Adiós a Jirka Reznak, patriarca de Grassy: la apasionante epopeya del joyero más sofisticado de Madrid

Vivió nómada por Europa hasta recalar en España. Acabaría dirigiendo junto a su suegro el negocio más emblemático de la Gran Vía.

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Jirka Reznak en los años sesenta.

Cuando el joven Jirka Reznak se encontró con Christiane Grassy en una estación de esquí de los Alpes a principios de los años cincuenta no podía imaginar que ambos acabarían viviendo en España y que juntos formarían la familia de joyeros más sofisticada de la capital. Jirka Reznak, presidente y patriarca de la emblemática joyería y relojería Grassy, falleció el pasado lunes a los 85 años en Madrid. Vital, inteligente, trabajador, políticamente incorrecto y de un enorme carisma, Reznak mantuvo hasta el final el ímpetu eslavo que le llevó a vivir una vida nómada (pero apasionante) por toda Europa hasta recalar en Madrid, donde acabaría dirigiendo junto a su suegro el negocio más emblemático de la Gran Vía: esa esquina circular obra del arquitecto Eladio Laredo Caranza inmortalizada por Antonio López (y por millones de turistas cada día) que se conoce como “edificio Grassy”. La historia de Reznak es la historia de Madrid y también la de Europa.

Nacido en Prostejov (Moravia, República Checa) en 1934, se incorporó en 1959, con tan solo 24 años, al negocio de Alexandre Grassy, un francés nacido en Argelia de origen italiano, concretamente de una familia de orfebres de Milán, que a principios del siglo XX había montado una tienda-taller en la calle Infantas de Madrid. Reznak conoció a la que sería su esposa cuando él tenía 18 años y ella 19. Se casaron cuatro años después. Descendiente de una familia de modestos sastres, él no hablaba ni francés ni inglés pero empujado por la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial primero y el avance de la Unión Soviética después había decidido abandonar su país de origen con destino a Francia.
Ya casado, se instaló junto a su esposa en París, concretamente en Saint Cloud, en los altos del Sena. Allí trabajó como mecánico de helicópteros y allí nacieron sus primeros dos hijos, Yann y Sandra. Los otros tres, Patricia, Yolanda y David, nacerían en Madrid. Aunque las relaciones con su suegro fueron tensas al principio, cuando Grassy amplió su negocio de relojes al número 1 de la Gran Vía madrileña, el joven checo se trasladó con su familia a la capital de España, donde viviría y trabajaría el resto de su vida.

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Jirka Reznak y Christine Grassy.

Bajo su batuta y la de su suegro, Grassy se convertiría en lo que es hoy: un rincón único y exquisito, un símbolo del gran Madrid. Jirka aprendió el oficio con tesón: observando y experimentando. Gracias a él, Grassy importó marcas como Piaget y Baume & Mercier y desarrolló el negocio al por mayor. En 1967 empezaría a distribuir relojes Rolex. En paralelo, Reznak descubre el mundo de las joyas, su gran pasión junto a los objets d’art, como candelabros estilo imperio o muebles franceses. Como recuerda su hija Patricia, directora creativa de Grassy, Jirka era un esteta al que “le encantaban las joyas”. Atraído por ellas, muy pronto empezó a desarrollar una serie de piezas talladas con piedras duras como jades, corales, lapislázuli, turquesas o malaquitas provenientes de pequeños talleres familiares de la Selva Negra. Mezcladas con oro, perlas y brillantes, estas nuevas piezas se convertirían en seña de identidad de Grassy. “Tenía muchísimo ojo para las piedras. Había salido de un pueblo pero era muy refinado. Hay un broche histórico de Grassy que a él le gustaba mucho. Estaba hecho con pétalos articulados. Él le contaba a las clientes que la flor se abría por el día y se cerraba por la noche”.

Guapo, alto y esquivo con las damas del régimen franquista que alimentaban su negocio, le gustaba organizar tómbolas y cocteles multitudinarios en la tienda de Gran Vía. Contrabata a modelos que vestidas de negro se paseaban por el espacio luciendo las joyas. Por la escalera de la tienda, la que lleva a su actual museo del Reloj Antiguo, se podían cruzar hasta 300 personas. Inquieto e imaginativo, también organizó una serie de exposiciones fundamentales para entender la futura dimensión de la marca. En 1982, las joyas de Dalí marcan un hito. Las trae desde Suiza, de la exposición Montres el merveilles del coleccionista y empresario Akram Oggeh. Ese lazo con la fantasía de los artistas, continuado por sus hijos, dotaría de personalidad propia a la joyería madrileña.

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El cuadro en el que Antonio López inmortalizó el edificio Grassy y la Gran Vía.

Pese a estar ya jubilado y con su hijo Yann al frente de la empresa, Jirka Reznak seguía de cerca el negocio familiar. “Nunca se callaba, intervenía y opinaba. Tenía mucho carácter”, recuerda su hija Patricia. Nunca rompió con sus orígenes. Sus vacaciones solían dividirse entre la casa de Biarritz de los Grassy y la de los suyos, mucho más humilde, en los bosques de Moravia. “Allí fuimos muy felices. Conocer esos dos mundos, tan distintos, nos hizo comprender muchas cosas”.

Días antes de fallecer, cuando sus hijos le enseñaron la tradicional felicitación Navideña que la joyería envía a sus mejores clientes —imaginativos ‘christmas’ de papel, cartón o, como este año, madera, que sus receptores atesoran con mimo— Jirka preguntó que cuántas se habían enviado y al enterarse de que por el alto coste solo eran 350 se quejó: “En mi época yo mandaba 15.000”.La felicitación, una delicada peonza diseñada por su nieto, el arquitecto Óscar Vélez Reznak, reproduce el edificio en torno al que había girado su vida, la torre de Grassy.

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