Punto de vista

El perfume

Podría trazar la línea de mi vida de perfume en perfume como una buena monógama en serie. Podría trazar la vida de la gente cercana de la misma manera.

Sofia Ruiz de Velasco

En Japón se considera de mala educación utilizar perfumes fuertes. En Japón me odiarían. Nada me gusta más que dejar un rastro de olor particular, concretísimo. En estos momentos apuro un frasco de un perfume creado por Jean-Claude Ellena que suele recibir muchos cumplidos. Podría trazar la línea de mi vida de perfume en perfume como una buena monógama en serie. Podría trazar la vida de la gente cercana de la misma manera. Podría incluso trazar la vida sociológica de este país a través de Chanel nº5, Eau de Rochas, Aire de Loewe, Rive Gauche y L’eau D’Issey hasta llegar a Bal d’Afrique y rezagado Santal 33.

Mi fe en el poder del olor no es nueva. Aún en la adolescencia descubrí en el cuarto de baño de un proyecto de novio un bote de Nivea Azul que deduje era de su madre. Empecé a usar por mi cuenta la mítica crema cada día porque por alguna extraña conexión freudiana pensé que podía ser eficaz. Lo fue.

Hace un año pocos habíamos oído hablar de la anosmia. La pérdida de olfato era casi una leyenda urbana. Aquel amigo de un amigo que resbaló en la bañera, perdió la capacidad de oler y un día comió una lata de anchoas caducada sin enterarse. O aquel que perdió a la vez el gusto y no pudo volver a comer merluza rebozada porque la textura, sin el sabor, le parecía repugnante. Quizá fuera la misma persona. En fin, antes no hablábamos de los contratiempos de perder el olfato, de la conexión esencial del olor con el disfrute de la vida. No hablábamos del placer de percibir el salitre, o el humo de una brasa de sarmientos, o el aroma de la cafetera justo cuando empieza a hervir y te avisa de que el café ya está hecho antes de oír los borbotones. Tampoco de los peligros de no poder oler esa misma cafetera ardiendo o no percibir comida en mal estado.

Un 80% de las personas que padecen covid sufren también anosmia, por eso el olfato ha pasado de pronto de ser un sentido sutil y relativamente poco jaleado a ocupar nuestras conversaciones: ¿Qué parte del gusto procede del olfato?, ¿se recupera?, ¿cómo?, ¿qué olor es el que más echas de menos? Durante el confinamiento estricto las ventas de perfumes cayeron y se recuperaron a medida que nos abrieron las puertas: poca gente se perfuma para quedarse en casa. La evidencia demostró que nos perfumamos para los demás, pero no por epatar o dejar huella (o no solo), sino porque una vez nos acostumbramos a una fragancia somos casi incapaces de percibir su olor. La nariz es vaga. Su función es alertar de un peligro o de una recompensa, detectar olores nuevos, intensos, así que si se acostumbra a un aroma deja de olerlo. Next.

Nos pareció interesante centrar este número de mayo en el olfato. En su pérdida, en su recuperación, en su simbología, en la industria del perfume y en las fragancias legendarias. También, y sobre todo, en aquellos aromas indescriptibles como el del amor, para el que pedimos que nos contaran a qué olía a tres parejas de actores: Itsaso Arana y Miki Esparbé, Bruna Cusí y Ricardo Gómez y Carol Rovira y Paula Usero. También quisimos adentrarnos en el olor a espíritu adolescente: nuestra portada se titula «Esencia de juventud» y la protagoniza Francesca Scorsese. La hija del célebre director de Hollywood habla de jugar con Leonardo DiCaprio, celebrar la Nochevieja con Fran Lebowitz o pedirle consejo a Robert de Niro sobre los guiones de sus trabajos. Habla también de convivir con su madre enferma de Parkinson, de sus inseguridades, de la inocencia de rodar algo grande por primera vez y de la ilusión de dirigir su propio proyecto. A estas geniales contradicciones huele la juventud. A estas contradicciones y a un poco de crema hidratante.

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