Hiyab en la pasarela occidental: ¿diversidad cultural o estrategia para vender?

Las marcas ‘mainstream’ se apropian de los códigos de la moda musulmana. ¿Quieren abrirse a la diversidad o al inmenso mercado que la acompaña? Tres especialistas aportan sus opiniones.

Hiyab en la pasarela occidental: ¿diversidad cultural o estrategia para vender?

Halima Aden con vestido, joyas y turbante de Melinda Looi fotografiada por Sebastian Kim. Imagen parte de la 'Exposición Contemporary Muslim Fashions' (Cooper Hewitt, Smithsonian Design Museum, desde febrero hasta agosto de 2020).

Jill d’Alessandro. La conservadora de arte textil de los Museos de Bellas Artes de San Francisco, comisaria de la reciente exposición Contemporary Muslim Fashions, considera que la presencia de prendas emparentadas con el velo islámico en algunas colecciones recientes se puede atribuir «al gran poder adquisitivo de las mujeres musulmanas» en Oriente Medio y otros lugares del mundo, «sumado a la emergencia de una consumidora milénica y empoderada» de esa misma confesión. «Las marcas globales empiezan a reconocer el volumen adquirido por la moda modesta», apunta D’Alessandro, utilizando una palabra traducible por «decorosa» o «recatada», que sirve para denominar un nicho de mercado cada vez menos marginal. Las fashion weeks dedicadas a la moda musulmana se reproducen en ciudades como Dubái, Yakarta o Riad, la capital de Arabia Saudí, donde un diseñador estelar como Jean-Paul Gaultier accedió a desfilar en 2018. «No se trata solo de una decisión monetaria. Vivimos en una sociedad global donde el islam es la religión que crece a mayor velocidad. A lo largo de la historia, la moda ha ido cambiando según las necesidades sociales. Eso es lo que sucede hoy con la expansión de este tipo de opciones», analiza esta historiadora de la moda.

Su exposición, que se ha podido ver en San Francisco y Frankfurt a lo largo de este año, antes de desembarcar en Nueva York durante la primavera de 2020, refleja la diversidad de esa moda compatible con los códigos musulmanes. «La interpretación de lo decoroso es cambiante y tiene matices en una comunidad que cuenta con 1.500 millones de creyentes en el mundo», responde D’Alessandro. Para la historiadora, las blogueras e instagramers de confesión musulmana han sido pioneras a la hora de reclamar productos adaptados a su forma de vestir a las marcas de lujo y a las revistas de moda. «Abrieron sus blogs porque sentían que los medios de comunicación existentes carecían de diversidad. Hoy comparten su estilo personal en Internet y llaman la atención sobre preocupaciones sociales, de la desigualdad racial al empoderamiento femenino», señala la experta.

Modelo de la colección de 2014 de la diseñadora Faiza Bouguessa, perteneciente a la exposición ‘Contemporary Muslim Fashions’, que se podrá ver en Nueva York durante la primavera de 2020.

Lisa Vogl. La diseñadora estadounidense se convirtió al islam en 2011, después de haber trabajado como profesora de inglés en Marruecos. Cuatro años después, creaba Verona Collection, una firma para mujeres musulmanas que cuenta con un espacio propio en los grandes almacenes Macy’s desde el año pasado. «No creo que esta industria sea nueva. Es solo que las firmas mainstream y los medios de comunicación han entendido la importancia de un mercado que mueve 250.000 millones de dólares anuales», afirma Vogl. Y, según los pronósticos más optimistas, esa cifra podría duplicarse en solo dos años. En consecuencia, los grandes grupos no tardan en mover ficha. «Las marcas que no han logrado adaptarse han vivido un bajón drástico de ventas o, en el peor de los casos, han tenido que abandonar el negocio. Lo inclusivo no es solo la opción correcta, sino que tiene sentido a nivel de mercado», argumenta Vogl, que saluda que marcas como Nike o Banana Republic hayan lanzado colecciones de hiyabs para consumidoras musulmanas. «Ya sea por motivos financieros o porque quieren que la moda sea más inclusiva, es increíble ver a los musulmanes mejor representados», opina Vogl.

