Amaia: «Preferiría no haber ido a Eurovisión, lo pasé mal»

Ídolo musical e icono generacional. A pesar de su imparable éxito, la cantante mantiene la naturalidad que conquistó a todo un país.

Amaia: «Preferiría no haber ido a Eurovisión, lo pasé mal»

"Lo pasé fatal en Eurovisión", reconoce la cantante, que luce un vestido de Ana Locking (c. p. v.). Foto: Javier Biosca. Estilismo: Natalia Bengoechea

Talento y espontaneidad son las bazas con las que Amaia (a estas alturas añadir Romero resulta innecesario) se ha metido al público en el bolsillo. Lo primero lo está demostrando en su corta pero prolífica carrera: ganó Operación Triunfo 2017, es omnipresente en el calendario festivalero y tiene previsto publicar su primer disco después del verano con Universal Music (el próximo 21 de junio estrenará su segundo sencillo, Nadie podrá hacerlo). Lo segundo lo manifiesta en todo lo que dice y hace. Durante esta sesión de fotos no se anda con remilgos al enseñar su cuerpo entre cambio y cambio de vestido, deja claro que tiene la regla (un tema que ha visibilizado en infinitas ocasiones) y pide al maquillador David López, que suele encargarse tanto de sus apariciones como de las de Rosalía, que no cubra la peca que tiene en la mejilla derecha. Porque Amaia es natural para todo, también para maquillarse.

Mirada Felina – El ‘eyeliner’ plata concentra la atención en una mirada que se alarga, sin necesidad de más adornos. «El delineado gráfico resalta los ojos y les da fuerza sin caer en el exceso», explica el maquillador David López. Vestido de lentejuelas asimétrico de Fracomina (c. p. v.) y gargantilla de oro blanco y diamantes de Messika (c. p. v.). Foto: javier biosca

«Me pinto poco y cuando me lo hago yo, me gusta el párpado clarito, aunque me pongo algo más morena de lo normal», detalla. «Antes de salir siempre me miro a la luz, porque a veces en el baño te parece que lo has hecho increíble y en la calle te ves fatal. Pero vamos, que no tengo ni idea de esto ¿eh?», puntualiza. Ese rechazo de lo artificial provoca que reniegue de las mechas californianas que le pusieron mientras aún concursaba en el talent show de TVE. Sí, aquellas que se viralizaron cuando espetó: «Me han dicho que me harían algo ‘rollo surfero’, ¡qué me estás contando si yo soy de Pamplona!». «Aunque me sigo dejando aconsejar, ahora tengo más claro mi estilo y creo que no dejaría que me las hicieran. Me gusta muchísimo mi melena castaña», añade.

Su mayor declaración estética (y feminista) también tiene que ver con el pelo. Amaia aparece sin depilar en alfombras rojas y reportajes. Y por mucho que en pleno 2019 rehuir de la cera no debiera ser noticia, siempre que lo hace, se lía. «Nunca pienso las consecuencias que va a tener, pero me da bastante pena ver que mucha gente lo critique. Es pelo y ya está, todos lo tenemos», reivindica. Según cuenta, empezó a cuestionarse la depilación femenina cuando estaba en el instituto, pero en aquella época aún sentía vergüenza si no se pasaba la cuchilla. «Ahora es al revés: si lo hago me siento rara». Su cruzada por normalizarlo incluso la llevó a corregir con rotulador una portada en la que el Photoshop había dejado impolutas sus axilas. No tiene, dice, una opinión formada sobre el retoque digital, pero prefiere que no alteren ni su vello ni su cuerpo. «Me gusta que me quiten si tengo algún grano, eso sí».

«Aplicado con los dedos en el pómulo, el ‘glow’ aporta un extra de luz», dice López. Minivestido de Paco Rabanne (4.900 €) y pendiente de Messika (5.990 €). Foto: javier biosca

Su alergia a acatar los cánones estereotipados de belleza asociados al género (también se ha quejado, por ejemplo, de llevar tacones) y su oposición a las exigencias patriarcales la han encumbrado como un icono feminista generacional. «No sé si lo soy, hago las cosas sin planteármelo, tengo el feminismo muy interiorizado, aunque todos tenemos micromachismos. Si hay gente a la que le influyo me alegro, pero no lo hago para eso».

Y sí, influye. Solo en Instagram, donde también hace gala de una naturalidad escasa en tiempos de postureo digital, acumula casi 900.000 seguidores, todo un récord porque cuelga fotos a cuentagotas y mantiene un perfil en las antípodas de las divas musicales en plena ebullición. Sus imágenes poco tienen que ver con los posados habituales que circulan por la red social, ella prefiere recuperar un vídeo de su niñez bailando sevillanas o retratarse haciendo la compra. «Me siento insegura posando porque no soy modelo. A veces la gente me pide que haga cosas raras o que me ponga seria, pero se me escapa la risa, me da vergüenza. Si te digo la verdad, en este reportaje me veo bastante guapa», reconoce.

Tono de más – Las pestañas metálicas protagonizan un look extremo gracias a los cristales de Swarovski. Vestido de lentejuelas de Zadig & Voltaire (c. p. v.) y pendientes de Roberto Coin (c. p. v.). Foto: javier biosca

A pesar de su juventud y de utilizar «ay, no sé» como primera respuesta a casi todo, se intuye que Amaia tiene las cosas más claras de lo que parece. «Cuando veo algo, ya sea una canción o una persona, sé si me gusta o no, pero no sé decir el motivo. Me pasa también con la ropa», confiesa. Y cuando no está convencida, no se lo pone. «Mi estilo ha cambiado en el último año. Ahora veo prendas que llevaba hace unos meses y me parecen horrorosas. Y los looks que llevé en OT no me gustan mucho», admite.

¿Hay algo más de lo que se arrepienta desde que se convirtiera en ‘Amaia de España’? «Preferiría no haber ido a Eurovisión, lo pasé mal porque no parábamos de dar entrevistas, hacer un montón de cosas y yo lo único que quería era cantar». Esa sigue siendo su preocupación principal. Por eso, rechaza la mayoría de las propuestas comerciales que le llegan (muchos de sus compañeros de edición son embajadores de todo tipo de marcas) y sintió alivio tras terminar de componer el disco. «Al principio estaba un poco perdida, no sabía qué estilo quería hacer y tuve mis bajones. Pero cuando terminamos tuve una sensación de descanso. Ahora solo queda lo bonito: dar conciertos». Aunque asegura que su primer trabajo incluye todo tipo de melodías («algunas más movidas»), prefiere la intimidad de un teatro a los grandes estadios. Por si quedaba alguna duda, insiste: «Pero vamos, que me gusta cantar en cualquier sitio».

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