenas de empresa revelan el verdadero carácter de las relaciones humanas, y por eso merecen un capítulo aparte -con anexos, apéndices y bibliografías tan largas como necesarias-. Un menú pocho en un escenario igualmente desangelado hacen el resto, ya que el triunfo se cotiza alto y las bajas suelen igualar a las de Stalingrado. Como en toda guerra, unos pierden, y otros pierden aún más. ¿Preparados?

No parece muy justo que un examen decisivo sobre la valía profesional se lleve a cabo fuera del espacio laboral. Que los jefes juzguen el trabajo de un año en función de nuestro comportamiento en una cena resulta algo tan absurdo como que te nombren gestor público por estar afiliado a un partido. Por eso, debemos pulir nuestra inteligencia emocional y convertirnos en meros espectadores del vodevil que se desarrolle ante nuestros ojos. Para ello será vital elegir bien a los compañeros de armas, que serán las trincheras que nos guarecerán cuando aquello dé comienzo. Se debe escoger el lugar correcto en la mesa y sentarse con los colegas de confianza, beber poco y hablar menos. ¿Las mejores conversaciones? Naderías, trendingtopics, caprichos de la meteorología y de vez en cuando -de hecho, pocas veces- está permitido bajar la vista y sumir la mirada en la última notificación que llegue al móvil. Aunque tampoco es necesario que pases sin pena ni gloria y que nadie sepa si te vio en la cena o no. Suelta alguna tontería ingeniosa y allez!

El tiempo pasará volando, y quizás hasta te lo pases bien. De la misma manera, tampoco es recomendable enfrascarse en discusiones estériles y no se te ocurra acaparar los primeros, los segundos y los postres con un exceso de genio chisposo -que el tinto es peligroso, pero el Diamante lo carga el diablo-. ¡Ah! Y la perra gorda, siempre lista para regalársela a alguien. Recuerda que el infierno está lleno de buenas intenciones y que las cenas de empresa que se celebran en Navidad son artefactos de doble filo. Es en estas noches cuando las heridas por arma blanca se reparten como panes y sucumbir a la metedura de pata es toda una tradición. Asimismo es probable que te enfrentes a alguna situación no prevista, como que te toque sentarte con gente que no has elegido, que no se te ocurra nada ingenioso, o que la batería del móvil te abandone. O sea, que todo lo dicho anteriormente salga torcido. En ese caso, respira hondo y suelta un namasté.

Si el destino se ha cebado contigo seguramente no te hayan invitado a una cena, pero sí a una comida. En ese caso, sólo queda una opción: un avemaría, tres padresnuestros y la botella cerca. Porque si las cenas empiezan a las diez y concluyen a medianoche, las comidas pueden empezar a las tres y acabar también a medianoche. Y el moco resultante no hay ibuprofeno ni zumo de tomate que lo borre al día siguiente. Ahora bien, siempre tienes la opción de no tomártelo demasiado en serio, y arrimar el hombro para que aquello vaya como la seda. No olvides que todos están en la misma situación y echar a correr no siempre sale bien. Las citas inevitables son un invento tan siniestro como un lingotazo de ricino, ya que ningún soldado puede declararse objetor de conciencia o insumiso, a no ser que quiera tentar a su suerte. Lo que está claro es que tendrás la oportunidad de comprobar el aprecio de tus jefes hacia los empleados, que será proporcional al nivel de degradación del lugar donde se celebre el dichoso evento. Por cierto, la despedida, como siempre, a la francesa. Besar a tus íntimos, fingir que vas al servicio y hasta mañana.

¿Lo mejor de todo? Que en realidad la última cena del año no será la última cena del año, porque antes de que acabe diciembre algo aún mejor estará acechando con los colmillos babeantes. ¡Nochebuena! A diferencia de lo que ocurre en las verbenas donde se dignifica el trabajo, en la velada del día 24 no hay nada que perder ni tampoco existe la necesidad de sobreactuar -¿o sí?-. Lo que tenga que ser será, como ya lo demostró la familia Rodríguez-Casamitjana en TVE 1 allá por 1994, interpretada por el grupo de teatro La Cubana. La Telecena es una obra maestra de la historia de la televisión que refleja el maravilloso absurdo de la Navidad. En estas fechas toca comer, beber y reír sin pensar. Sobre todo, beber. Sobre todo, sin pensar. Que todo pasa.

 

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