‘Cultura de la violación’: cuatro estrategias para frenarla

Una sociedad que produce abusadores debería preguntarse qué mecanismos, prácticas, ideologías o instituciones los nutren; en vez de cuestionar o culpabilizar a las víctimas.

violacion

Portada de la guía de consentimiento sexual de Shaina Joy Machlus (Vergara).

La lingüista, escritora y filósofa estadounidense Julia Penelope (1941-2013), que fue expulsada de algunas universidades por su condición de lesbiana, ideó un ejemplo perfecto para demostrar el poder del lenguaje en la cultura patriarcal y su modus operandi respecto a la violencia de género. Si decimos “John pegó a Mary”, construimos una frase con sujeto, verbo y complemento indirecto. También podemos señalar, en pasiva, que “Mary fue golpeada por John”, con lo que el antiguo sujeto está ahora al final de la frase, casi saliendo de ella. “Mary fue golpeada”, elimina ya por completo a John; y, “Mary fue maltratada”, difumina sus actos, que son ahora menos claros. Por fin, la sentencia “Mary es una mujer maltratada”, convierte al maltrato en una cualidad de Mary, como una enfermedad, de la que no se sabe la causa, porque ésta se ha borrado hace tiempo de la frase.

El término ‘cultura de la violación’ es bastante nuevo y se creó para describir las formas en las que la sociedad culpa a las víctimas y ‘normaliza’ la violencia sexual. La manera en que se admite, traga, silencia o se mira para otro lado en casos de abusos sexuales a mujeres o niños, sin denunciarlos o minimizándolos. Estos últimos meses hemos asistido a bastantes casos de esto dentro de la Iglesia católica, pero la estrategia se extiende a otros ámbitos como el deporte o el ejército. Todo lo que ocurría en el mundo del cine antes del fenómeno Me Too, era otro ejemplo de sociedad que, más que tratar de denunciar y erradicar los abusos, se ha acostumbrado a convivir con ellos.

La escritora Emile Buchwald en su libro Transforming a Rape Culture (1993), cuenta cómo se crea la cultura de la violación normalizando la violencia sexual, y como, a través de un complejo sistema de creencias, se permite que los hombres cometan agresiones. Cómo cierta violencia se ve como sexy y cómo la sexualidad se confunde con algo muy cercano a la violencia. En este contexto, tanto hombres como mujeres, asumen que la agresión es algo inherente a la vida y, por lo tanto, inevitable. La cultura de la violación, comprende, según Buchwald, la televisión, las bromas, los anuncios publicitarios, las leyes, el mundo laboral o cierta pornografía. La cultura de la violación es una especie de terrorismo que planea sobre la vida de las mujeres.

1. Educar en el consentimiento

De este terrorismo habla también Shaina Joy Machlus en su libro de reciente publicación La palabra más sexy es sí (Vergara), que pretende ser una guía de consentimiento sexual. Aunque vive en Barcelona, Machlus nació en Nueva Jersey y conoció a fondo la comunidad queer.

“Un ejemplo claro de la cultura de la violación es la historia de la Bella y la Bestia”, argumenta, “que nos venden como un cuento para niños, en el que la moraleja es que el hombre es una bestia, de manera que toda violencia es excusable. Pero si la mujer aguanta el abuso durante el tiempo necesario y hace todo lo que esté a su alcance para curarlo, un día cambiará. Ella debe redimirlo y esto no es un reguetón ni un video porno, es un cuento francés hecho para enseñar a los niños lo que es el amor”.

La idea de hacer este libro surgió cuando la autora reparó en que no hay mucho escrito sobre el tema en castellano. “En inglés hay ya mucha literatura sobre consentimiento. Un concepto que nace y se desarrolla en las comunidades marginadas: BDSM, LGTBIQ, parejas liberales, poliamor. Pero también entre emigrantes, mujeres negras y otros grupos marginales”.

El consentimiento de esta autora va más allá del plano sexual para abarcar todos los aspectos de la vida. Por ejemplo, cuando un niño no quiere dar un beso a alguien y los padres le obligan a hacerlo. “Es una forma de acostumbrarnos desde pequeños a admitir que vivimos en una sociedad en la que no siempre somos dueños de nuestros cuerpos. Y la única forma de cambiar eso es con la educación”, apunta Shaina.

2. Ellos son imprescindibles para desmantelar esta dinámica

“El término ‘violencia de género’ hace, automáticamente, que el asunto recaiga sobre las mujeres y que sea visto como un problema femenino, en el que los hombres han sido borrados de la conversación”, argumentaba en una charla TED Jackson Katz, educador, cineasta y autor estadounidense. Katz ha creado un programa educativo y de prevención de la violencia contra las mujeres titulado Mentores en la Prevención de la Violencia, que es utilizado por los militares de Estados Unidos y varias organizaciones deportivas.

Según Jackson, “nos hacemos muchas preguntas sobre por qué algunas mujeres acaban con este tipo de hombres (maltratadores), por qué vuelven con ellos, qué es lo que les atrae de estos personajes o qué hacía una chica bebiendo con un grupo de hombres en una habitación de hotel. Pero hacernos preguntas sobre las mujeres no va a hacer que adelantemos nada en la prevención de la violencia sexual porque las preguntas deben ser sobre los hombres. Debemos cuestionarnos por qué John pegó a Mary, por qué hay tantos hombres adultos que siguen abusando de mujeres y menores, por qué hay tantas instituciones en nuestra sociedad que están ayudando a crear abusadores”.

