«Mi hobby es poder darme una ducha»: por qué las mujeres siguen llevando la carga mental familiar

En 2021, parece que damos por sentado que las tareas del hogar se reparten de forma equitativa y que aquella imagen de la mujer que cuida y hace malabarismos por compatibilizar crianza y trabajo pertenece al pasado, pero nada más lejos de la realidad.

Foto: Getty

Hace tan sólo un par de semanas, mientras sacaba a la perra a media mañana, me encontré a dos hombres sentados en un banco y acunando cada uno el carrito de su bebé. Hablaban de falta de sueño y compartían sus opiniones respecto al destete debido a que una de sus mujeres se planteaba dejar el pecho al volver al trabajo.

Hasta el año 2007, los hombres sólo tenían dos días libres por el nacimiento de cada hijo. Desde ese momento y durante una década, este permiso se amplió hasta las dos semanas. Un año después, en 2018, subió a cinco y, en abril de 2019, pasó a durar un total de ocho semanas.

Con la llegada de 2020, los dos meses pasaron a convertirse en tres y, en enero de 2021, la baja de maternidad y paternidad se equiparó por primera vez en duración y se volvió intransferible. Es decir, ambos progenitores cuentan actualmente con 16 semanas de baja, siendo las primeras seis ininterrumpidas y el resto a repartir a lo largo del primer año de vida del bebé.

Me gusta pensar que, lejos de ser anecdótica, la imagen anterior es el reflejo de un cambio social que se ha ido fraguando conforme la paternidad ha dejado de ser un simple permiso de dos días, para integrarse como una obligación más de los hombres. Pero ¿hasta qué punto el reparto de cuidados continúa cuando termina la baja por paternidad?

En 2021, parece que ya damos por sentado que las tareas del hogar se reparten de forma equitativa y que aquella imagen de la mujer que cuida y hace malabarismos por compatibilizar crianza y trabajo pertenece al pasado, pero nada más lejos de la realidad. A raíz de ver a estos dos hombres aparentemente implicados en la crianza de sus hijos, no pude evitar preguntarme qué estarían haciendo ellas mientras tanto, lo que me llevó a querer indagar un poco más y hablar con distintas mujeres sobre la carga mental, el reparto de los cuidados y el tiempo que dedican a su ocio personal los fines de semana.

“¿Tengo tiempo para mí? Pues no lo sé. Depende de lo que entendamos por ‘tiempo para mí. Cuando mi hijo duerme la siesta los fines de semana intento hacer mis hobbies, pero hay veces que estoy tan reventada de la semana que lo único que quiero es tirarme en el sofá. Y una vez que se despierta es casi imposible hacer nada. Primero, porque mi hijo me reclama mucho más a mí que a su padre y, segundo, porque cuando le pido que lo entretenga un rato casi siempre tengo que escuchar un ‘espera que acabo de pintar esta miniatura y me pongo ahora con él’. Y, casualmente, cuando termina ya es la hora de cenar, etc. Cuando a veces le pido explícitamente un rato para mis cosas, me dice que me organice mejor el tiempo, que si prefiero ver la tele en vez de hacer otras cosas mientras el niño duerme, que es mi problema”, explica Nerea, una madre de 33 años que afronta la crianza de su hijo de dos años sola entresemana porque su pareja trabaja fuera.

En el correo electrónico que me envía Nerea para responder a las preguntas de este artículo, me pide disculpas porque siente que me ha soltado un rollazo enorme, pero reconoce que poner en palabras toda esta situación le ha servido como desahogo.

“Durante el fin de semana él no hace más que buscar el hueco para dedicarse a su hobby. Mi hobby es poder darme una ducha. Tener tiempo para mí significa dejarlo todo preparado y adelantado para poder hacerlo. No puedo simplemente desconectar de todo y confiar en que él se ocupará”, señala Rocío de 39 años y madre de un niño de ocho meses.

Por su parte, Ana Rosa, madre de dos niños de 1 y 5 años respectivamente, reconoce haberse plantado hace tan sólo un mes. Cuando le diagnosticaron un problema de salud, decidió echar el freno y hacerle ver a su pareja que o arrimaba el hombro o ella iba a terminar por explotar.