Pese a todo, la diseñadora pone en guardia a las firmas que actúan por mero oportunismo. «Resulta obvio cuando la motivación de una marca es solo financiera. Algunas han lanzado velos islámicos sin respetar la forma de vestirlo adecuadamente», denuncia Vogl. «El consumidor musulmán es más listo de lo que se cree. Nuestra comunidad sabe ver si una marca ha intentado mercantilizar un símbolo religioso. Es necesario que estas marcas busquen un mínimo asesoramiento si quieren lograr nuestro apoyo total y evitar reacciones negativas». Vogl cree que el trabajo de todo modisto siempre transmite un mensaje e insta a actuar con responsabilidad. «La misión social de nuestra firma es dar confianza a las mujeres y hacer que se sientan orgullosas de su identidad, especialmente en el actual clima político», afirma la diseñadora, que cuenta con 650.000 seguidores en Facebook y 120.000 en Instagram.

La modelo somalí Ugbad Abdi con look de Miu Miu durante el desfile que se celebró el pasado junio en Pitti Uomo. Abdi pertenece a esa nueva generación de modelos que desfila con la cabeza cubierta, respetando sus creencias. Foto: Getty

Marwa Biltagi. Esta influencer de origen palestino e irlandés, conocida en las redes como Mademoiselle Meme, cuenta en su vestuario tantas chaquetas americanas como abayas. Y alterna prendas de marcas como Gucci o Marc Jacobs, quien cubrió de pañuelos las cabezas de todas sus modelos de su colección primaveral de 2018, con diseñadoras de Oriente Medio como Madiyah Al Sharqi o Mariam Al Sibai. Para Biltagi, las redes sociales han tenido un rol fundamental en la expansión de esta moda compatible con el islam. «Han dado espacio a una mayor representación de distintos ideales de belleza. Por fin se ha observado el velo islámico como una prenda de moda y no solo como un símbolo religioso», considera la bloguera. «El #MeToo tuvo que ver con eso, pero la presencia de influencers que lucían el velo en las semanas de la moda y tenían un seguimiento fuerte en Internet ya empezó a cambiar las cosas hacia 2014».

Desde ese año, firmas como Dolce & Gabbana, Tommy Hilfiger, Oscar de la Renta o DKNY crearon colecciones específicas para el Ramadán. A la vez, un gigante del retail como la cadena japonesa Uniqlo se asoció en 2015 con la diseñadora Hana Tajima, anglojaponesa convertida al islam, para desarrollar prendas aptas para la consumidora musulmana. Biltagi saluda esa apertura, pero alerta contra el peligro de la apropiación cultural. «No siempre se tiene en cuenta lo que queremos ni se presentan las prendas de manera no ofensiva», considera la influencer. «Por ejemplo, el velo islámico requiere un contexto. De lo contrario, puede parecer una erotización de una prenda que muchos consideran religiosa», señala Biltagi, denunciando que algunas colecciones recientes parecían dirigidas a llamar la atención más que a provocar un cambio real.

«El acoso y las dificultades a las que se enfrentan las musulmanas que llevan el velo es ignorado cuando la moda lo utiliza como un simple accesorio o disfraz. Ese pedazo de tela viene cargado de prejuicios sociales. Biltagi, en una referencia velada a la portada de Kaia Gerber en el último Vogue británico, donde aparece con la cabeza cubierta por un fular de reminiscencias islámicas, se pregunta hasta dónde debe llegar esa glamurización y cómo debe ser interpretada. «La moda de Occidente se está apropiando de una prenda perteneciente a un grupo discriminado y marginado por la propia cultura y sociedad occidentales», concluye. El debate sigue abierto.

Cada vez son más las influencers musulmanas que demuestran que es posible seguir las tendencias y respetar los códigos religiosos. Foto: Getty

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