Alta Costura: cuánto cuesta, quién compra y la crisis (que no existe)

Algo está cambiando en el hermético mundo de la alta costura parisina. Sus férreas normas se están flexibilizando.

Desfile Alexis Mabille

Foto: Getty Images

Hace años que los rumores de una muerte agónica de la alta costura sobrevuelan París. Un arte tan sublime e inalcanzable (con diseños 100 veces más caros que su versión prêt-à-porter) parecía condenado a desaparecer, devorado por una industria enloquecida que, como la sociedad, avanza a un ritmo cada vez más frenético, con colecciones efímeras en constante renovación. El triunfo del consumo lowcost marcaba, para muchos, el fin de una era. Al fin y al cabo, «alta costura significa tiempo», explica Anne Valérie Hash a S Moda. «Tiempo para acudir a los fittings. Tiempo para disfrutar de un servicio personalizado. Tiempo para crear una pieza única con esmero y dedicación, y dar forma paso a paso a un diseño que jamás será copiado. Tiempo para entender y apreciar». Y tiempo para deleitarse en los pequeños detalles es, precisamente, algo de lo que la sociedad actual carece. Por eso resulta tan sorprendente que, mientras la economía global se tambalea y los gobiernos de Estados Unidos y Europa hablan de recesión y políticas de recortes presupuestarios, París anuncie el resurgimiento del segmento más exclusivo y caro de la industria de la moda.

Sin duda, la alta costura es un laboratorio de ideas caro. Lo es para los clientes (el precio medio de un diseño ronda los 60.000 euros), pero lo es también para los creadores. «Que la colección haya registrado récord de ventas este año no significa que estemos ganando dinero», insistía Jean Paul Gaultier tras bastidores. El margen de beneficios es reducido y a veces casi inexistente. «Para confeccionar un diseño de alta costura es necesario de seis a siete pasos, desde la primera cita y toma de medidas a la última prueba y entrega», describe Hash. «Depende siempre del vestido», puntualiza para S Moda Elie Saab. «El que diseñé, por ejemplo, para la campaña de publicidad de nuestro primer perfume, Elie Saab Le Parfum, llevó más de 100 horas de trabajo; y eso que no tenía bordados. Pero un vestido de cóctel normal necesita una media de seis costureras y 50 horas de trabajo solo para montar la pieza; un cálculo al que debes añadir 100 horas si ese vestido lleva bordados. En total, si contamos desde el día que el cliente hace el pedido, hablaríamos de un mes a mes y medio (para un vestido de noche) y tres meses y medio (para un vestido de novia) si no se pide ninguna modificación respecto al diseño de pasarela».

Con todo, las cifras hablan de éxito comercial. Si en 2009 las ventas de alta costura de la firma Chanel aumentaron entre un 20% y un 30%, el año pasado la maison francesa vendió más diseños de alta costura que cualquier otra temporada, según señaló hace unos días Jess Cartner-Morley en The Guardian. Un triunfo que, según los últimos comunicados, es generalizado y que, durante esta semana de la moda de París (reducida a tres jornadas), se ha traducido en mensajes de euforia en casas como Dior (con un aumento de las ventas del 27% respecto al año anterior), Giorgio Armani (con un incremento del 50% en su línea Privé), Valentino (que habla incluso de un 80%) y Versace (que ha vuelto al calendario oficial, después de ocho años sin desfilar en París).

Resulta curioso –si tenemos en cuenta las noticias de crac económico que llegan desde Italia– que sean precisamente los italianos los artífices de este soñado resurgir de la moda más exclusiva. Como Donatella, Valentino o Armani, este mes han sonado con fuerza en la capital francesa los nombres de otros dos italianos: Riccardo Tisci (que ha convertido la presentación de su colección de alta costura para Givenchy en una de las citas favoritas de la prensa especializada, sedienta de propuestas innovadoras en una pasarela cada vez más comercial) y Giambattista Valli, que ha presentado su segunda colección de alta costura, la primera como miembro permanente de la cámara. Una apelación excepcional (si tenemos en cuenta que el plazo administrativo habitual es de cinco años y no de seis meses), que Grumbach, presidente de la cámara francesa, justifica porque «Valli ya tenía el bagaje y la clientela para ser un diseñador de alta costura de pleno derecho».

Algo está cambiando en el hermético mundo de la alta costura parisina. Sus férreas normas se están flexibilizando. «Algunos de los requisitos de la cámara se establecieron a principios de los años 40. Hoy para cumplir esas reglas arcaicas tienes que tener un presupuesto que solo las grandes maisons se pueden permitir. Para que creadores más jóvenes, con presupuestos más reducidos, puedan entrar, la cámara ha tenido que moderar sus exigencias», explica a esta revista la francesa Anne Valérie Hash. El libanés Elie Saab asegura que «a lo largo de la historia la alta costura ha ido reajustando su política para atraer a un público más joven y satisfacer las necesidades de una nueva clientela internacional».

¿Crisis? «En la maison de la creación en Marsella, los presidentes de Chanel y Dior comentaban que la crisis ha reforzado la industria del lujo», apunta el gallego José Castro. El boom de la moda más elitista y exclusiva es, según los analistas económicos, un reflejo de la polarización actual de la riqueza. La diferencia entre las clases sociales es cada vez más abismal y los nuevos ricos son cada vez más pudientes. Ellos son precisamente la gallina de los huevos de oro de firmas como Armani Privé. Nadie da nombres. Todos defienden la privacidad de su codiciada (y mimada) lista de clientes. Algunas son jóvenes rusas. Es fácil verlas en la primera fila de los desfiles. Les gusta mostrar su poder adquisitivo. Para ellas, la alta costura es sinónimo de prestigio. Pero otras, la mayoría, son de China y, sobre todo, de Oriente Medio. Pero a ellas no se las verá al lado de Anna Wintour. Prefieren comprar en la intimidad de una salón privado.

Su agenda social está repleta de bodas (de 15 a 20 al año) y compran una media de 25 diseños por temporada. Para ellas, la alta costura también es símbolo de prestigio; pero a diferencia de las rusas, las de Oriente Medio solo muestran su armario en fiestas privadas. Son mujeres que no quieren pagar 5.000 euros por un vestido de Pucci que quizá lleve también otra invitada. Prefieren piezas únicas y extravagantes, aunque en lugar de 5.000 euros tengan que invertir 65.000 euros. «Al fin y al cabo de eso se trata: de exclusividad», dice Saab.

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