Amy Winehouse, la diva embriagada de laca y gasolina

En el aniversario de su muerte, recordamos las lecciones que la reina del 'soul' legó sobre moda y estilo.

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La última integrante del Club de los 27, esa infausta logia formada por artistas que murieron a los veintisiete años de edad, vuelve a la actualidad. En la conmemoración de la muerte de Amy Winehouse (Londres, 1983), recordamos a quien cantó las letras que protagonizó, llenas de desamor y de ideas incompatibles con la felicidad. La princesa blanca embebida de las reinas más negras del blues, el jazz, el R&B y el soul, fue sobre todo icono y prescriptora de estilo. Así lo vio Karl Lagerfeld, que en 2008 presentó para Chanel una colección inspirada en ella y la comparó con Brigitte Bardot. En enero de 2012 Jean Paul Gaultier recogió el testigo para su propuesta de Alta Costura, algo que no hizo demasiada gracia a la familia de la cantante. Según declaró Mitch Winehouse, padre de la artista, la idea del modisto les pareció de «mal gusto» a pocos meses de la desaparición de su hija.

Peinado beehive (colmena), técnica cat eyes para maquillar los ojos, tatuajes a gogó, tacones y vestidos cortos conformaron un estilo imperturbable. Su apariencia, siempre previsible, fascinó a Hedi Slimane, actual directivo creativo de Saint Laurent, y la convirtió en musa gris de su porfolio. La firma británica Fred Perry también se asoció con ella para crear una colección cápsula que acabó agotándose −todavía hoy siguen colaborando con Amy Winehouse Foundation−. A Roberto Cavalli, por el contrario, no le dio tiempo de contratarla para que protagonizara sus campañas, como reconoció el propio diseñador.

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Diseño de la colección de primavera 2012 de Alta Costura de Jean Paul Gaultier.

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«¿Mis olores favoritos? La laca y la gasolina», dijo en una ocasión. Toda una metáfora sobre la rigidez de ese look archicopiado que escondía un motor ahogado en aceites de tercera y basura estimulante. Etta James y Billie Holiday inspiraron a Winehouse, que se estrenó con Frank, su primer trabajo. Una nominación al Mercury Prize en 2004 avisaba de que el tiempo de las Sugababes y las Spice Girls había terminado. Y fue Back to black, su segundo álbum, lo que hizo despertar definitivamente a los nostálgicos de Motown.

En sus canciones, Winehouse anunciaba que el amor es un mal negocio (Love is a losing game), y que no quería ingresar en un centro de desintoxicación (Rehab). «How blind can he be?», se preguntaba en su versión de To know him is to love him, el clásico sixties de los Teddy Bears. Seguro que lo decía por Blake Fielder-Civil, el tipo que la inició en el consumo de heroína, un delincuente al que unió su vida y del que se divorció en 2009.

Después de meses erráticos y escándalos asociados con su separación, hoy hace nueve años que Winehouse sucumbió a una sobredosis de alcohol −su hermano Alex le echó la culpa a la bulimia−. El funeral de la artista fue una recreación del videoclip de Back to black, y su influencia quedó retratada en numerosos editoriales de moda de Love (interpretada por Adriana Lima), Vogue Paris (con Isabeli Fontana como Amy), Numéro, Vogue Russia o W. La estela que garabateó la estrella del soul todavía es perceptible a los ojos de todos: todo el mundo sabe que hay estrellas que se convierten en agujeros negros y otras que huelen a laca y gasolina. Y son estas últimas las que arden como fabulosos cohetes amarillos.

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