Alpargatas, del campo al podio

Una nueva hornada de marcas españolas recupera el ‘savoir faire’ de la industria alpargatera para modernizar este icono de la artesanía regional.

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Foto: Castañer

Su historia se puede rastrear a lo largo de siglos. De los pies de los payeses en el campo a los de la intelectualidad de los años 30, con Salvador Dalí y García Lorca como defensores universales. De los bailes tradicionales de Ibiza a los paseos estivales de Ava Gardner, Audrey Hepburn o Grace Kelly. Las espardeñas, rescatadas para la alta costura por Yves Saint Laurent, viven hoy su enésimo renacimiento. Un calzado con siete vidas que vuelve a ocupar su espacio en los talleres de los nuevos artesanos y en la pasarela y encuentra eco en el street style.

La culpa del regreso –coinciden fabricantes y expertos– es de Chanel. En 2012, la maison recuperó este calzado utilizado en toda España –sobre todo en Levante, Cataluña, Aragón y el País Vasco– sustituyendo el algodón por cuero. No ha sido la única firma (Valentino, Céline, Aquazzura o Loewe han cedido también a su atractivo). Pero su lanzamiento tuvo el mismo efecto que la cirugía a la que Yves Saint Laurent sometió a las alpargatas de esparto en los años 70. El modisto quedó fascinado con este diseño, usado entonces por el exclusivo turismo de la Costa del Sol, y buscó un artesano capaz de modificar su suela plana por una plataforma de tacón. Lo encontró en Castañer, una empresa familiar de Banyoles (Girona) que paseó sus creaciones por el mundo de la moda parisina, otorgando un allure de alta burguesía a este calzado nacido en el campo. En la actualidad, la compañía catalana vende 200.000 pares de este modelo cada temporada, factura más de siete millones de euros al año y fabrica para casas como Armani o Marc Jacobs.

Sin embargo, el boom de las espardeñas tiene hoy menos que ver con esa categoría de alta costura que con la revaloración del folk, unida al triunfo de la moda casual. Los modelos de esta temporada emulan las alpargatas tradicionales (las ibicencas del baile regional y las de siete cintas catalanas), huyendo del tacón para defender las versiones planas. «En el resurgir del folclore local hay una búsqueda de la placidez, de la despreocupación. Y quizá también una forma de aferrarse a los referentes asociados a la vida sencilla del campo, a la falta de responsabilidad de la infancia», cree la socióloga Mercedes Salgado.

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Modelo Calada Black (180 €) de Ball Pagès y modelo Coney Island de Miss Hamptons (50 €).

Ball Pagès / D.R.

Cuestión de comodidad

Más allá del encanto del imaginario popular, el auge de la estética casual ha tenido también efectos en la industria, súbitamente interesada por este calzado. «Se ha tardado bastante en utilizar [la espardeña] de forma habitual. No ha ocurrido hasta que la casualización se ha extendido a la gama alta», explica Marshal Cohen, analista de la firma NPD. La prescripción de las marcas de lujo funciona: quizá el consumidor no adquiera unas alpargatas por 300 o 500 euros, pero buscará en el mercado otras opciones que se adapten mejor a su bolsillo.

Esta tendencia ha generado una explosión de pequeñas firmas, a medio camino entre la artesanía y la fabricación en masa, para satisfacer una demanda que llega, como en los años 70, del extranjero. Y unos empresarios que, como entonces, basan sus negocios en las regiones que tradicionalmente han producido estos zapatos y que tienen ya una red de proveedores y, sobre todo, un savoir faire.

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Anna Montes y Álex Selma, fundadores y directores creativos de la marca Caretes.

D.R

Es el caso de las alpargatas Miss Hamptons, de los creadores de la firma de gafas Hawkers, que con su acuerdo con los Lakers se han convertido en la primera marca española que patrocina a un equipo de la NBA. Sus fundadores, cuatro jóvenes de Elche, vieron en ellas un producto barato que podrían vender en Internet (su única forma de distribución) sin problemas. Además, controlarían la producción gracias a la cercanía de los talleres locales. «Trabajamos con artesanos de Elche y de Caravaca de la Cruz, en Murcia. Son fábricas con años de experiencia, y ahora hemos entrado nosotros a renovarles el producto», dice Esther Latorre, encargada de social media de este grupo que en 2014 facturó 15 millones de euros.

