La Manada o el mito de perdonar al hombre imbécil

El abogado de los acusados de la violación múltiple humaniza a los presuntos agresores llamándoles "verdaderos imbéciles" pero "buenos hijos". ¿Es mejor redimir a un pobre idiota que a un ser malvado?

La Manada

"Los chicos siempre serán... buenos seres humanos", una de las pancartas vistas en las protestas de las marchas de las mujeres el pasado mes de enero. Foto: Wikipedia Commons

“No son modelo de nada, incluso pueden ser verdaderos imbéciles, con comportamientos en sus mensajes patanes y primarios, interesados por el fútbol, la pertenencia al grupo y mantener relaciones sexuales con muchas mujeres. Pero también son buenos hijos”. Parte de la estrategia de Agustín Martínez Becerra, uno de los abogados de los cinco acusados por la presunta violación en grupo de una joven en los sanfermines de 2016 –él representa a tres de ellos–, fue la de basar los minutos finales de sus conclusiones en empatizar y humanizar a unos “imbéciles”, amigos de sus amigos, que se buscan la vida como pueden. Unos chavales con “conversaciones privadas de patanes” pero que, fíjense, quieren a sus madres, y posiblemente hasta echaran una mano en el ámbito familiar. He aquí la variación hecha alegato defensor del Señoras que dicen en la tele que su vecino asesino siempre saludaba. O del “hombres, ya sabes…” que se dice, desde siempre y encogiendo los hombros, para exonerar a todo un género por el mero hecho de serlo. Porque es mucho más digno perdonar a un pobre idiota que a un violador.

“Ser incompetente es menos perjudicial que ser malvado”, resume Lili Loofbourow en su reciente (y viral) ensayo El mito del hombre inepto (publicado en The Week), a propósito de todos estos señores que últimamente se escudan en ser desastres andantes para redimir sus pecados. Hombres que dicen ser pésimos en su trabajo (el fiscal general Jeff Sessions testificando sobre el posible contacto del equipo de Trump con agentes rusos dijo que “no éramos un equipo muy efectivo”). Hombres a los que no le constan cosas, que no saben, que desconocen (como los indignados Ben Affleck o Matt Damon ante el caso Weinstein) y que se muestran asombrados y estupefactos ante revelaciones o escándalos que les salpican de lleno, supuestos secretos a voces en su entorno.

Como si de una variación de la “banalidad del mal” de Hannah Arendt se tratara, Loffbourow reflexiona sobre “la epidemia de hombres ineptos” que nos ha tocado vivir. Si Arendt denunció a esos hombres que no parecían “pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terroríficamente normales” a los ojos de una sociedad sumida en la “irreflexión”, en el juicio de La Manada la defensa apela a esa singularidad de los acusados. Chavales “unidos a sus familias y amigos” y con ganas de prosperar en la vida. Son “buenos hijos”, resume su abogado. Del patriarcado, añadiría Loffbourow. De una cultura que normaliza atrocidades y las exime de culpa, apelando a una especie de idiotez de serie de sus perpetradores. Hombres que dicen ser incapaces de distinguir entre sexo consentido o no cuando son acusados de violación o cuando se descubre su cuidada metodología depredadora –parte de La Manada también está implicada en otro supuesto caso de agresión sexual en Pozoblanco–.

Para Loffbourow, la excusa de la incompetencia masculina es un auténtico virus social. “Dejadme hacer una proposición controvertida: los hombres son tan furtivos, calculadores y venenosos como se sospecha que son las mujeres. Y el inepto, esa figura que los protege de esta desagradable verdad, es la mejor y más dura prueba”, defiende. Para probarlo recurre a las estrategias de premeditación adoptadas por algunos de los hombres célebres acusados de acoso y abuso sexual en los últimos meses: Weinstein destruía carreras de actrices y contrató a espías del Mossad para frenar las denuncias, Roger Ailes grababa a sus víctimas de abuso en situaciones comprometidas por si decidían acusarle. Aquí, los miembros de La Manada robaron y destrozaron el móvil de la víctima tras la supuesta agresión.

Reflexionar sobre las raíces de esta cultura masculina es una de las claves de la ensayista. “La primera fase de un fenómeno como este es que siempre se retratará a estos hombres como excepciones, manzanas podridas. Con cosas como el #NotAllMen. La segunda es ver que todo el mundo va a tratar de retratar el acoso sexual como algo natural. El argumento de que ‘Si hay tantos haciendo estas cosas será porque los hombres son así’. El subtexto es que no pueden evitarlo porque son ineptos”, lamenta. Por ello apuesta por “romper con esa coartada”. La única forma, según la autora, pasa por “despojarnos de nuestra ceguera cultural al comportamiento masculino manipulador. Debemos ser más inteligentes que nuestros fallos. Necesitamos deshacernos de guiones exculpatorios que misteriosamente han permitido que todos esos incompetentes se vuelvan admirados, aún cuando mantengan que son unos críos en lo moral”. El mismo perdón a unos “patanes primarios” que pide la defensa de los lobos de La Manada.

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