“Me he apuntado a yoga y danza del vientre para obligarme a irme de casa durante dos tardes a la semana. Hace poco más de un mes me diagnosticaron una psoriasis que me estaba comiendo entera, lo que me ha hecho ver que necesito bajar los niveles de estrés. También me he propuesto quedar con mis amigas por lo menos una tarde cada quince días”, resalta, pero matiza que conseguir tiempo para su ocio personal le ha costado los cinco años que tiene su hijo mayor. “Mi pareja siempre ha tenido tiempo para él. Durante el primer año de nuestro primer hijo, se preparó varias carreras y nunca dejó de jugar al pádel o quedar con sus amigos. Aunque es cierto que desde la pandemia pasa mucho más tiempo en casa, estos años atrás siempre pudo disfrutar de tiempo para sí mismo, algo que yo no puedo decir”, añade.

“Para que yo pueda descansar, él tiene que coger el testigo”

Según la última encuesta de Condiciones de Vida realizada por el INE en el año 2016, las mujeres invierten 38 horas semanales en el cuidado y la educación de los hijos, mientras que los hombres dedican 23 horas. En lo que respecta a cocinar o realizar tareas domésticas, ellas invierten una media de 20 horas a la semana y los hombres 11.

A pesar de que hay estadísticas que evidencian la brecha de género que existe en casi todos los ámbitos de la sociedad, desde los cuidados hasta la vida profesional, en estas no vemos explícitamente el impacto que tiene la carga mental en la vida de las mujeres. La baja de paternidad de cuatro meses no nace solamente para que los hombres pongan más pañales, sino con la idea de que se hagan responsables de todos los ámbitos de la crianza desde el inicio.

“La carga mental en mi casa lleva mi nombre. Desde lo más básico a lo más importante. Tengo que estar siempre pendiente de si hay que llevar cosas a la escuela infantil, si le toca médico al niño, si hay que comprarle tal o cual. Y aunque he tratado de hacérselo ver, creo que no acaba de entenderlo. Piensa que se limita a hacer cosas puntuales. Un día vió que quedaban pocos pañales, fue a comprar un paquete, vino y me dijo ‘¿ves como no toda la carga mental es tuya?, ¿a qué no te habías dado cuenta de que casi no quedaban, eh?’ Me quedé helada”, apunta con sorna Nerea.

“No es que lleve más carga mental es que la llevo toda. Lo noto porque no sabe ni dónde está el maldito papel higiénico o porque si va solo a comprar tengo que hacerle un mapa del super y la lista de la compra ordenada por pasillos. Por no saber, no sabe ni las citas del médico que tienen sus hijos”, confiesa Ana Rosa.

Para Rocío el problema de la carga mental que sufren las mujeres reside en una cuestión de privilegios, unos privilegios a los que muchos hombres no están dispuestos a renunciar en pro de su comodidad. “Por desgracia creo que nos preparan (porque me niego a decir que eso sea educar) para ver la mancha, ver lo que falta en la nevera y detectar la necesidad de cuidado. Y lo peor es que se nos prepara para que sintamos que es responsabilidad nuestra resolverlo porque, cuando consigues que la otra parte “reaccione”, rápidamente tu mente te juega malas pasadas para que te sientas culpable por no haberlo hecho tú”, reflexiona.

Y aunque desde el punto de vista racional Rocío es perfectamente consciente de que ella tiene tanto derecho como su pareja a desconectar, reconoce que este reparto desigual nace de identificar de forma diferente la idea de merecer el descanso: “A ellos les han enseñado que se merecen descansar, que es un derecho y algo necesario. Saben que lo merecen y piensan que tú también. Por eso me hace gracia cuando dicen: ‘pues descansa, si nadie te lo impide’, como si fueras tú la que no quieres. Y no se dan cuenta de que para que tú puedas desconectar ellos tienen que recoger ese testigo, ser corresponsables y activos de verdad. No vale que sigas siendo tú la que les digas donde está la mancha, la nevera vacía o, en general, la necesidad. Y son perfectamente capaces de hacerlo porque sí saben apreciar cuando toca lavar el coche”, añade.

Nerea, Rocío y Ana Rosa me han pedido mantener su identidad en el anonimato y utilizar nombres ficticios para contar sus respectivas historias en torno al reparto de tareas y la crianza. Nerea y Rocío discuten con frecuencia con la intención de hacer ver a sus parejas en qué situación se encuentran y por qué para ellas es tan importante que cambien su rol en la familia. Ana Rosa por su parte, me dice que se agarra fuerte a la idea de que sus dos hijos varones se impliquen en los cuidados en un futuro: “Estoy depositando todas mis ganas en criar a dos personas autónomas, activas, y empáticas”, concluye.

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