La estrategia de marketing de sus coloridos estampados pop se ve en su lema: «Nacidas en The Hamptons, hechas en España». «El made in Spain es un plus para muchos clientes», asegura Latorre. Es la opción que han escogido marcas como Mint&Rose –que sustituye el algodón por otros tejidos y modifica la estructura de las zapatillas– y otras nacidas en los últimos años. Naguisa, creada en 2012 por Claudia Pérez y Pablo Izquierdo, diseña en Barcelona y produce en Alicante. Su cuidado por el proceso de fabricación les ha llevado a impartir talleres de elaboración manual de espardeñas en Berlín.

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Cary Grant y Grace Kelly, con alpargatas, durante el rodaje de ‘Atrapa a un ladrón’ (1955).

Cordon Press

Vuelta a las raíces

Aunque las alpargatas han experimentado mejorías técnicas en los últimos años (plantilla de piel para aislar del esparto, una capa amortiguadora y suelas vulcanizadas o protegidas con poliuretano para hacerlas más resistentes), el interés por los materiales naturales, la producción artesanal y la tradición ha llevado a recuperar una variante de espardeñas en peligro de extinción. Son las usadas en el ball pagès (el baile regional balear), que un puñado de artesanos trenza aún a mano en la isla.

Las espardeñas ibicencas no usan, como sus primas peninsulares, el algodón. La superficie del calzado se fabrica con pita seca, tratada y trenzada en finas cuerdas, que se unen formando una especie de tela gruesa y firme. «Incondicionales de éstas desde la infancia, queríamos mantener vivo su patrimonio, dándole un soplo de aire nuevo sin desnaturalizar sus orígenes», dice Gemma Serra, fundadora de la marca catalana Ball Pagès y principal artífice de la recuperación. Desde su lanzamiento en 2013, la firma ha multiplicado por 10 sus ventas y ya se vende en Opening Ceremony y APC.

Serra, afincada en Francia, estuvo observando el método tradicional de la isla, un proceso trabajoso que lleva varias horas por par, para adaptarlo al atelier de Barcelona. La pita, además, debía ser de producción 100% natural: «Unas pocas artesanas no han dejado de fabricarlas nunca para los bailarines, y nos transmitieron su savoir faire. Conocer bien la materia prima y la técnica de tejido nos ha permitido adaptarlo respetuosamente al mundo contemporáneo».

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Alpargata Home Blue Night (195 €) de Ball Pagès.

Ball Pagès

Una actualización que quizá salve la artesanía insular. Carmen Costa lleva bailando desde los 13 años en Santa Gertrudis, un pueblo de 1.700 habitantes en el corazón de Ibiza. «Cuando yo empecé, en los años 60, casi no se bailaba», recuerda. Entonces, el folclore fue recuperándose por el mismo franquismo que lo había reprimido décadas atrás, hasta llegar a la veintena de grupos que pueden encontrarse hoy en la isla. Y, con él, renació la artesanía. «Queda aún algún taller, pero el proceso es tan largo que poco a poco lo van dejando», apunta Costa. Las espardenyes de baile realizadas completamente a mano por encargo, desde la recolección de la pita al trenzado y cosido, pueden costar alrededor de 300 euros.

Pero hay un peligro detrás de la popularización de un producto con costes tan altos y con una producción tan limitada. La forma que tienen las empresas de poder venderla a gran escala es olvidar la isla y deslocalizar la producción. «Algunas tiendas de souvenirs las venden ya made in China», señala Costa, apenada. Joan Carles Tasies ha observado este fenómeno desde La Manual Alpargatera, tienda barcelonesa referente en este tipo de calzado. «Nosotros traíamos modelos hechos por payesas, pero dejamos de hacerlo porque era demasiado costoso. Este año han vuelto a ofrecérmelas, pero de Bangladés», constata. Desde que las alpargatas son de nuevo un objeto de moda, no deja de detectar cambios en la fabricación. Hay marcas que dan yute por cáñamo (material que dura y transpira más), y cada vez es más difícil encontrar fábricas que hagan a mano las suelas. «Las traen hechas de fuera y las ensamblan aquí. Quizá sea artesanía, ¡pero no es made in Spain!», se queja.

«Se han hecho populares como una sandalia eco-friendly y confortable», reza, orgullosa, la web de Cotheeka Jute Industry, en Bangladés. Allí se produce el 90% de las suelas, según datos del país. «Con esa competencia, lo raro es que sigamos vendiendo», dice Tasies. Y regresa apresurado al negocio. Pese a todo, una larga fila de compradores espera en la puerta.

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Modelo de Naguisa (80 €) y modelo Marine Blue de UGG Australia.

Pablo de Val / D.R.

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