Adicciones bajo control

Más del 50% de las urgencias psiquiátricas de un hospital están asociadas al consumo de tóxicos, sobre todo de alcohol.

Camiseta drogas

Foto: Mirta Rojo

Urgencias: a un paciente con sobredosis de cocaína se le suministran anticuerpos que limpian su sangre y está fuera de peligro. Actuar cuando el daño está hecho es posible hoy, pero no es suficiente. Las últimas investigaciones centran sus esfuerzos en dar con las vacunas capaces de bloquear una droga antes de que llegue al cerebro. Desde hace varios años se habla de la puesta en marcha inminente de la vacuna contra el tabaquismo. Las esperanzas en NicVax, su nombre comercial, no han sido plenamente satisfactorias, pues según Nora Volkow, directora de National Institute of Drug Abuse (NIDA), sociedad que apoyó su desarrollo, «se ha visto que a medio plazo no se ha obtenido con ella el resultado esperado. Pero estamos desarrollando hoy otras vacunas contra el tabaquismo, la cocaína o la heroína».

Así, quienes quieran dejar de fumar, lo tendrán más fácil a finales de este año, previsiblemente, pues como apunta Iván Montoya, director Clínico de Farmacoterapia de NIDA, el antídoto contra la nicotina estará listo en esa fecha. Eso sí, su uso será terapéutico y no preventivo, de manera que se destinará únicamente a fumadores. Está compuesto por bacterias o virus a los que se asocian moléculas de la nicotina –u otra sustancia adictiva que se quiera combatir–, de modo que el organismo lucha contra la invasión generando anticuerpos que secuestran la sustancia adictiva en la sangre. Al evitar que las moléculas lleguen al cerebro, los fumadores no tendrán la sensación de placer al ingerir la nicotina, lo que causa la adicción.

¿Significa entonces que el remedio solo será factible para quienes están enganchados a algo? O, si somos optimistas, ¿que en unos años las adicciones habrán desaparecido gracias a la creación de vacunas? David Nutt, profesor de Neuropsicofarmacología del Imperial College de Londres y exasesor sobre drogas del Gobierno británico, cuenta en su libro Drugs Whithout The Hot Air que en 20 años podríamos asistir al desarrollo de agentes bloqueadores de los efectos de las drogas y de sustitutos de fármacos. Sin embargo, Ruben Baler, científico de NIDA, comenta: «Sería prematuro llegar a la conclusión de que las adicciones desaparecerán, pues en este momento el uso de una vacuna está limitado al tratamiento de sobredosis aguda y como coadyuvante para mejorar la eficacia de las terapias de adicción». Como medida de prevención, «es posible, pero su aplicación dependerá de factores no científicos, como cuál será el resultado del debate social y las implicaciones éticas y políticas», añade el científico.

Con la ética hemos topado. Porque prevención podría suponer vacunación en masa. Para Gonzalo Herradón, profesor de Farmacología de la Facultad de Farmacia de la Universidad CEU San Pablo, «nos vacunaríamos de forma similar a como lo hacemos contra virus o bacterias. Así prepararíamos nuestro sistema inmune para que genere anticuerpos específicos cuando detecte la entrada de la droga. A la vacuna también se le podrían añadir pequeñas moléculas estimuladoras de este mismo para generar los anticuerpos de forma eficiente; así, estos reconocerían la droga y bloquearían su entrada al cerebro, por lo que los efectos placenteros no se producirían». Si eliminamos el placer, eliminamos la ansiedad, el impulso al consumo.

¿Y dónde queda la posible voluntad de experimentar? Eva Inés, psiquiatra del Centro Terapéutico Gaztambide17 en Madrid, es tajante: «Salvo que restrinjamos la libertad individual a la nada, las adicciones seguirán existiendo. Hay muchas sustancias prohibidas que se siguen consumiendo. No se puede obligar a ningún adulto a tomar una medicación que no quiere, y no creo que lleguemos a un punto en el que los derechos fundamentales permitan hacerlo con impunidad. Hasta ahora las únicas medicaciones que se ponen sin consentimiento del individuo son las vacunas de los niños, que se aplican en enfermedades infectocontagiosas que pueden generar un problema de salud sobre receptores pasivos si no se administran universalmente. Es en los adictos en los que la investigación biológica encuentra el sentido».

