Carmen Alborch, la ministra que renunció al gris

Amante de la moda, vistió a Miyake, Montesinos y Westwood y tuvo que asumir los comentarios misóginos que siempre le persiguieron.

Carmen Alborch no renunció a sus gustos a pesar de los comentarios misóginos que tuvo que aguantar. Foto: Getty

En 1993, ni el Congreso se parecía al de ahora, en el que hay un parlamentario con rastas y varios en camiseta, ni el gobierno había oído hablar de la paridad. La última legislatura de Felipe González se inauguró con sólo tres mujeres en el gabinete: Cristina Alberdi en Asuntos Sociales, Ángeles Amador en Sanidad y Consumo, y Carmen Alborch en Cultura. Llegó desde Valencia, donde había capitaneado el IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno) , y la metáfora se hizo irresistible para todos los cronistas de la capital. ¡El fuego!, ¡la luz!, ¡la ministra mascletà!

Mucho se habló en aquellos días de cómo se torcían los cuellos de los diputados cuando Alborch subía al estrado con sus tacones y su falda de cuero. Vázquez Montalbán, como todo el mundo recuerda ahora, la bautizó de “ministra en technicolor” y Umbral, rebozando de prosa quevediana el reflejo misógino, la recibió en El Mundo diciendo que “Doña Carmen (…) entra con alpargatas y tacón alto en todos los albañales de la incapacidad locutoria y se baña desnuda en ellos, como ayer Ana Obregón, y mañana otra vez cuando cante las doce uvas. Menos mal que ambas tienen buenos cuerpos y el espectáculo vale la pena, pero las pobres salen rebozadas en mierda semántica como aquellas boxeadoras sobre barro que entrevistaba yo hace pocos años en la carretera de Extremadura, y que fueron el punto más álgido de la movida madrileña”.

Carmen Alborch aseguró en una entrevista que siempre le interesó la moda. Foto: Cordon Press

Con esa bienvenida, hubiera sido más fácil para ella presentarse con el uniforme masculinizado por el que suelen optar muchas mujeres en cargos de responsabilidad, calzarse el traje pantalón y el tacón bajo y pasar del tinte rojo a las mechas caobas. Ella misma señaló en varias entrevistas retrospectivas, como en esta en Vanitatis, lo frustrante que resultaba que se hablase tanto, y a veces sólo, de su ropa. “Tú ibas a hacer una presentación de un gran proyecto al Congreso de los Diputados y hablaban de cómo ibas vestida. Aquello sí que suponía una mirada frívola y misógina. Tú habías trabajado con tu equipo con intensidad e ilusión y a lo mejor veías titulares de si ibas así o asá. Ahí sí que sentía rabia y me sentía injustamente tratada”.

Pero nunca entró en sus planes disfrazarse de otra cosa. Su relación con la moda fue de pasión y juego. En esta entrevista que le hizo Marta Rivera de la Cruz en los inicios de S Moda casi contó su vida a través de las ropas que le habían acompañado. Aprendió a coser de la costurera que acudía a casa de sus padres cuando era niña y luego hizo gran uso de los imperdibles, con los que lo mismo convertía un mantel en un chal que apañaba unas uvas que venían en una caja de vinos y se hacía con ellas un colgante. En su armario no había jerarquías. Ese collar DIY tenía el mismo valor que sus piezas de Chillida o Chus Burés o Joaquín Berao que coleccionaba. En sus últimos años como senadora se la vio también luciendo los collares de porcelana de Andrés Gallardo y en 2014 sorprendió acudiendo a los Goya con una corona de plata que compró en el anticuario Stendal de Valencia, una pieza china del siglo XIX hecha a mano por artesanos de la tribu Miao.

Carmen Alborch con collar de Andrés Gallardo. Foto: Getty

No tiraba nada y a lo largo de los años acumuló prendas de Vivienne Westwood y de su amigo Francis Montesinos, así como zapatos de Robert Clergerie, pero si se la identifica con un diseñador es con Issey Miyake. Usó los famosos plisados del japonés a diario y también en las ocasiones importantes, como en el acto de proclamación de Felipe VI. El japonés, que no se considera a si mismo un modista sino alguien que se acerca al diseño de ropa como lo haría al diseño industrial, siempre ha trabajado al margen de las tendencias y de la obligación de generar nuevas colecciones cada pocos meses y crea desde los 70 prendas sin costuras que se adaptan a cada cuerpo. Por eso tiene una legión de fans en el mundo del arte y entre las mujeres de mediana edad, un colectivo muchas veces menospreciado por la industria del lujo.

Aun así, fue Montesinos y no Miyake quien vistió a su geganta, el ninot hecho a su imagen y semejanza que paseó por muchos actos electorales en 2007, cuando se enfrentó por la alcaldía de Valencia con Rita Barberá. Intentó diseñar una campaña no muy distinta a la que años después dio la victoria a Manuela Carmena en la capital, alejada del aparato del partido socialista y con apoyo de gente de la cultura. No fue suficiente. Barberá ganó y lo haría varias veces más. Ambas encarnaron, también desde su estética, maneras opuestas de entender la vida.

Carmen Alborch en los premios Goya de 2007. Foto: Gtres

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