Por qué Gala fue mucho más que la musa de Dalí

La exposición 'Gala Dalí. Una habitación propia en Púbol' recupera su figura desde una perspectiva feminista.

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Gala Dalí posando para 'Vogue' en 1943. Foto: Getty

La personalidad de Gala Dalí es una de las menos conocidas de la historia de la cultura pese a que su nombre se ha pronunciado a nivel internacional y su imagen está plasmada en algunos de los cuadros más importantes de la historia del arte. Pero más allá de los títulos de musa o manipuladora –la rusa es al arte lo que Yoko Ono a la música– hasta hace unos años poca gente se había preocupado de señalar la impronta que dejó en su paso por la vida.

La investigadora y escritora Estrella de Diego publicó en 2003 la biografía Querida Gala y ahora ha comisariado la exposición Gala Dalí. Una habitación propia en Púbol, que se puede ver en el Museo Nacional de Arte de Cataluña hasta el 14 de octubre. Otras interesadas en la figura de esta mujer excepcional han sido la directora y actriz Silvia Munt, que también en 2003 estrenó el documental Elena Dimitrievna Diakonova Gala y Monika Zgustova, que hace meses publicó una biografía titulada La intrusa (Galaxia Gutenberg).

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Gala Dalí posando sin camiseta en su casa de Cadaqués en 1955. Foto: Getty

En la muestra se pueden ver objetos personales, escritos, dibujos, trajes, fotografías y extractos de documentales a través de los cuales se puede reconstruir la personalidad de la protagonista. La historia de Elena, después Gala, es trepidante desde el principio de su existencia. Nació en Kazán en 1894, en el seno de una familia acomodada. Su estatus le permitió viajar a los 16 años al sanatorio Clavadel, en Davos (Suiza) para curarse de una enfermedad pulmonar. Allí –el centro se parecía un poco a un club de jóvenes burgueses– conoció a Paul-Eugène Grindel. Se casaron en 1917 y tuvieron a una niña llamada Cécile, aunque Gala rechazó el papel de madre y nunca ejerció como tal.

Gracias a su impulso, su marido se convirtió en uno de los poetas más relevantes del movimiento surrealista con el nombre de Paul Éluard. Su primer libro, Dialogue des inutiles, lleva un prólogo escrito por Gala firmado con el seudónimo Reine de Paleùglnn. Ella, criada entre libros, fue tan escritora como él y trabajaron juntos constantemente, aunque sólo se la reconoció como musa. En un ambiente de hombres, fue un elemento incómodo ya que no se limitó al papel de acompañante como el resto de esposas.

Protagonizó fotografías de Man Ray, trabajó de marchante para el pintor Giorgio de Chirico y le echó las cartas del tarot a René Crevel, entre otras muchas cosas. Y además de ser “obrera” del movimiento, también coleccionó amantes y sabiduría (era una ávida lectora): la libertad de actos y pensamientos fueron sus principios vitales.

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Gala Dalí diseñaba su propia ropa. Foto: Getty

A finales de los años 20 viajó con Éluard y un grupo de amigos a Cadaqués para ver a un joven (y guapo) pintor casi desconocido con el que se habían encontrado en París. La conexión entre Salvador Dalí y Gala fue automática, así que ella dejó su vida en Francia –adiós Éluard– y comenzó una vida con el catalán que más bien fue una simbiosis. Uno hizo crecer al otro y su realidad sólo se puede observar desde una óptica surrealista, ya que vivieron en una constante performance. El ejemplo más representativo es la firma Gala Salvador Dalí que aparece en gran parte de las obras: “Ella idea y él, artista, la ejecuta, quizás lo más fácil”, explicó de Diego en una conferencia en el Instituto Cervantes de Madrid.

El castillo de Púbol es otra de las grandes obras de la pareja. Es el lugar privado de Gala, lo que vendría a ser su habitación propia. Allí recibía a sus amantes (el matrimonio había acordado tener una relación abierta en el plano sexual) y a Salvador Dalí, bajo previa invitación. Escribía, dibujaba y también diseñaba su propia ropa: Gala tenía un gusto desarrollado por la moda y estaba en contacto con los grandes nombres de su época. El famoso sombrero zapato se construyó en colaboración con Elsa Schiaparelli y en su armario fueron habituales nombres como los de Chanel o Dior (en la exposición del MNAC se pueden ver unas cuantas piezas y el resto en el mismo castillo, que está abierto al público).

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Fue una de las primeras mujeres en someterse a retoques estéticos. Foto: Getty

En su día a día se encontraba a gusto en la sobriedad del estilo, pero vivía preocupada de su imagen. Su miedo a envejecer la hizo ser una de las primeras mujeres en someterse a operaciones de cirujía estética aunque, debido a su carácter racional y su curiosidad por el estudio, acudía al médico con las lecciones de anatomía aprendidas para especificar claramente lo que quería.

Por su manera de vivir –el abandono de su hija, su libertad sexual, la actividad dentro de los movimientos artísticos, la relación con sus maridos– no solo la redujeron al papel de musa, sino que también la tacharon de sibilina y manipuladora (Breton, Buñuel y la hermana de Dalí fueron solo tres de las muchas personas que la odiaron). Pero no la pararon y su gran obra, además de convertir a sus maridos en grandes artistas, fue construir la mujer culta y sobresaliente que fue. En otra época –o quizás con otra personalidad– ella habría sido la protagonista de su propia historia. Afortunadamente y gracias a la labor de otras mujeres, aún se puede conocer a la verdadera Gala.

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Gala y Dalí posando abrazados. Foto: Getty

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