Las emprendedoras ‘millennials’ que conquistaron a Beyoncé pero tuvieron que cerrar

A pesar del éxito inicial, la firma de bolsos gallega Carla López ha desaparecido. Sus jóvenes diseñadoras y otros emprendedores españoles nos cuentan cuáles son las trabas que les impidieron mantenerse en el mercado de la moda nacional.

Las emprendedoras ‘millennials’ que conquistaron a Beyoncé pero tuvieron que cerrar

Beyoncé luciendo uno de los modelos de Carla López en 2015. Foto: Carla López / Beyonce.com

Cuando en 2015 Beyoncé apareció con una de sus creaciones, la prensa nacional enloqueció con el trabajo de Emilia y Carla, dos jóvenes gallegas que hacían bolsos redondos decorados con cabezas de animales. Su marca, Carla López, ya había recibido atención y pedidos internacionales, pero hasta la célebre aparición no habían logrado ser profetas en su tierra. “En ese momento todo el mundo se interesó por nuestro trabajo”, recuerdan las coruñesas. En los cuatro años que siguieron al mediático hito sus bolsos colgaron del brazo de Solange Knowles o influencers como Sita Abellán o Tina Craig, ganaron premios internacionales y lograron colocar uno de sus anillos en la portada del single Malamente de Rosalía. Pero ni el poder digital de las anteriores, materializado en miles de seguidores dispuestos a copiar su estilo (o intentarlo), han salvado la firma. A pesar de que no lo han comunicado de forma oficial en sus redes sociales, Carla López ha echado el cierre. Su tienda online sigue activa, pero ya es imposible adquirir alguno de sus accesorios de vocación artística.

Lo que más rabia nos da de tener que decir adiós al proyecto es tener millones de ideas, de diseños, de campañas o de colaboraciones, que se quedan en el tintero”, cuentan las emprendedoras a S Moda. Desde la creación de su firma en 2012, Carla y Emilia, encargadas respectivamente del diseño y de la comunicación, tenían claro que querían fabricar todo en España. Joyeros y pintores gallegos daban vida a las esculturas de sus bolsos, artesanos de Ubrique se encargaban de la piel y la fundición de las piezas de latón tenía lugar en un taller de Madrid. El alto coste de producirlo todo en España, sello de calidad cada vez más valorado dentro y fuera de nuestras fronteras, fue una de las muchas piedras que encontraron en el camino. “Empezamos fabricando nosotras mismas y vendiendo a través de Internet, lo que nos proporcionaba bastante libertad. En el momento en el que la empresa despegó y comenzamos a crecer nos encontramos con que muchos proveedores no nos tomaban en serio porque no éramos una firma consolidada y el volumen de pedido en los inicios era pequeño”, confiesan. Otro de los inconvenientes fue la distribución: “Los márgenes que exige el retail son un problema, igual que el hecho de que la mayoría de las tiendas en España te ofrezcan trabajar en depósito o alquilarte un espacio para poder vender. En cambio, en el mercado internacional siempre confiaron más en nuestro producto precisamente por ser una marca emergente”.

Lo anterior, sumado a la falta de ayudas públicas tanto a nivel económico como de asesoramiento, terminó con un proyecto que, a pesar de ofrecer un producto estético de alta calidad, acabó sepultado por el caprichoso mercado de la moda y sus circunstancias. Ni el apoyo de figuras internacionales ni la atención de diseñadoras y compradoras de accesorios de casas como Chanel o Balenciaga, que les trasladaban su admiración en redes sociales, fueron suficientes para sobrevivir. “Es muy complicado mantener la ilusión cuando vives para trabajar y te encargas de absolutamente todo. Decidimos cesar el proyecto porque llevábamos un tiempo haciendo balance del coste de mantener la empresa, no sólo a nivel económico sino a nivel personal. Lo primero era tener ilusión y nos dimos cuenta de que si eso se dañaba, todo lo que viniera después no iba a ser verdad”, reconocen.

La ilusión es el motor que movió su proyecto y la cualidad fundamental que, según dicen, ha de tener cualquier emprendedor. “No queremos desanimar a nadie a intentarlo. Lo más importante es creer en lo que haces y no dejar que el dinero sea ni una traba ni el único aliciente. Para nosotras crear Carla López ha sido como hacer 35 másteres, pero en España no se valora lo suficiente la figura del emprendedor”, esgrimen. Lejos de tirar la toalla, ambas aseguran que siguen buscando su hueco en el mundo de la moda y ni siquiera descartan resucitar la marca en el futuro.

El pan de cada día para muchos emprendedores

La historia de Carla López es, por desgracia, la de muchos otros jóvenes que deciden buscar su propio futuro laboral. Los casos de éxito se cuentan una y otra vez en medios de comunicación y escuelas de negocio, pero no hay que olvidar que en nuestro país, según datos de Spain Startup, nueve de cada diez startups no llegan a los tres años de vida. La industria de la moda, por su cambio constante y sus peculiaridades, no es mejor que otras para encontrar la fórmula del éxito a largo plazo. Bien lo sabe Ernest Costafreda, fundador de la ya desaparecida marca de ropa Costalamel. La enseña, especializada en la moda streetwear, empezó con unas cuantas camisetas serigrafiadas y pronto ganó la atención de publicaciones como HighSnobiety, que la seleccionó en 2017 entre las marcas que merecía la pena tener bajo el radar. Unos meses después de ese logro, y de atreverse con acciones tan polémicas como enviarle una caja llena de calcetines sucios a Donald Trump, Costalamel bajaba la persiana.

