La influencia del color en la carrera de estos artistas

Diecinueve artistas y creativos (que ‘pintan’ mucho en la actualidad) desvelan el tono que predomina en su vida.

La influencia del color en la carrera de estos artistas

De izda. a dcha., Álvaro Naive, Pol Jiménez, Manuela Vellés, Cristina Manjón, Alba Flores, Maxi Iglesias y Ángela Cremonte. Estilismo: Francesca Rinciari y Paula Delgado. Foto: Rosa Copado

Ciertamente, el color es algo consustancial a toda actividad creativa. De hecho, lo es tanto, que resulta del todo imposible considerar una manifestación artística sin prestar especial atención a su colorido, ni siquiera a una sola y aunque esta sea en blanco y negro. Sencillamente, porque incluso cuando los artistas conciben su obra bajo este binomio, o en grises, el proceso inventivo y la imagen resultante se hallan inexorablemente en el contexto de lo cromático, uno y otra sometidos al influjo del color.

Por otra parte, todavía existe un número considerable de profesionales del mundo de las bellas artes que, sin duda debido a la formación académica que recibieron —hace ya mucho tiempo obsoleta—, continúan opinando que el blanco, el negro y el gris no son colores. Pero lo cierto es que, aunque «acromáticas o neutras» desde el punto de vista científico de la coloración, estas sugerencias elementales sí lo son igual que lo son las principales sugerencias tonales (las del rojo, el amarillo, el verde y el azul).

De hecho, al mencionar el pigmento estamos refiriéndonos a la primera y más esencial de las tres modalidades visuales básicas (el color, la forma y el movimiento). Porque solemos referimos a este como una característica de los objetos y de los espacios, o como la peculiaridad predominante en una luz, o como un recurso de comunicación (tanto natural como social), pero la esencia del color que más nos interesa es la perceptiva. Los mejores artistas y diseñadores —es decir, quienes han sabido servirse óptimamente de los recursos técnicos y conceptuales de su trabajo como de su experiencia de la vida— son bien conscientes de este conocimiento. Podemos pensar en el intenso verde manzana o el rosa Pompadour de aquellos jarrones del rococó de Sèvres, o en los brillantes y vivos azules, rojos y verdes de las fachadas del Centro Pompidou, o en las espectaculares luces que iluminan multitud de escenarios, escaparates y calles, o en los códigos cromáticos de los diversos sistemas de señales, pero la definición del color llega a su máximo significado al considerarlo como una percepción.

En ocasiones, su importancia en el pensamiento imaginativo alcanza niveles realmente sorprendentes en cualquiera de los diversos ámbitos de actividad. Son bien conocidos los casos de ciertos tonos especificados y patentados por sus inventores. De entre ellos, podemos destacar como ejemplos significativos, el «IKB» (International Klein Blue) de Yves Klein y el «Shocking pink» de Elsa Schiaparelli.

De izda. a dcha., Pablo Thecuadro, Ángela Huete, Sansano Nasnas, Javier Giner, Marta Canales de Vega y Carlota Guerrero. Foto: Rosa Copado

No hay campo que se le resista

No existe ni una sola región del extenso mundo de la creatividad que permanezca ajena a la influencia del color. Aun cuando dirigimos nuestra atención a las actividades no visuales, este está más presente en sus procesos y resultados de lo que podría imaginarse «a simple vista». Recordemos que se habla de este concepto incluso en otros campos que tradicionalmente han venido siendo considerados aparte de los propios de las artes visuales. En la música, por ejemplo, tenemos los casos del color orquestal y el color tímbrico.

El primero, característico de las interpretaciones de la Wiener Philharmoniker, es muy diferente al que desarrolla la New York Philharmonic; no poseen el mismo «color». Y lo mismo sucede con el tímbrico. No es solo que el color de un barítono y el de una contralto sean distintos; se trata, además, de que el de la voz de una soprano es más claro que el de una mezzosoprano. ¡El color de la voz de Adele es tan distinto al de Mariah Carey! Todo esto lo tiene en cuenta, especialmente, tanto quien compone una ópera como quien lo hace para la partitura de una película. En particular, porque en ambos casos la «coloratura» de la atmósfera orquestal o de la provocada por un timbre, o por varios, influye de manera determinante en la gestación de cualquier ambientación visual, ya sea de las artes escénicas, de las cinematográficas o de las decorativas.

