77 años criando corgis: por qué Isabel II y los amantes de los perros se apoyan en ellos para superar el duelo

Hablamos con expertos sobre cómo apoyarse en el amor a un perro puede ser muy beneficioso para pasar una época de duelo.

Reina Isabel II perros

La Reina Isabel II con uno de sus perros en 1952. Foto: Getty

Que Isabel II es una amante de los perros no es algo que sorprenda a nadie mínimamente familiarizado con la realeza británica. Sin embargo, lo que no sabe todo el mundo es que la reina lleva 77 años compartiendo su vida con una misma generación de corgis, la raza originaria de Gales a la que pertenecen los 30 perros que la acompañan desde la Segunda Guerra Mundial y que, ahora, la ayudan a superar la pérdida de su marido.

La relación de la reina con estos animales es tan antigua que Susan, su primera perra, llegó a su vida antes de que se casara con el príncipe Felipe en 1947. Y es que, a pesar de que la reina manifestó en 2015 su rechazo a criar más perros por temor a morirse antes y dejarlos solos, hace poco más de un mes, mientras el duque de Edimburgo estaba hospitalizado, su hijo el príncipe Andrés le regaló dos nuevos corgis. Actualmente, los cachorros Fergus y Muick conviven con ella y su perro más longevo, Candy, en el palacio de Windsor.

El entorno natural alejado de Londres y los espacios al aire libre son algunos de los factores que han inclinado la balanza a favor de que la reina se quede permanente en Windsor, lugar donde reside desde que estalló la pandemia y se aisló allí con su marido. De hecho, una de las primeras cosas que hizo después de conocer el fallecimiento del príncipe Felipe fue salir a pasear con sus mascotas. Si antes de enviudar los perros ya la mantenían activa en el día a día, ahora representan esa muleta emocional que una mujer de 95 años y acostumbrada a convivir durante más de siete décadas con su marido, necesita para salir a flote.

La Reina Isabel solo ha salido a pasear a sus perros desde que falleció el duque de Edimburgo. Foto: Getty

“Los perros pueden notar las emociones que nosotros sentimos porque ellos se manejan muy bien con la parte emocional del cerebro. Digamos que su parte racional está mucho menos evolucionada que la nuestra, pero dado que su lado emocional es muy similar al humano tienen la capacidad de percibir cómo nos sentimos. Por ejemplo, no es extraño ver que, cuando una persona en terapia rompe a llorar, la perra con la que habitualmente trabajo tiende a acercarse y apoyar la cabeza en la pierna de esa persona. Es como si, de alguna forma, entendiese la emoción que está sintiendo el paciente y desde ahí decidiese brindarle su apoyo”, explica Verónica Soler, psicóloga especializada en terapia asistida con perros.

Un estudio elaborado por la Universidad japonesa de Azabu afirmó tras varias investigaciones que los perros habían desarrollado habilidades cognitivas sociales que les permitían estrechar su relación con los seres humanos. Como consecuencia del proceso de domesticación llevado a cabo durante siglos, a día de hoy, los perros establecen vínculos emocionales y relaciones de apego con sus dueños, lo que hace que sean capaces de diferenciarles del resto de seres humanos y, por ende, variar su comportamiento respecto a ellos. Del mismo modo y tras analizar la orina de las personas que participaron en el estudio, se evidenció cómo sus niveles de oxitocina (hormona de la felicidad) se disparaban cuando sus perros simplemente les miraban a los ojos.

Isabel II con 10 años abrazada a su perro. Foto: Getty

Con este marco teórico como referencia, no es de extrañar que los perros sean útiles a la hora de superar procesos traumáticos, trastornos como la depresión o, en general, cualquier tipo de duelo. En esta línea, Sara (Málaga, 37 años) reconoce que no se imagina cómo hubiese vivido el duelo de una relación de 11 años sin su perra: “Después de haber crecido con aquella persona, cuando lo dejamos y me vi sola con mi perra, sentía que no tenía donde agarrarme, que no había nada estable en mi vida. Necesitaba un ancla y, de repente, me di cuenta de que ese ancla era la perra, porque teníamos un vínculo y tener que estar disponible para ella, sacarla y cuidarla lo reforzaba. Me di cuenta que haber roto con mi pareja no significaba que yo no tuviese otros vínculos importantes en mi vida y fue mi perra quien se encargó de recordármelo. Para ella yo era importante. Alguien a quien mirar y darle la patita”, expone Sara.

“Cuando me encontré a mi perro abandonado en la calle, yo no contemplaba en absoluto adoptarle. Acababa de salir de una relación de maltrato y vivía en la precariedad. Sin embargo, nos quisimos mutuamente nada más vernos; yo me quedé fascinada con su carácter y su necesidad instantánea de mí. En aquel momento para mí era muy difícil confiar, incluso dormir en la misma cama con alguien. Tenía muchas pesadillas y un trastorno de estrés postraumático que me hacía pasar ratos espantosos. Y aunque intentaba seguir adelante, lo cierto es que no tenía fuerzas. Recuerdo cruzar muchas veces con el semáforo en rojo o entregarme a peligros sin pensarlo, simplemente porque me daba un poco igual lo que me pasara. Cuando le encontré, todo cambió. Recuerdo la primera vez que me obligué a no cruzar con el semáforo en rojo porque en mi casa me esperaba mi perro”, relata Bibiana, de 42 años y natural de Zaragoza.