Un mercado sobresaturado, poca cultura de invertir en moda, negarse a pasar por el aro de los influencers o los elevados gastos que conlleva contar con un equipo talentoso y creativo son algunas de las causas que empujaron a Costafreda a frenar el proyecto. “Las marcas de ropa ofrecemos un producto que ya todo el mundo tiene y que, por tanto, no necesita. Por eso lo que realmente vendemos es un deseo que cada seis meses tienes que ingeniártelas para revivir”, explica. Para ello, según dice, es fundamental contar con la excelencia de un equipo que las empresas pequeñas no siempre se pueden permitir. “Por eso no te queda más que intentar comunicar coherentemente tu identidad para hacer ruido y esperar que lo entienda el público general a la vez que lo respeten, admiren y prescriban aquellos que tienen el poder de otorgarte el prestigio. En ese camino es donde la mayoría morimos: para mí una firma que factura millones de euros pero que no es capaz de aguantar más de diez años no es una marca”, reflexiona.

“Compra flores, no seguidores”, uno de los mensajes que defendió la marca Costalamel. Foto: Costalamel

El universo de Costalamel partía del concepto ‘somos niños que hemos sobrevivido a la edad adulta’, un mantra que alumbró el nacimiento del proyecto, pero también fue la razón de su cese. “La marca no iba mal, pero en cinco años perdí la motivación de seguir luchando contra viento y marea. La identidad que quería transmitir pasó a un segundo plano entre la vorágine que supone producir en España, pagar facturas, buscar inversión, gestionar un equipo o cuadrar los números. Tener una marca en nuestro país en 2019 muchas veces trata más sobre aguantar que sobre crecer”, afirma. Antes de cerrar, Costafreda hizo uso de un último golpe de ingenio al tiempo que de crítica a la dictadura del like. Bajo el título de Zero Fucks Given, su última campaña pedía a sus seguidores en Instagram que los dejaran de seguir hasta llegar a cero followers. 

“El otro día leía un artículo que decía que los artistas que tienen éxito lo tienen más por a quién conocen que no por el arte que hacen. Creo que es un buen resumen de cómo funcionan las cosas. Puedes ser muy bueno, tener una idea disruptiva, pero si al final Highsnobiety no dice ‘estos tíos molan’ no sirve de nada todo lo que estás haciendo”. Incluso aún logrando que lo digan, como fue su caso, no es fácil que el consumidor medio invierta en una camiseta de edición limitada producida en Barcelona. “Muchas veces olvidamos que por algo Inditex es española. La mayoría de gente joven en España quiere vestir rápido. Por eso nosotros, por ejemplo, vendíamos un 70% fuera”, asegura.

Costafreda sigue vinculado al mundo de la moda –hace poco, por ejemplo, intervino una serie de chaquetas vintage con poesía e ilustración–, pero ha dejado de creer en la fórmula de las dos colecciones anuales. ¿Un consejo para aquellos que quieran probar suerte? “Comunicar tu propia identidad, posicionarse y asumir que no se puede gustar a todo el mundo. También les diría que si son artistas o directores creativos busquen un socio que lleve la parte del negocio y viceversa. Una marca de moda es una empresa que vende deseos: hay quien tiene que crear el deseo y hay quien tiene que venderlo”.

La alternativa temporal, ¿es viable?

María Simún, la joven creativa que viste a artistas nacionales como Rosalía, Bad Gyal o La Zowi, ha dado vida a tres firmas con solo 24 años. Antes de lanzar Simun Basics, su último proyecto en el que comercializa “básicos de ahora”, ya había creado la enseña de sudaderas Flighters y la etiqueta Airam Sacul, que ya no está operativa. En su caso, según dice, el cierre no tiene tanto que ver con dificultades, sino con intencionalidad creativa. “No es que decidiera cerrar, simplemente era un proyecto que nos apetecía enseñar [la fundó junto a Lucas Sirera, hijo de la diseñadora Sybilla] en un momento dado. Surgió para materializar la idea que teníamos en la cabeza de hacer ropa sencilla pero de mucha calidad antes de que lo hiciera otra persona”, asegura.

Simún prioriza mostrar los conceptos creativos que se le pasan por la cabeza (“Mis anteriores proyectos han sido para mí como ir a la universidad”, afirma), aunque eso suponga crear proyectos con fecha de caducidad o colecciones compuestas por una única pieza, como la que tiene pensada para Flighters. “Lo que mejor se me da es generar ideas, pero la gran traba para una marca nueva es el dinero. Para mantenerse es necesaria una inversión económica que te permita hacer producciones o financiar la comunicación. A veces me gustaría poder sacar una marca a la semana”.

Dos de los diseños de Simun Basics.

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