Y este no es un segmento minoritario: más del 50% de las urgencias psiquiátricas de un hospital están asociadas al consumo de tóxicos, sobre todo de alcohol. Elena Sanz, jefa del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Quirón de Madrid, añade: «Las vacunas que se investigan están indicadas en el tratamiento de sujetos adictos con conciencia de enfermedad, y ellos mismos son quienes toman la decisión de renunciar al tóxico. ¿Hasta dónde puede llegar el antídoto? El adicto no es libre, no siente placer con el consumo y este deja de ser un gesto voluntario para convertirse en una necesidad».

La adicción tiene muchas caras y algunas, lamentablemente, están muy vistas: la Organización Mundial de la Salud cifra en 4.000.000 el número de muertes anuales ocasionadas por el tabaco; el alcohol, a su vez, no tiene nada de inofensivo, sino todo lo contrario: es la más dañina de las drogas, por delante de la heroína y del crack, según una nueva clasificación elaborada por un comité de expertos británico. David Nutt está llevando a cabo la posible sustitución del etanol de las bebidas alcohólicas por una alternativa más inofensiva en apariencia como la benzodiacepina (los ansiolíticos que tomamos habitualmente: Lexatin, Orfidal, Valium). «Estas nuevas bebidas no llevarían a la borrachera, producirían un achispamiento moderado que podría eliminarse al final de la noche con una píldora», explica Nutt.

Una afirmación, cuando menos, polémica. Según Gonzalo Herradón, «esta sustitución es hoy en día impensable por falta de seguridad en el medicamento de reemplazo. Las benzodiacepinas desarrollan tolerancia, por lo que con el paso del tiempo hay que ir incrementando la dosis; además, poseen otros efectos secundarios similares a los del etanol, como generar dependencia, aunque menos tóxica. Pero se está trabajando en nuevas benzodiacepinas donde estos inconvenientes se encuentren disminuidos».

Fármacos sustitutivos, por un lado; vacunas, por otro. «Pero más allá de las vacunas más avanzadas contra la cocaína y la nicotina, la vacuna contra la metanfetamina tiene prioridad, ya que no existe medicación para tratar la adicción a este psicoestimulante, al igual que se trabaja en pro de la vacuna antiheroína», completa Herradón. Esta, que será aplicada en adictos graves, acaba de ser patentada por científicos mexicanos, probada en ratones y, en breve, en humanos. Pero, como añade Elena Sanz, «sería útil poder identificar de forma precoz qué sujetos son los susceptibles de desarrollar una enfermedad para decidir qué estrategia de vacunación es la adecuada».

Entra en juego el código genético: paciente adicto por naturaleza, paciente vacunado. «Sobre el papel suena bien», dice José María Ordovás, director del laboratorio de Nutrición y Genómica en USDA-Human Nutrition Research Center on Aging en la Universidad de Tufts, Boston. «Pero estamos jugando con la inmunología en procesos no infecciosos, que además de las drogas pueden incapacitar al sujeto para llevar a cabo reacciones necesarias en un momento determinado». Y plantea nuevas preguntas: «¿Qué pasaría si se necesita consumir determinada droga por razones terapéuticas y se está vacunado desde la niñez contra la misma? ¿Y con el uso de los anestésicos? ¿Con los efectos beneficiosos del consumo moderado de alcohol? Creo que es más apropiado incidir en el ambiente que en los genes, que no son determinantes en el consumo de drogas, a pesar de que predispongan. Especialmente porque podríamos abrir una caja de pandora que seríamos incapaces de cerrar».

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