Blanca Li, la mujer que baila la moda

Artistas, cineastas y diseñadores se pelean por tenerla. De Beyoncé a Almodóvar, pasando por Stella McCartney o Gaultier, todos quieren que la coreógrafa Blanca Li imagine sus puestas en escena.

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Foto: Nico

Siempre supo que sería bailarina.  «Desde que tengo uso de razón», dice Blanca Li (Granada, 1964) al otro lado del teléfono. Son las nueve de la mañana en Nueva York, ciudad a la que se fue a vivir con su familia en septiembre, y ya ha hecho su baile diario. Su ritual. Ha llovido desde que llegó por primera vez a la Gran Manzana, con 17 años, para asistir a la escuela de la gran coreógrafa Martha Graham. Corrían los ochenta y allí fundó, junto a su hermana Chus Gutiérrez, el grupo de flamenco-rap Xoxonees. Después regresó a Madrid, montó el mítico bar El Calentito y en 1992, fecha en la que el mundo puso su punto de mira en España, o eso creímos, Blanca se instaló en París y creó su compañía. Entonces cambió su Gutiérrez por el apellido de su marido por pura sonoridad: «Ahora, junto a mi hijos, somos la FamiLi». A lo largo de su carrera esta creadora multifacética ha hecho danza para casi todas las disciplinas artísticas: teatro, ópera, cine, performance, instalaciones, videoclips, campañas de publicidad de firmas de lujo o desfiles de moda. «Siempre tengo, como mínimo, un par de proyectos en marcha y mil en la cabeza. Si no, me moriría, literalmente», cuenta. En estos momentos está finalizando Elektromatematrix, un filme rodado con bailarines. «También preparo un dúo con Marie-Agnès Gillot, que bailaremos las dos mujeronas que somos en diciembre en París». Mientras, se puede disfrutar en distintas salas europeas su película de realidad virtual de danza 360º y continúa la gira de ROBOT, que se podrá ver desde el 9 de junio en Nueva York.

Lleva más de 20 años creando. Y mucho. ¿No le da vértigo el paso del tiempo?

Qué va. Al contrario. Da gusto tener una serie de cosas en el equipaje que te ayudan a ser más eficaz y a hacer mejor tu trabajo. La madurez solo ayuda. Ahora lo hago mucho mejor que al principio porque sé más rápido lo que quiero hacer y tengo más confianza en mí.

¿Y nunca ha pensado dedicarse a otra cosa?

Siempre he sido muy apasionada y desde pequeña tenía claro que así iba a ser mi vida. Nunca lo he dudado ni me he imaginado haciendo nada más. Mi vocación ha sido más fuerte que yo.

Algunos fotógrafos ven imágenes constantemente por la calle, ¿le sucede a usted con la danza?

Sí. Muchas veces estoy caminando, contemplo una escena y la veo bailando. ¡Me monto unas películas…! [risas]. Eso es la inspiración. Mis bailes vienen de la cotidianidad. Me pueden surgir coreografías en un aeropuerto, en el libro que me estoy leyendo o dando un paseo por el parque. Cierro los ojos y en mi cabeza me imagino la secuencia.

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Blanca Li baila con un vestido de tul de Giorgio Armani.

Nico

¿Se puede hacer danza de todo?

Sí. Y siempre depende de cómo ves el mundo. Lo más importante es vivir muchas experiencias. Viajar, ver creaciones de otras personas, leer, disfrutar de exposiciones, etc. Necesito cultivarme, comer cultura y saber qué pasa en el mundo. Eso me da material e inspiración para crear.

Para el espectáculo ROBOT, en el que aparecen pequeñas máquinas articuladas que consiguen emocionar al público, estuvo dos años investigando.

Sí, en universidades y conociendo a artistas que hacía cosas con robótica. Pero preparar un espectáculo comprende desde que tienes la primera idea, a buscar toda la documentación en la que hay que profundizar, escribir el proyecto con calma y después los ensayos. 

Su trayectoria habla de mucho trabajo por acercar la danza a distintos públicos. ¿Por qué cree que cuesta que la gente se interese por el baile?

Tiene que ver con que, de niños, no se tiene una relación con el cuerpo y el movimiento. Se crece en un mundo en el que nada te acerca a la danza: ni tu familia, ni tu colegio, ni tu entorno. Si no enseñaran a leer, nadie leería. Con la danza es lo mismo.

¿Y cómo pone su granito de arena?

En Francia colaboro con varias escuelas a las que van bailarines de mi compañía y trabajan con los más pequeños enseñándoles coreografías, motivándoles. También suelo abrir los ensayos para que vengan grupos de niños para vernos trabajar. Creo que hay que hacer una labor de sensibilización para que tengan algo de formación. Porque si la gente solo accede a ver vídeos musicales nunca sabrán lo que se están perdiendo.

Pero justo en videoclips usted ha creado coreografías para Beyoncé, Daft Punk, Goldfrapp, Kylie Minogue, Blur o Kanye West. ¿Cuál es el mayor monstruo escénico con el que ha trabajado?

Beyoncé –no lo duda–. Es un animal escénico. Es una mujer que tiene una capacidad de trabajo, un control y una presencia increíble. Se nota que lleva desde muy pequeña en el escenario y se las sabe todas. Además es una trabajadora nata. Cuando ensayamos y tiene que hacer 20 veces la misma toma, no se queja, lo da todo las 20 veces. Es súper profesional.