Así, de la misma forma que los corgis de la reina Isabel II son esa muleta emocional que hoy necesita la monarca para mirar de nuevo hacia delante, los perros de Sara y Bibiana también han sido clave en sus vidas a pesar de las diferencias que hay entre sus historias personales: “El apoyo emocional y la compañía que ofrecen los perros es sanador en sí mismo para la persona que pueda encontrarse en un proceso de duelo o en un momento especialmente difícil. Un perro no puede hablar con nosotros a través de las palabras o darnos un consejo, pero su compañía, cariño, fidelidad o apoyo son variables muy necesarias e importantes para el ser humano en momentos complicados. Muchas veces no necesitamos las palabras de los demás, si no un abrazo o la sensación de saber que el otro está ahí y esto es lo que los perros ofrecen. Son grandes expertos en detectar nuestros estados emocionales” añade la psicóloga del centro Cepsim Ligia G.Asensi.

Una investigación realizada por la Universidad de Washington, tras observar a 249 participantes, concluyó que pasar 10 minutos al día interactuando con un perro (jugando con él, acariciándole, etc) reducía los niveles del las hormonas asociadas al estrés y, por ende, mejoraba parcialmente la calidad de vida de estas personas. Precisamente por esta razón y a sabiendas del rol terapéutico que tienen los canes, Verónica Soler coordina también un programa de gestión emocional para una asociación especializada en duelo. Este programa se desarrolla en varios colegios de Albacete con el objetivo de que los niños entiendan cuáles son las emociones que se producen después de la pérdida de un ser querido.

“A este tipo de programas acudimos siempre con nuestra perra de terapia, Arya. ¿Cuál es la función del animal en este caso? Básicamente ayudar a los niños a entender las emociones presentes durante el duelo. Al ver las emociones en la perra, les cuesta menos generalizarlas y les resulta más fácil expresarlas. Si ellos ven que la perra está triste y que no hay nada malo en ello, comprenden que ellos también pueden estar tristes. Si la ven enfadada, entienden que ellos también pueden hacerlo. Y, así, vamos poco a poco trabajando la gestión de las emociones a través de la perra”, expone la psicóloga del Centro Kibel.

En línea con los conceptos y las emociones que trabaja Verónica Soler en la terapia asistida con perros, Lidia G. Asensi explica por qué el proceso de duelo varía tanto en función de la persona. Es decir, por qué hay quienes pasan por unas etapas más rápido que otras: “El cerebro humano no está preparado para la pérdida y por eso necesitamos un tiempo para asimilar la ausencia de ese ser querido. El objetivo final de un proceso de duelo es aceptar lo sucedido y entender que esa persona ya no está con nosotros. Este proceso consta de cinco etapas (negación, ira, negociación, depresión y aceptación), pero hay que tener en cuenta que no se trata de un proceso lineal y secuencial en el que estamos primero en una fase, después en otra y así sucesivamente. Se puede estar en fase de ira, pasar a la fase de depresión y regresar a la fase de ira de nuevo”.

Además de ofrecernos compañía y empatizar con el mal momento que estamos pasando, en casos como el de Bibiana, la adopción de su perro supuso un paso más allá en su tratamiento para el estrés postraumático. La similitud que había entre sus historias vitales hizo que ella además de sentirse acompañada, se sintiera protegida y comprendida: “Mi perro maltrecho era de alguna forma el símbolo visual de cómo me sentía yo realmente. Había y hay una especie de identificación inevitable, como si los dos fuésemos el mismo ser que ha vivido cosas parecidas, que aún reacciona con temblores y parálisis a cosas (yo, a cualquier mención de alguien a mi expareja y mi perro a los palos de escoba, a los paraguas y también a los gritos)”, comparte y añade una anécdota que para ella es especialmente representativa para entender el rol de su perro: “Un día un amigo, haciendo una coña, gritó como si estuviese enfadado conmigo y mi perro casi se abalanza sobre él. Los dos tenemos un instinto de protección mutua. Luego, en su comportamiento habitual, mi perro, igual que yo, no parece nada traumatizado: es alegre, adora socializar, le encantan las fiestas y saludar a la gente que quiere. Que sea así, que le guste la jarana, también ha facilitado que yo no me haya aislado, que haya continuado mi vida a pesar de todo”.

Además de sentirse acompañada y querida también por su perra, Sara reconoce lo mucho que ésta le ayudó a mantener una rutina durante su divorcio: “Sin mi perra creo que hubiese sufrido muchísimo más. De hecho, de no haberla tenido, probablemente hubiese adoptado una. Sin ella sé que me hubiese costado mucho más salir de casa o mantener unos hábitos diarios. Además, al ser yo una persona emocionalmente dependiente, ella me ayudaba a sentirme importante en el vínculo que manteníamos”, explica.

“En este tipo de situaciones un perro puede ayudar a mejorar nuestro estado de ánimo, ya que nos permite cumplir con sus propias necesidades, lo que nos obliga a tener que vestirnos, salir a la calle y caminar, algo muy beneficioso en momentos tan difíciles”, reafirma Lidia G. Asensi.

Así, del mismo modo que la reina Isabel II se mantiene activa y mentalmente distraída en su proceso de duelo gracias a los paseos que da con sus tres perros, Bibiana y Sara aprendieron a retomar el ritmo de sus nuevas vidas acompañadas también de los suyos.

La Reina Isabel II, a punto de embarcar para iniciar con sus perros sus vacaciones en Balmoral en el año 1974. Foto: Getty

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