¿Se acercan las distopías feministas peligrosamente a la realidad? Una reflexión de futuro

‘El cuento de la criada’ propicia la aparición de una serie de novelas con la mujer en un futuro cercano desolador.Más que especular sobre un futuro incierto, nos cuestiona el entorno sociopolítico en el que vivimos.

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Una mujer protesta en Alabama contra la nueva normativa restrictiva con el aborto vestida como una de las criadas de la adaptación televisiva de la novela de Margaret Atwood. Foto: Getty

En Estados Unidos las mujeres solo tienen permitido decir cien palabras al día. Si sobrepasan este límite, que se controla mediante un contador que llevan en la muñeca, una poderosa descarga eléctrica recorrerá todo su cuerpo. Así lo ha decidido el nuevo gobierno. No solo eso: las mujeres también tienen prohibido leer y escribir, sus cuentas bancarias pertenecen ahora al hombre de la familia más cercano y, por supuesto, tampoco tienen permitido trabajar. Confinada en el terreno de lo doméstico, una de estas sufrientes y silenciosas víctimas tendrá la oportunidad de plantarle cara al nuevo sistema al ser escogida, por méritos anteriores a la dictadura, para volver a trabajar.

Esta es la premisa de VOZ (Roca Editorial) de la escritora y doctora en lingüística Christina Dalcher, una distopía feminista que inevitablemente es comparada con El cuento de la criada de Margaret Atwood y que comparte rincón en las librerías con otras novelas futuristas que tienen como protagonistas a las mujeres como ‘The Power’ de Naomi Alderman o ‘Relojes de sangre’ de Leni Zumas. La aterradora premisa de ‘VOZ’ lanza a sus lectores la pregunta: “¿qué pasaría si silenciasen a todas las mujeres?”.

“Las décadas posteriores a la revolución sexual de 1960 y el movimiento feminista de los 70 nos han mostrado lo fuertes que se han vuelto las voces de las mujeres desde la cultura de la domesticidad en los cincuenta”, cuenta Christina Dalcher a S Moda al preguntarle por la inspiración de su novela, “después de la marcha de mujeres en Washington en enero de 2017 me vino una pregunta a la mente: ¿puede haber alguien, en algún lugar, cuya reacción a toda esta fuerza sea la de desear que todas cerrásemos la boca? De modo que VOZ no ha sido escrita porque piense que las mujeres estamos silenciadas, sino porque creo que ahora tenemos más fuerza de la que hemos tenido nunca”.

El hecho de que las mujeres tengan más voz que nunca no significa que los demás estén dispuestos a escuchar lo que tienen que decir: en 2016, The Guardian realizó un exhaustivo estudio para el que se analizaron más de 70 millones de comentarios a sus artículos desde 2006 y descubrió que de los diez periodistas que recibían más abuso online, ocho eran mujeres y otros dos eran hombres negros. Según otro estudio de Women’s Media Center, el 57% de las personas que reportan situaciones de acoso online son mujeres. “Por lo que yo sé, al menos aquí en los Estados Unidos, hemos entrado en una cultura en la que estamos tan política y filosóficamente polarizados que nadie parece interesado en escuchar al otro”, explica Dalcher.

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Pese a estar ambientadas en un futuro no muy lejano, las nuevas novelas de distopía feminista le toman el pulso al momento presente y a las preocupaciones actuales de las mujeres tratando temas como el machismo y la misoginia ­–tanto en el ámbito cotidiano como en el institucional–, la violencia o el terror ante la pérdida de unos derechos que creíamos inamovibles. “’Distopía’ es un concepto farragoso porque implica distancia e improbabilidad, pero ¿qué sucede si lo que para una persona es una distopía para otra es una realidad?”, se pregunta Leni Zumas, autora de Relojes de sangre (Destino).

La premisa del libro nos lleva a un pequeño pueblo de Oregón, Estados Unidos, cuando el aborto ha vuelto a ser ilegal en todo el país. Además, la fecundación in vitro está prohibida y la Enmienda de Humanidad da derecho a la vida, libertad y propiedad a todos los embriones. Las adopciones también están limitadas a las parejas heterosexuales y casadas. Esta serie de barreras son el caldo en el que Zumas sumerge a sus cinco protagonistas que explorarán, conforme avance la trama, sus propias dudas sobre maternidad, identidad femenina y libertad.

“Empecé a escribir Relojes de sangre antes de quedarme embarazada”, explica Leni Zumas a S Moda, “cuando muchos de los miedos que asolan a mi personaje principal –la biógrafa– eran también mis propios miedos: ¿y si no me quedo nunca embarazada? ¿Y si no puedo adoptar? ¿Y si me han lavado el cerebro para que desee tener un bebé? ¿Y si yo –una firme feminista– estoy inconscientemente comprando todas esas narrativas restrictivas y anticuadas sobre las maravillas y bondades de la maternidad? Mi ambivalencia ante mi propia situación fue el catalizador principal del libro”.

Recientemente, el estado de Alabama ha aprobado una de las leyes sobre el aborto más restrictivas de los últimos tiempos: la llamada ley de “latido de corazón” prohíbe abortar en cuanto se detecte el latido del feto –seis semanas–, prohíbe el aborto en casos de violación e incesto, solo permitiéndolo si existe peligro de vida para la madre, y contempla penas de entre 10 y 99 años de cárcel para los médicos que lo practiquen. Leyes similares se han aprobado en los estados de Georgia, Misisipi, Kentucky y Ohio. En España, el partido ultraderechista VOX se posiciona en contra del derecho al aborto y Ciudadanos ha incluido en la agenda política la regulación de la gestación subrogada en España. Si tenemos presentes estos últimos acontecimientos, Relojes de sangre es un libro que podría pasar pronto de las estanterías de ficción a las de no ficción.

