Adiós a Azzedine Alaïa, el último gran ‘couturier’

El diseñador ha muerto a los 77 años en París. Hace unos meses nos encontramos con él en su casa, donde nos concedió una sincera y emotiva entrevista.

Adiós a Azzedine Alaïa, el último gran ‘couturier’

Retrato del modisto Foto: José Manuel Ferrater

El diseñador Azzedine Alaïa ha fallecido en París a los 77 años. Hace unos meses tuvimos el privilegio de compartir mesa y conversación con él en su casa. Lo que puedes leer un poco más abajo es el resultado de una entrevista sincera con el creador, en la que nos explicó lo que la moda y la libertad significaban en su vida.

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Quien trabaja en moda debe aprender a elegir. Entre crear o hacer ruido. Presentar sus creaciones durante la semana de la moda o ir por libre. Pisar el acelerador impuesto por los grandes grupos de lujo o mantenerse ajeno a la vorágine. Aceptar al vertiginoso consumo de ideas y tendencias (cada vez más fugaces) o moldear vestidos que desafían el paso del tiempo. Ser fiel al oficio de couturier o ejercer de malabarista (y director creativo). Azzedine Alaïa o Karl Lagerfeld. Dos caras de la misma moneda. Dos formas de entender la costura. Porque en esta industria, como en la doctrina presocrática, la realidad es lucha y «la armonía nace de la tensión entre contrarios».

Alaïa es distinto al resto de diseñadores. El mismo término ‘diseñador’ no hace justicia a este genio. La suya es una de las maisons más herméticas y complejas del sector. En la entrada a su atelier, en Le Marais, no hay rótulos. Rara vez concede entrevistas; y cuando lo hace, cuentan que, a veces, se levanta y se va. Lanza sus colecciones cuando están listas, sin someterse a agendas ni compromisos (decidió retirarse del calendario oficial de la fashion week de París en 1992). Ajeno al circo mediático, a nadie extraña que celebre sus desfiles en la intimidad, sin grandes fastos, pero rodeado de amigos. De Nicolas Ghesquière (Louis Vuitton) a Julian Schnabel, pasando por el historiador Olivier Saillard o Adrian Joffe, marido de Rei Kawakubo (Comme des Garçons).

Look de Alaïa p-v 2017 Foto: José Manuel Ferrater

Alaïa es un gigante de estatura diminuta, que con el paso del tiempo se ha convertido en la conciencia (siempre necesaria) de este negocio. Quizá porque él se atreve a decir lo que otros (casi todos) callan. Según el diario Financial Times, en 2011 no dudó en rechazar la oferta de Sidney Toledano (presidente de Dior), quien le ofreció tomar las riendas de la maison tras el fulminante despido de John Galliano. Una anécdota que suena a justicia divina si tenemos en cuenta que, en 1957, cuando el tunecino llegó a París, consiguió entrar en el taller de la mítica casa francesa (entonces en manos de un jovencísimo Yves Saint Laurent), pero fue despedido por no tener los papeles en regla.

«El tiempo es muy importante. Por eso si una colección no está terminada, sencillamente aplazo la presentación. No quiero ser esclavo del sistema», explica a S Moda. «¡Jamás lo seré!», asegura. «Es una decisión personal. He elegido ser libre. Lo que no significa que no trabaje. Todo lo contrario. Me esmero de sol a sombra. Pero en mi corazón sé que nadie me obliga», confiesa. «Es triste ver cómo algunos diseñadores ni siquiera tienen tiempo para vivir», denuncia. «Yo entiendo este oficio de un modo distinto al del resto de casas. Mi forma de crear se parece más al modelo antiguo, el de un couturier que coge las tijeras en su taller con su pequeño equipo de colaboradores», continúa. «¡Hoy hay tanta gente! No solo en el prêt-à-porter, también en alta costura, la estructura de las empresas ha crecido demasiado. La moda se ha deshumanizado», opina. «Yo hago lo contrario». Lo dice en una entrevista de sobremesa, concedida tras agasajar al equipo de esta revista con un copioso almuerzo en la cocina de su casa. «Para mí, este es el momento más importante del día. Me gusta reunir a todo el equipo en la mesa, para vernos y hablar. Además, comer rápido no es sano».

Dos vestidos de la colección Alaïa p-v 2017. Foto: José Manuel Ferrater

Dicen de él que no le interesa tener presencia comercial. Cierto es que no hace publicidad y sus tiendas tampoco tienen escaparate. Para amigos y compañeros de profesión como Alber Elbaz –que han censurado como los sueños, la intuición y la emoción de la costura ha muerto en favor del ruido–, Alaïa es lo más parecido a la resistencia. Por eso, muchos no entendieron que, en 2015, el artesano decidiera hacerse más accesible y lanzar su propio perfume con el mismo grupo que antes había popularizado los nombres de Elie Saab o Narciso Rodriguez. Para él era el paso más lógico. «Las fragancias están ligadas a la historia de la costura». Paul Poiret creó el primer parfum du couturier a principios del siglo XX . Y como él, Lanvin ideó Arpege (1927); Worth, Reviens (1932); y Patou, Joy (1935). «No lo hice antes, porque no estaba preparado», zanja.