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Blanca viste un mono de ‘chiffon’ plisado de Balmain.

Nico

Le llaman para cosas muy diferentes. Desde una escena de baile en una película (como Almodóvar o Michel Gondry) a anuncios de publicidad (Longchamp, Gaultier, Prada, etc). ¿Qué le mueve para decir «sí» a un proyecto?

Solo hago lo que me parece divertido y tiene un sentido para mí. Pero 
mis trabajos, sean encargos o producciones propias, me tienen que aportar algo como artista y yo dar algo también a los demás. Cuando trabajo con gente como Beyoncé es un gusto porque hay un intercambio increíble. Que yo le aporte cosas, le gusten y encima las haga así de bien es un gustazo.

También ha colaborado mucho con el mundo de la moda. ¿Cómo fue su primer encuentro con este universo?

La primera persona con quien trabajé fue Sybilla. Le pedí que me hiciera la ropa de uno de mis primeros ballets. Con ella aluciné. Ver cómo diseñaba los trajes y cómo mis movimientos tomaban forma con sus vestidos era algo mágico.

Luego llegó a París y comenzó su relación con diseñadores internacionales…

Sí. Pero caí ahí por casualidad. Por aquel entonces compartía piso con un amigo que me llevaba a los desfiles y empecé a  conocer a los grandes. En esa época también decidí ayudar a jóvenes creadores que estaban empezando en sus desfiles. Y a partir de ahí quisieron contar conmigo otros de más peso.

¿Qué le atrae de la moda?

Todo. Me encanta porque la ropa es el acabado del movimiento. Trabajé con Christian Lacroix para la Ópera de París y nos lo pasamos pipa. El venía horas al estudio y veía a las bailarinas. Después hacía dibujos y hablábamos mucho. La ropa en el baile es fundamental porque puede cambiar el sentido de un ballet. Y en mi vida me subo a un tacón, me pongo un vestidazo y me convierto en otra mujer. Ayuda a reinventarnos.

Pero para hacer un desfile, como los que ha hecho para Stella McCartney o Gaultier,  trabajará de otra manera que para un teatro, ¿verdad?

Sí. Ellos me cuentan el tema de la colección y cómo la conciben. Y yo les aporto ideas preparando coreografías y puestas en escena que correspondan con lo que necesiten. [Se queda callada unos segundos]. Me ha enriquecido tener este contacto con la moda. Me he divertido mucho y se me han ocurrido muchas ideas gracias a ellos.

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Blanca lleva un vestido de satén de Lanvin.

Nico

Siempre ha defendido la importancia de la improvisación. ¿Sigue con esa filosofía o es algo que se pierde con los años?

Un poco sí, sigo así. Siempre he vivido el presente porque es lo más importante. La carrera de un artista nunca sabes hacia dónde te va a llevar. El mañana, en mi profesión, es algo incierto. Es mejor trabajar en las cosas que hay delante cada mañana sin pensar en el día siguiente.

Teniendo dos hijos se improvisará menos, ¿no?

¡Qué va! La diferencia es que hay que organizarse más, con un poquito de previsión. Pero en el tema de la creación, si se me ocurre una locura, la llevo a cabo.

¿Como la película virtual 360º que acaba de estrenar?

¡Justo! Para verla hay que ponerse unas gafas 3D y el espectador parece que está dentro. Es una pasada.

Película en 3D, espectáculos con robots… ¿ha sucumbido a la tecnología?

Absolutamente. Es la gran revolución que estamos viviendo y me encanta participar en ella. Me sirve para trabajar. En mi vida personal me siento más cerca de mis amigos. Antes, cuando estaba de gira, aunque fuera en Francia, me sentía mucho más lejos. Era más difícil porque teníamos que escribir cartas o buscar un teléfono para que me llamaran y estar al lado esperando. Antaño, los emigrantes no tenían noticias de sus familias y era mucho más duro. Ahora, con un skype hablas con tu abuela mientras pela patatas. Quizá se ha perdido la belleza literaria de la carta, pero la gente escribe cosas muy bonitas y con mucho amor por WhatsApp.

¿Volverá a vivir en España?

No, porque la situación de la danza siempre ha sido un desastre. Si me hubiera quedado en mi país no hubiera logrado nada de lo que he hecho. Eso no quita que esté yendo todo el rato y cada vez que tenga un proyecto vaya feliz.

¿Qué visión se tiene de nuestro país desde fuera?

Siempre me dicen que tenemos una energía muy bonita. La gente sabe que hay una situación económica difícil y se sorprende de que sigamos alegres, que vivamos la crisis con elegancia y que llevemos los malos tragos con esta moral. En Francia, un país que no tiene ni la mitad de problemas de los que hay en España, la gente tiene peor humor y una actitud más pesimista.

¿Es de las personas que lleva el jamón en la maleta?

¡Claro! Y mi hijo también (Risas). En mi familia siempre ha habido una tradición de gastronomía importante. Nuestra abuela nos cocinaba platos que tardaba tres días en hacer y nos llamaba diciendo: «Venid, que he preparado unos boladillos…» y para allá que íbamos. Luego tomó el relevo mi madre y se convirtió en la jefa de cocina. En mi casa transmitimos el amor a través de la comida. Yo procuro ir un día a la semana al mercado para cocinar y poder comer bien.

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