Tampoco debemos olvidarnos de la importancia de los tonos en un territorio tan influyente como el de la moda. ¿Qué diseñadora o diseñador no considera esta herramienta como algo fundamental en su evolución creativa? Precisamente en este campo del diseño, las tonalidades son el centro de toda una cultura emocional y de un conjunto de lenguajes expresivos y de comunicación de sentimientos a través de la elección de cómo vestirse. La gente se muestra a sí misma poniéndose y escogiendo unos tintes concretos. Si el diseño, en general, recurre al color para comunicar (como el arte lo hace para expresar), los creadores de moda lo hacen más aún para transmitir o exteriorizar emociones que, sin duda, se encuentran muy directamente vinculadas al espíritu de la época. Coloridos y estampados en los que se conjugan gamas vivas, tonos primarios, apastelados, intensos, brillantes, complementarios, pálidos, glaucos, gríseos, cerúleos… Familias cromáticas que se entrelazan o difuminan en estructuras geométricas o en nebulosas manchas expresivas, quizá relacionadas en armonías o tal vez por contrastes, con las diversas sugerencias formales y dinámicas de los tejidos y prints. Esto es algo que afecta, psicológicamente, tanto a los que adquieren las creaciones de moda como a los propios diseñadores, quienes con cierta frecuencia tienden a mantener los mismos coloridos en sus propios vestuarios.

De izda. a dcha., Daniel Grao, Marian Álvarez, Asier Etxeandia, Marina Salas, Manuela Burló Moreno y Esteban Crespo. Foto: Rosa Copado

Una terapia emocional gratuita

Esta tendencia puede hacernos pensar en la importancia que puede tener el hecho de recurrir a la variedad cromática de un modo significativo, en una u otra actividad creativa. Pero no me refiero ahora a su aplicación práctica en un proceso de trabajo u otro, sino al valor emocional que tiene para la vida. En el sentido estricto de la profunda interrelación que existe entre el color y la creatividad, esa facultad que caracteriza de modo considerablemente significativo a nuestra especie, hasta el punto de que, cuando tenemos la oportunidad de desarrollarla, nuestra personalidad tiende a expandirse y a presentarnos todo más luminoso a nuestro alrededor. Es indiscutible que somos especialmente felices cuanto más creativos podemos ser. El extremo ideal de esto es el de quienes pueden convertir esta faceta en su profesión, ocupando en ella un buen número de horas al día. La otra perspectiva de esta teoría es la arteterapia, donde la práctica creativa «cura» alcanzando la recuperación de cierto equilibrio psíquico a través de procesos casi siempre sencillos.

En este sentido, tiene gran interés el hecho de que la simple aproximación al color ya suele producir un estado anímico mucho más positivo de lo que suele considerarse «normal» en la personalidad adulta. Para un gran número de personas, encontrarse ante un conjunto de material artístico, que incluye tonalidades varias para pintar, o bien piezas para encolar combinando distintas tinturas, ya se trate de tejidos, cartones o maderas, implica una especie de regreso temporal a la infancia que les proporciona una gran oportunidad de relajarse activamente, así como una inmensa calma interior durante el lapso que dura esa actividad. Cabe suponer que en estas circunstancias se encuentra implícita la significación simbólica del color, en cierto grado de profundidad anímica.

Por el simple hecho de entreabrir los párpados, la inmensa mayoría de las personas puede percibir una explosión cromática. Sin apenas esforzarnos, recuperamos nuestra natural habilidad creativa, así como nuestra afinidad natural con ella, es decir, con su percepción y su expresión. Una actividad gratificante en todos los sentidos (la de crear cosas aparentemente inservibles, o bien, relativamente útiles), muy vinculada a la visión del color y a la utilización de los diversos colorantes. ¿Qué más se puede pedir?

Juan Carlos Sanz es artista plástico y visual, profesor de arte y autor del libro ‘Lenguaje del color’ (Tursen / Hermann Blume, Madrid, 1985 y 2009).

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