En su charla, Katz pone el énfasis en el papel del hombre a la hora de cambiar esta situación y habla de lo que Penn State llama ‘el enfoque del espectador’. “En vez de ver a hombres como perpetradores y mujeres como víctimas; en vez de verlo en forma binaria, hablemos de espectadores, de los que no son ni los damnificados ni los agresores. Aquellos que no están directamente relacionados con el abuso pero han callado hasta ahora”. Lo que propone este educador es que el género masculino tome partido en el día a día y, de la misma manera que si escuchamos a alguien hacer un comentario racista le manifestamos nuestro disgusto por su conducta, hagamos lo mismo con actitudes que ironizan, disculpan o buscan excusas para el abuso sexual. “Martin Luther King dijo: ‘al final lo que perjudica más no son las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos’. Y ha habido mucho silencio en torno a esta tragedia. Es necesario que la gente se posicione, especialmente los hombres con poder y liderazgo”, sentencia Jackson.

3. Agredir no es sinónimo de poder

Victoria Noguerol es psicóloga clínica y directora del Centro Noguerol, en Madrid, especializado en el tratamiento de víctimas y agresores en todo tipo de maltrato. Según esta psicóloga, “no existe un perfil único del maltratador sexual, pero se suelen compartir algunos rasgos como baja resistencia a la frustración, escaso control de los impulsos, conducta adictiva y poca habilidad para la empatía”. ¿Hay detrás de algunos casos de maltrato sexual una cierta incapacidad para entender los códigos del consentimiento sexual?, “Puede que en algunos abusos pero, ciertamente, en las violaciones no; aunque los agresores traten de justificarse de la mejor manera posible. Lo cierto es que el sexo no es el fin último de la agresión, sino el poder. Se utiliza el pretexto del sexo pero el objetivo es dominar”.

Según Noguerol, “el maltratador cuenta con una cierta complacencia social, que acentúan algunos estereotipos aún vigentes como que a las mujeres les gustan los chicos malos, o la permanencia de los roles masculinos y femeninos (él es el que debe acercarse e insistir hasta conseguir conquistarla). El grupo puede ser también un factor que anime a determinadas conductas, especialmente si uno es joven, cuando la influencia de los amigos es muy grande”.

Del total de maltratadores sexuales, el 86% son hombres y el 14% mujeres (ellas lo hacen, sobre todo, con alguien sobre el que tengan una posición de poder). “El hecho de que cada vez haya más casos de este tipo de agresiones no quiere decir, necesariamente, que hayan aumentado, sino que se denuncian más. En cuanto a las consecuencias y secuelas, los hombres que han sido abusados tienden más a externalizar su rabia; mientras que las mujeres son más proclives a conductas autodestructivas, depresiones y hasta suicidios. En parte porque, en el fondo, se sienten culpables”.

4. Legislar a favor de las víctimas

Sentencias como la de La Manada, han avivado el debate del machismo en la justicia o de la necesidad de cambiar ciertas leyes. En opinión de Manuela Torres Calzada, abogada especializada en violencias machistas, delitos sexuales y violencia de género; además de vocal de la Asociación de Mujeres Juristas Themis, “las distorsiones en el funcionamiento de la justicia es lo que más se ve y causa alarma, y hay que denunciarlas, como hizo nuestra asociación con el juez del voto particular de La Manada, Ricardo González, por injuriar a la víctima. Pero no hay que pensar que siempre se obra así. Dicho esto, creemos que así como hay jueces especializados en lo mercantil, debería haberlos también en género”.

A pesar del hecho vergonzoso de la prescripción de los delitos sexuales o de sentencias que saltan todas las alarmas, Torres defiende que la persona que haya sufrido violencia sexual debe denunciar siempre. “Primero, porque psicológicamente es mejor para ella, como se ha comprobado. Pero además, porque puede ser un método de protección, ya que es muy raro que el acosador cometa más delitos mientras está pendiente de un juicio, con lo que así protege a eventuales víctimas. Otra buena noticia es que en muchos casos de agresiones sexuales, en los que normalmente no hay testigos directos, la declaración de la víctima puede ser tenida en cuenta como única prueba de cargo. Y yo puedo decir que en un 80% de los casos que he llevado de este tipo se ha acabado condenado al acusado”.

En cuanto a reformas necesarias, por no decir urgentes, a la hora de juzgar estos abusos, Torres cree que “la carga de probar si hubo o no consentimiento, que es donde está el meollo del asunto debería recaer en el acusado (que debería probar que sí hubo), en vez de en la víctima (que debe demostrar que no), que es lo que pasa ahora. Nosotras más que por el “no es no”, abogamos por el “sí es sí”. Solo cuando se da la aprobación es algo consentido, ya que a veces decir no es complicado, si una está en estado de shock”. Hay también que acabar, en opinión de Torres, con la diferencia entre abuso (sin consentimiento pero cuando no hay violencia) y agresión (donde ha habido violencia física e intimidación). Crear un único término y que las penas dependan de la gravedad de los hechos, además de otros factores.

“Habría que eliminar también la denuncia previa (es obligatorio la denuncia de la víctima o su representante para inculpar al agresor) y la prescripción de los delitos sexuales. A día de hoy, y desde que el agredido/a alcanza la mayoría de edad, el tiempo de prescripción (dependiendo de la gravedad del delito) va de los 5 años a los 15, como mucho. Lo que deja fuera a muchos que han sufrido abusos siendo menores y han necesitado todo un proceso para sobrevivir, recomponerse y reunir el valor para denunciarlo. Pero entonces es ya demasiado tarde”.

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