Miley Cyrus o por qué las mujeres difíciles dejaron de pedir perdón

El comunicado de la cantante para defenderse ante las acusaciones de adulterio es recibido con entusiasmo viral. La fecha de publicación no es un detalle sin importancia.

Miley Cyrus o por qué las mujeres difíciles dejaron de pedir perdón

Cyrus en la fiesta de Vanity Fair post Oscar de 2018. Foto: Getty

«Acepto que la vida que he escogido vivir implique que sea totalmente transparente y abierta con mis fans […] Lo que no puedo aceptar es que se diga que estoy mintiendo y ocultando un delito que no he cometido». Miley Cyrus ha descargado en sus redes un rant antológico a propósito del cruce de acusaciones sobre su divorcio con Liam Hemsworth en el que se declara inocente de las acusaciones de adulterio en su separación. Una afirmación totalmente menor a tenor de la verdadera moraleja de su comunicado: he aquí una mujer que da un paso al frente, dispuesta a no pedir por perdón por sus acciones frente a la moral imperante.

Con su texto, Cyrus convierte las supuestas fallas de la mujer ideal en una celebración de las mujer difícil. Lejos de santificarse, la artista reivindica haber «jodido» y engañado a sus relaciones anteriores, haber perdido contratos millonarios y papeles en el cine por fumar marihuana o por publicar fotos donde «chupaba un pastel en forma de pene», haberse metido rayas en un baño y escribir canciones sobre consumir MDMA, cantar desnuda sobre una bola de demolición o afrontar la probabilidad de que «tenga más desnudos en Internet que cualquier otra mujer de la historia». El post ha sido recibido con el consecuente entusiasmo que reciben este tipo de alegatos en las redes en 2019. La fecha de su publicación no es un detalle sin importancia.

Monica Lewinsky pensó en suicidarse en 1998 al explotar su escándalo sexual con Bill Clinton y cuando lo de “ser una Monica” se convirtió en insulto para jóvenes de moral distraída. En 2003, el ex de Paris Hilton filtró a los medios su vídeo sexual casero: la heredera se encerró y solo bajaba a la calle escondida bajo una capucha y gafas XXL que cubrían su rostro («No salí de casa en meses, estaba avergonzada», rememoraría entre lágrimas en el documental The American Meme). Cuando en 2007 se filtraron fotos de Vannessa Hudgens desnuda, la estrella de Disney afirmó sentirse «avergonzada» y pidió disculpas a sus fans en un comunicado de arrepentimiento –un portavoz de la factoría remató la jugada aludiendo que esperaban que ella, y no el hacker, «hubiese aprendido la lección»–. También se disculpó Britney Spears cuando envió una nota manuscrita a los medios avergonzándose de haber dado un paraguazo a un fotógrafo que la acosaba en aquel episodio de crisis nerviosa que la convirtió en una broma planetaria. Scarlett Johansson, aunque no pidió disculpas, tampoco cargó contra los delincuentes que filtraron su famoso desnudo robado y bromeó con la prensa cuando le preguntaron por el hackeo

Todo cambió cuando un «Es mi cuerpo y debería ser mi decisión« apareció presidiendo la portada en la edición estadounidense de Vanity Fair en el número de octubre de 2014. El punto de inflexión en la cobertura mediática de la vida sexual y privada de las celebrities en la era moderna enterraba la clásica postal de estrellas agarradas a un pañuelo, cabizbajas, disculpándose ante las cámaras por desviarse en su camino. El paradigma se transformó cuando Jennifer Lawrence –otro personaje que ha triunfado reivindicándose sin descanso como una mujer salida de la norma–, apareció semidesnuda y poderosa enfrentándose directamente a aquellos que consumieron las fotos íntimas robadas de su móvil. Su contraataque a las imágenes robadas que se vieron por todo Internet era para advertirnos de que lo suyo no era «un escándalo» ni mucho menos. «Esto es un crimen sexual. Una violación», dijo en su entrevista reclamando acción legal contra los hackers. Lawrence, con la evidente posición privilegiada que otorga ser una actriz oscarizada y millonaria, allanaba el terreno antes del #MeToo y del Time’s Up, pero ayudada por la explosión de la narrativa feminista gracias al repunte activista y la pedagogía labrada en la conversación digital.

«Nunca te di permiso para que vieras mi cuerpo desnudo», declaró Jennifer Lawrence a ‘Vanity Fair’ en 2014, rompiendo así los ciclos informativos sobre los supuestos «escándalos sexuales» de las estrellas. Foto: Vanity Fair

La rebelión de las mujeres complicadas es imparable: el consumo de webs femeninas con perspectiva de género se ha expandido en un entorno en el que se ha cancelado el slutshaming para siempre. El mercado abraza la producción ensayística donde se transforma, de forma justa, la antigua percepción de las mujeres difíciles de la historia, desde la versión más pop y glossy de Alana Massey a la revisión de las figuras mitológicas a través de historiadoras como Mary Beard. Podcasts como el de Lena Dunham y Alana Bennett, The C Word, ofrecen programas monotemáticos sobre mujeres a las que «la historia se empeñó en llamar locas». La celebración de las mujeres complicadas es un hecho.

«Durante la última década, hemos asistido a un cambio radical que es tan contemporáneo a esta época como poco reconocido: ahora es completamente normal que las mujeres entiendan sus vidas, y las vidas de otras mujeres, en términos feministas«, escribe Jia Tolentino en su ensayo El culto a las mujeres difíciles, recogido en el reciente Trick Mirror (Penguin, 2019). Lo que antes era visto como un carácter arriesgado ahora es una baza gracias a décadas de pensamiento feminista amplificado en la esfera digital. «Si alguna vez era estándar llamar loca o cargante a cualquier mujer inmanejable, ‘loca’ y ‘cargante’ ahora son vistos como insultos sexistas», destaca en un texto que también expone el lado oscuro de esta tendencia. Por cada Miley exponiéndose sin avergonzarse o cada Monica Lewinsky produciendo una serie para redimirse del extremo asedio sexista al que fue expuesta, personajes como Melania Trump gritan ‘machismo’ cuando la prensa interpreta que es ofensiva la chaqueta que dice «A mi no me importa, ¿a ti?» al visitar rodeada de cámaras a niños migrantes separados de sus padres en Texas. «Hemos enseñado a gente a la que no le importa nada el feminismo a cómo hacer precisamente esto, cómo analizar a las mujeres y analizar cómo la gente reacciona ante las mujeres, cómo leer e interpretar estos símbolos sin fin».

Más allá del uso aprovechado por ciertos sectores reaccionarios que se agarran de forma puntual al feminismo mientras atacan y desmerecen al activismo el resto del tiempo, la identificación con las mujeres difíciles seguirá siendo aplaudida y viralizada sin freno (ahí está el éxito virtual de Olvido Hormigos en versión española). La fórmula funciona por pura empatía, porque cuando celebramos las historias de esas famosas, tal y como recuerda Tolentino, «también reclamamos las historias que rodean a mujeres corrientes».

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