«Dijeron que mi carrera avanzaba lento porque «nadie quiere follarte»»

Ally Sheedy, actriz emblema de los 80, explica por qué su carrera no prosperó y desgrana la cultura tóxica de Hollywood en 'Estasy', un ensayo incluido en la compilación de Roxane Gay 'No es para tanto' (Capitán Swing).

Ally Sheedy y Matthew Broderick en 'Juegos de Guerra' (1983) Foto: Cordon Press

(Este es uno de los distintos ensayos que Roxane Gay ha compilado en ‘No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación’ (2018, Capitán Swing), que sale hoy a la venta en librerías)

Tenía dieciocho años cuando llegué a Hollywood para iniciar mi carrera como actriz. Me había criado en Nueva York, en gran parte rodeada de feministas. Mi madre, Charlotte, me llevaba con ella a las reuniones en petit comité de las bases que acabaron evolucionando en el movimiento de liberación de las mujeres de la década de 1970 y había asistido a debates acerca del marco de la Enmienda de Igualdad de Derechos, a manifestaciones y a sesiones de concienciación.

En una sesión especialmente concebida para niños, una mujer demostró cómo cambiaba su forma de andar cuando se ponía unos tacones altos. Recuerdo claramente que alguien dijo:

—Con esos tacones no se puede correr.

Hollywood fue, por decirlo suavemente, un shock.

Sheedy, con Sean Penn en ‘Bad Boys’ (1983). Foto: Cordon Press

En uno de mis primeros castings, un director me dijo que le gustaba, pero que no podía seleccionarme para el elenco porque había una escena «de playa». Al parecer, mis muslos y mi trasero iban a obstaculizar mi incipiente carrera. Medía 1,69 metros y pesaba unos 60 kilos.

En 1920 se añadió a la Constitución de los Estados Unidos la Enmienda XIX, que reconocía el sufragio femenino. Las sufragistas consideraban que la concesión del voto no era suficiente y para garantizar los derechos de las mujeres propusieron la Enmienda de Igualdad de Derechos o Equal Rights Amendment (ERA). Redactada en 1923 por Alice Paul, la ERA exige la igualdad de derechos y la no discriminación por razón de sexo. Desde 1923 se ha presentado al Parlamento sin éxito; tras las batallas en diferentes legislaturas no ha sido ratificada.

Poco importaba que hiciera un buen papel en las audiciones, que fuera inteligente y que tuviera un don natural para la interpretación. Mis muslos eran «el problema».

Así que hice dieta… todo el tiempo. Averigüé que aportara lo que aportara a un papel mediante el talento quedaría instantáneamente desterrado por mi aspecto físico. Y entendí que mi éxito dependería de lo que los mandamases opinaran de mi cara y de mi cuerpo. Tuve que echar por la borda todo lo que había aprendido en casa mientras me adaptaba a aquellos nuevos requisitos: mi aspecto físico era lo primordial.

De hecho, ni siquiera tenía que ver con que fuera guapa o delgada; el tema es que no era sexi. Cuando al fin conseguí mi primer papel importante en una gran película, como regalo de bienvenida me entregaron un aparato para ejercitar los muslos y me indicaron que lo apretara entre las piernas al menos cien veces al día. En una ocasión, al llegar a plató, un director de fotografía me espetó que no podía filmarme «con ese aspecto». Y me lo dijo delante de todo el equipo. Supongo que se me veía muy ancha con la falda que me habían dado para que me pusiera.

El elenco de ‘St Elmo, punto de encuentro’ (1985): Ally Sheedy, Judd Nelson, Emilio Estevez, Demi Moore, Mare Winningham, Rob Lowe, Andrew McCarthy. Foto: Cordon Press

Pocos años después me dijeron a bocajarro que mi carrera avanzaba con lentitud porque «nadie quiere follársete». Había algo en mí, en términos sexuales, que no vendía.

En mi caso, iniciar una carrera cinematográfica supuso todo un desafío, pero para las mujeres jóvenes de hoy en día se antoja algo casi imposible.

Doy clases de cine y teatro a estudiantes adolescentes en una escuela pública de Nueva York, de manera voluntaria. Son alumnos con aptitudes, y con los de penúltimo año recientemente hemos completado una interpretación de escenas de Shakespeare para el resto del departamento de teatro. Pregunté a cuatro actrices de dieciséis años, con verdadero talento interpretativo y agallas, qué habían experimentado al intentar dar el salto al mundo profesional: Kai, Michelle, Layla y Jo.

Sheedy, con parte del elenco de ‘El club de los cinco’, 1985. Foto: Getty

Kai, que interpretó a lady Macbeth, me explicó que tenía trece años la primera vez que recibió una llamada de un agente y que invitaron a su padre a salir de la estancia:

–Entonces me preguntaron cuánto medía y cuánto pesaba y me dijeron que tenía que indicar mi peso en el currículum. Me preguntaron la talla de sujetador y me recomendaron: «Cultiva tu sex appeal».

A los quince años le preguntaron si se sentiría cómoda «refregándose con una mesa» en la sala de audiciones y a su madre le preguntaron si se sentiría «cómoda» dejando que Kai trabajara en braguitas y sujetador.