“Otra razón que me llevó a escribirlo fue mi horror al ver el aumento de ataques a los derechos reproductivos de las mujeres”, explica Zumas, “las nuevas leyes que amenazan a los personajes de mi novela están basadas en las ideas reales de políticos. A los estadounidenses nos han dicho que nuestro gobierno separa estrictamente Iglesia y Estado, pero no lo hace. Existen fundamentalistas cristianos escogidos como representantes que votan según sus convicciones religiosas. Mike Pence, por ejemplo –un nombre que mientras me documentaba no dejaba de aparecer– firmó una ley en Indiana obligando a las mujeres que tuvieran abortos a organizar un funeral para su tejido fetal”.

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Una mujer protesta por sus derechos reproductivos vestida como una criada de la novela de Margaret Atwood en Montgomery, Alabama, el pasado 19 de mayo. Foto: Getty

Cuando los límites entre ficción y realidad son difusos tenemos la literatura

Para protestar contra esta serie de medidas tomadas por los sectores más conservadores en varios puntos de Estados Unidos, muchas mujeres se han disfrazado con la mítica capa roja y cofia blanca que llevan las protagonistas de El cuento de la criada, la novela de Margaret Atwood que vive un segundo renacer gracias a su adaptación televisiva llevada a cabo por la HBO. En El cuento de la criada las mujeres han sido divididas en castas, siendo la figura de la criada un mero receptáculo cuyo valor se encuentra en sus ovarios y su función principal es la de producir los hijos de la autoritaria república de Gilead. El uniforme de las criadas del universo de Atwood se ha convertido en un símbolo de la lucha por los derechos reproductivos alrededor del mundo, sustituyendo en algunos casos las proclamas y pancartas habituales de cualquier protesta por la presencia silenciosa del vestido rojo y sus connotaciones.

El cuento de la criada y su éxito televisivo han sido los responsables de dar el pistoletazo de salida a la moda de este tipo de literatura. “Una de las razones por las que estamos viendo tantas novelas distópicas centradas en los derechos de las mujeres puede deberse a que tanto autores como editores han reconocido una tendencia”, explica Christina Dalcher, “en literatura siempre existen modas –piensa, por ejemplo, en historias de romance paranormal, novelas de iniciación distópicas o historias con narradores no fiables–. En todos estos casos, el éxito de bestsellers como Crepúsculo, Divergente o Gone Girl marcaron tendencia. Así que, naturalmente, la popularidad de El cuento de la criada ha tenido el mismo efecto”.

“Sobre por qué necesitamos la ficción –especialmente distopías– existe otra posibilidad”, continúa Dalcher, “las historias que exageran una crisis pueden explicar una realidad y distraernos de nuestros miedos, pero también pueden servir como alivio”.

“Uno de los superpoderes de la ficción es que sumerge al lector dentro de la experiencia”, explica Zumas, “en lugar de tener una conversación abstracta sobre justicia reproductiva, mediante la literatura el lector puede saber cómo se siente una chica de 15 años que sueña con ir a un campamento de matemáticas y convertirse en bióloga marina pero a la que le dicen que se ha quedado embarazada y no tiene permitido terminar ese embarazo. La ficción puede plantear muchas preguntas importantes, incluidas aquellas más controvertidas, y dar suficiente espacio al lector para tener sus propias ideas al respecto. La ficción especulativa –ya sea ciencia ficción, novela surrealista o distopía– permite hacerse preguntas, invitando a los lectores a ver el mundo de forma diferente y a sentir curiosidad por lo que podría suceder”.

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Tres mujeres en la Women’s March de 2019 en Los Ángeles. Foto: Getty

El miedo a lo que podría suceder

En la novela VOZ, un hombre le dice a Jean, la protagonista, que aquello que está sucediendo no es culpa suya. La protagonista no responde –por economía de las palabras, no puede– pero sí piensa una interesante reflexión: “pero sí que lo es, mi error comenzó hace veinte años, la primera vez que no voté… o cuando estaba demasiado ocupada para ir a aquella manifestación”. Aunque Christina Dalcher, su autora, asegura que no le gusta pregonar sobre la importancia del voto o llamar a la acción, a través de su novela parece reflejar lo contrario.

“El hecho es que las cosas no se mantienen siempre en el mismo sitio: ni la política, ni el lenguaje, ni las relaciones. Creo que tenemos una tendencia a despertarnos cada día y esperar que el mundo que nos rodea sea exactamente igual que el día anterior, pero la historia nos informa de que ese no es siempre el caso. Si queremos que la sociedad cambie, usar nuestras voces siempre es importante. Cuando pienso en los periodos más restrictivos de nuestra historia, tengo la sensación de que hubo momentos en el pasado en el que nuestras voces fueron increíblemente necesarias. Hablo de las voces que consiguieron abolir la esclavitud, o acabar con el comunismo, o establecer el derecho a voto de las mujeres”, apunta Dalcher. Como bien exponía Zumas, algunas distopías pueden ser la realidad de miles de mujeres. Y por ello alzar la voz sigue siendo importante. Quizás la marcha de las mujeres en Washington, las voces del movimiento #MeToo, las manifestaciones masivas en España tras la sentencia de La Manada y con motivo del 8M sean las voces que se recuerden en el futuro.

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