«Hubo otros que vinieron a verme antes. Decían que habían diseñado una fórmula a mi medida, con notas orientales, pachuli, jazmín…», dice con una sonrisa. «¿Pachuli? ¡Por favor! Para mí, era lo contrario. Quería diseñar un perfume que recreara la frescura del agua mineral». El aroma del agua fría sobre la cal caliente de las paredes de las casas de su infancia en Túnez. El segundo, Eau de Parfum Blanche, habla del blanco, uno de sus grandes pilares. «Es luz, arquitectura y, sobre todo, rigor». Otros como Lagerfeld, «jamás han usado unas tijeras», comentó en 2011 el propio Alaïa. Él es uno de los pocos que cogen la aguja y el dedal para dar forma a las prendas que dibuja. Corta el patrón, da vida al tejido, hace las pruebas sobre la maniquí y cose todos y cada uno de los prototipos. Sus dedos delatan las horas de trabajo. Son manos de artesano, no de director. «La revolución textil es necesaria pero hay cosas que una máquina jamás podrá hacer. Solo se consiguen a mano», advierte. «En el interior de una prenda se puede reconocer la firma del modisto a través de la técnica». Él cincela obras de «escultura mórbida». En 2015, algunos de sus diseños se exhibieron en la Galería Borghese de Roma junto a joyas de Bernini. «No estudié moda, sino escultura». Como Madeleine Vionnet, la inventora del corte al bies, Alaïa no construye vestidos, sino que viste el cuerpo de la mujer. Linda Evangelista, Cindy Crawford… Él creó a las supermodelos en la década de los 80. Abrió su casa, literalmente, a modelos que entonces empezaban como Stephanie Seymour o Naomi Campbell. La diosa de ébano tenía 16 años cuando lo conoció. «Me dio mi propia habitación –todavía la tengo–. Y como mi madre no quería que saliera a discotecas; él no me dejaba salir», contó la inglesa al diario The Independent en 1998. «Naomi todavía le llama papá», apunta Caroline Fabre-Bazin, directora comercial y persona de confianza del modisto.

Azzedine Alaïa junto a dos modelos con vestidos de su colección de esta primavera, en la entrada de su boutique de Le Marais, en París. Foto: José Manuel Ferrater

Los padres de Azzedine Alaïa era recolectores de trigo. «Crecí con mi abuela». Sus primeros recuerdos de moda son memorias de paseos con una de sus tías. «Llevaba un abrigo rojo con el cuello de astracán», rememora en voz alta. «Empecé a trabajar durante las vacaciones, a tiempo parcial, para una costurera que compraba los patrones de las casas de alta costura de París». Dior, Balmain, Balenciaga… Cosió réplicas de los grandes para la burguesía tunecina hasta que consiguió realizar su sueño de trasladarse a la capital francesa. Instalado ya en Francia, pasó por Dior y Guy Laroche antes de que, en 1996, la familia Blegiers lo contrata como mayordomo y modisto. No solo vestía a la señora, también cocinaba y cuidaba a los niños. Fue la condesa Nicole Blegiers quien le presentó, entre otras amistades, a Cécile de Rothschield y Greta Garbo. Una codiciada lista de clientas con apellidos ilustres: Mitterand, Picasso… Ellas le enseñaron la lección más importante: lo que desea una mujer. «Cuando creo una prenda, pienso siempre en el cuerpo femenino. En cómo se sentirá ella. En la seducción. Porque nadie compra un vestido para abrigarse. Lo hace una para sentirse hermosa”, explica. “La frivolidad existe. De hecho, es una palabra bella. Pero detrás del ejercicio estético, hay mucho trabajo». En su taller, el tiempo parece haberse detenido. «La esencia es la misma que cuando empecé», afirma. ¿Cómo ve usted a las próximas generaciones? «No hay paciencia. Los jóvenes [que hacen stage en su estudio] no quieren permanecer demasiado tiempo en la misma empresa. Buscan inmediatez. Pero la paciencia es un valor. Si soy sincero, tampoco creo que haya muchos jóvenes con talento».

Retrato de Azzedine Alaïa junto a Elle McPherson, realizado por el fotógrafo Guilles Bensimon en 1986.

«Cuando Julian Schnabel viene a París, se instala aquí. Este es su taller», dice Alaïa. Además de varias pinturas del estadounidense, su colección privada incluye obras de Basquiat, Warhol, César y Prouvé). Como Elsa Schiaparelli, él tiene una habilidad especial para rodearse de talento. «No quiero vivir en una burbuja. La moda puede llegar a aburrir. Es necesario abrirse a otros ámbitos de la creación».

Célebres son las fiestas privadas que organiza durante la semana de la moda de París, a las que todos quieren ir y solo unos pocos están invitados: de Rihanna a Rei Kawakubo, pasando por Charlotte y Marc Newson, Lady Gaga, Peter Lindbergh, Mick Jagger o Kim Kardashian. También Blanca Li y Rossy de Palma. «Tengo ascendientes españoles por parte de padre», descubre. «De hecho, mi apellido es de origen español; viene de Alaya», razona. «Me fascina la cultura pictórica del país, de la que sin duda bebió Balenciaga», continúa. Curiosamente, su segundo perfume está inspirado en la Alhambra de Granada. «Me enamoré del espacio la primera vez que lo visité». Viajar es otra de sus pasiones. «Nunca me he sentido extranjero en ningún país». ¿Ni siquiera con Trump? «No es un presidente que vaya a cambiar mi manera de pensar ni de sentir».

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