Mismos filtros, misma ropa y misma perfección ficticia: cómo Instagram mató a la ‘it girl’

Ese halo inexplicable que convertía a una chica cualquiera en una 'chica it' ha sido borrado por los mismos filtros que eliminan las imperfecciones del rostro.

It girl Instagram

Jane Birkin en los años 60. Foto: Getty

La it girl ha muerto. Uno de los anglicismos más repetidos en las revistas de moda a principios de siglo ha quedado totalmente aniquilado por la cultura digital y sustituido por otros términos importados. Etiquetas como influencer o instagramer le han ganado la partida y, aunque a veces se usen como sinónimos, poco tienen que ver con lo que antes englobaba el concepto. Ese halo inexplicable que convertía a una chica cualquiera en una ‘chica it’ ha sido borrado por los mismos filtros de Instagram que eliminan las imperfecciones del rostro unificando pieles e identidades.

En un artículo de la revista Dazed que analiza esta extinción de la it girl tras la aparición y el uso masivo de las redes sociales, el periodista Ethan Price arroja luz sobre el asunto: «Si bien la it girl no tenía la intención de convertirse en tal cosa y fueron los demás quienes le dieron el título, la influencer se esfuerza en serlo con la ambición de obtener los beneficios sociales y económicos de ese estatus y hace todo lo necesario para lograrlo, a menudo simplemente copiando lo que les ha funcionado a otras reinas de Instagram». Basta el siguiente ejemplo para entender la diferencia: mientras que a Jane Birkin, actriz e icono de estilo, se le ocurrió utilizar la clásica cesta de mimbre de la compra a modo de bolso durante los 70, ahora las egoblogueras de moda recuperan la ocurrencia uniformando no solo sus estilismos, sino también el muro de aquellos que las siguen en Instagram. «Copiar a otros para lograr el mismo éxito que ellos es poco cool por definición. Ahora, todo el mundo puede parecer una it girl, pero en realidad nadie lo es», escribe Price.

Jane Birkin adelantándose al furor de las cestas en Instagram. Foto: Getty / Instagram

El abismo que separa ambas etiquetas va más allá de la propia moda. Las genuinas it girls no solo generaban fascinación por lo que llevaban puesto, sino por protagonizar experiencias trepidantes –buenas y malas, pero trepidantes– con las que sus admiradores solo podían soñar. Sus vidas distaban mucho de la falsa perfección que cotiza al alza en Instagram, pero por eso mismo resultaban emocionantes, auténticas y capaces de despertar tanta intriga como envidia. Anita Pallenberg, por ejemplo, considerada icono de estilo de una época, no solo servía de inspiración para combinar vestidos boho, abrigos de pelo y minivestido con botas y cinturón, sino que generaba auténtica fascinación por su relación con los Rolling Stones, el sexo, las drogas y el rock and roll. Una imagen en las antípodas de la ordenada vida de la influencer, que vive en un perfecto apartamento de algún barrio gentrificado, cuida su alimentación hasta la extenuación y jamás se acostaría borracha a las siete de la mañana, hora a la que se levanta religiosamente para cumplir su rutina de ejercicio. Claro que las cosas han cambiado mucho y que quizá ahora el propio Instagram censuraría las juergas de Pallenberg (quizá ni siquiera las podría disfrutar, ensimismada por retransmitirlas en Stories), pero es innegable que producirían más curiosidad que la receta de la perfecta tostada con aguacate.

Anita Pallenberg sirvió de inspiración estética a la mismísima Kate Moss. Foto: Getty

El papel que ambas figuras ejercen en su relación con los medios es también diferenciador. Mientras que Paris Hilton, Chloë Sevigny o Nicole Richie eran perseguidas en los 2000 por los paparrazzi, en el caso de las instagramers son ellas mismas las que narran sus rutinas a tiempo real y con una precisión descriptiva que ni Azorín. No es necesario pillarlas en las calles de Nueva York o París porque ellas mismas cuelgan el selfie o el #ootd (outfit of the day o look del día) de turno con geolocalización incluida. Eso las hace más cercanas a sus seguidores, pero no es cierto que las haga más humanas. ¿Cómo podrían parecerlo con el filtro de orejas de gato puesto?

Chloë Sevigny, ‘it girl’ por excelencia. Foto: Getty

Como la periodista Jia Torentino escribe en The New Yorker, los filtros han contribuido a crear una sola cara, «un tipo de rostro cyborgiano que comparte rasgos comunes: juventud, piel sin poros, pómulos altos y marcados, ojos de gato con pestañas largas y caricaturescas, nariz pequeña y labios carnosos y exuberantes». Ni siquiera es ya necesario el Photoshop con el que tradicionalmente se han retocado las fotos de las celebridades, ahora un efecto digital es capaz de lograr en segundos un físico que responde a los nuevos cánones de belleza surgidos en Internet y que termina por uniformar a quienes los usan. Se complica por tanto tener ese factor ‘it’ que dirían los anglosajones o ese je ne sais quoi tan popular entre los frances cuando lo diferente y genuino se atenua hasta desaparecer. Porque, paradójicamente, en un momento en el que la diversidad se reivindica más que nunca, se sigue apelando a la homogeneidad impostada.

En este nuevo escenario también existen figuras a medio camino entre ambas realidades, mujeres que hace unos años fueron tildadas de it girls y que ahora se van reinventando como influencers –entre otros papeles, claro– mediante el uso de Instagram. Alexa Chung o Olivia Palermo podrían servir de ejemplos, aunque ninguna hace un uso de las redes sociales tan milimétrico y estereotipado como las nativas digitales. Igual que ellas, eso sí, ya no acuden a las semanas de la moda con estilismos propios sino vestidas de arriba abajo por la marca anfitriona. Así la firma se asegura una buena visibilidad de sus prendas en redes sociales. Solo una prueba más de cómo Instagram mató para siempre a la it girl.

Olivia Palermo, vestida de Valentino, antes de uno de sus desfiles. Foto: Getty

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