Me explicó que ahora la enviaban a audiciones en la «categoría de furcia» y que le habían dicho que adelgazara hasta tener una talla 36 porque, de lo contrario, su agente no firmaría la renovación del contrato. Así que, según me dijo, Kai entiende que «lo primero es la talla que uses»; poco importa que sepa interpretar a lady Macbeth a los dieciséis años, porque, si quiere tener trabajo, tendrá que conformarse con interpretar a personajes delgados e hipersexualizados.

Layla, que escogió interpretar a Yago en una escena de Otelo, también me comentó que el personal de los castings la había «encasillado»:

—Me contratan por el tamaño de mis tetas y de mi culo o por el color de mi piel. Así que suelen darme el papel de la peluquera, pero nunca el de una universitaria guapa.

Michelle, que interpretó a lady Ana en Ricardo III y, además, canta, escuchó a un director decir tras una audición: «Estaba tan ensimismado mirándole las tetas que no le he escuchado la voz».

Según me explicó:

—Para algunos papeles tengo demasiado pecho o demasiadas curvas.

Con Phoebe Cates en ‘El color del odio’, 1989. Foto: Getty

Y esto no ocurre solo en el mundo del cine y el teatro:

—Un día, en clase, un profesor no dejaba de mirarme; no me quitaba la vista de encima—comentó Michelle—. Y no paraba de hablarme de su esposa. Mis amigas me dijeron que, al salir yo de clase, había dicho: «¡Quién tuviera edad de estar en el instituto!» en alusión a mí. Lo denuncié y no pasó nada. Incluso los profesores te ven bajo esa luz.

Estoy hablando de adolescentes con un talento impresionante a quienes no juzgan por este: sus cuerpos son ya fundamentales para el trabajo que quieren hacer y solo va a ir a peor. A los dieciséis años, a estas estudiantes las están juzgando por su atractivo sexual. Tienen un don para la interpretación, pero no es suficiente.

Como dice Michelle:

—Nos aconsejan que «explotemos nuestros activos para conseguir trabajo: las tetas, el culo».

Jo, que encarnó a Paulina en Cuento de invierno, añadió:

—No les importa el talento, solo el «aspecto».

Kai pregunta:

—¿A qué se refieren cuando hablan del «aspecto»? ¿Qué quieren decir? ¿Cómo debería ser?

Fotograma de ‘Cortocircuito’, Ally Sheedy con Número 5 en 1986.
Fotograma
249/cordon press

Al parecer, ahora por «aspecto» se entiende ser superdelgada en la zona del estómago, tener grandes tetas y un gran culo, ser guapísima y no tener miedo a enseñar los pezones. La primera vez que me hablaron del tema de los pezones me quedó claro que no se trata de la mentalidad de «quemar el sujetador» de mi época. Estas jóvenes deben sentirse cómodas sin llevar sujetador y con los pezones marcándoseles bajo una camisa fina, unos pezones, claro está, que formen parte de un pecho perfecto, lo bastante grande para ser sensual, pero sin que llegue a resultar «vulgar».

Entre tanto, un director le comentó hace poco a Kai: «No veo la inocencia».

—Estoy a un paso de tirar la toalla —me confesó Kai.

Estas muchachas afirman que los hombres han concebido una imagen inalcanzable de ellas para su vida profesional y que quienes la compran han acabado por pensar que es real.

Layla se lamentó:

—No es posible cambiar las reglas. Es una actitud psicológica. No se hace nada por corregirla. Y cada vez va a peor. La gente cree que el problema se está arreglando… Pero no es así. No se puede arreglar.

Ally Sheedy, Tom Hanks, Melanie Griffith y Eric Roberts en la edición número 46 de los Globos de Oro en 1989. Foto: Cordon Press

Soy consciente de que soy una privilegiada: soy blanca y trabajo en la industria del cine y la televisión. He tenido oportunidades magníficas, me he dejado la piel para hacerlas realidad y les he sacado el máximo provecho. Pero también tomé la decisión consciente de no venderme de manera sexual, y pagué un precio por ello. Es muy muy difícil forjarse una carrera como actriz sin convertirse en un objeto sexual; yo he sorteado este terreno minado durante treinta años con distintos grados de éxito. He denunciado públicamente el sexismo en este sector y he tenido que afrontar las reacciones críticas. Me han llamado «amargada» y me han acusado de tener un «comportamiento cobarde». Pero ni me he inmutado.

Sencillamente había cosas que no estaba dispuesta a hacer, como una película con un (gran) director en la que tenía que rodar una escena con camisa y sin bragas, por ejemplo. (Supongo que intentaba hacer algún tipo de alegato). Rechacé el consejo de «quedar» con hombres que podían ayudarme a progresar en mi carrera. No me presenté a audiciones que me parecía que ensalzaban el trabajo sexual, que retrataban abusos sexuales a mujeres de manera gratuita o que me obligaban a dejar mi identidad en la puerta. (Y todas esas películas se convirtieron en éxitos sensacionales).

Pero esa es la imagen de las mujeres que transmiten los medios de comunicación. Ha habido algunos avances, supongo, pero no demasiados. Es una lucha frustrante y desmoralizadora que, pese a todo, ha conocido algunas victorias. Y yo sigo amando mi profesión. Prácticamente no hay nada que me guste más que un buen papel.

Con Rob Lowe en una escena ‘Oxford Blues’, 1984. Foto: Getty

¿Por qué el aspecto físico de las mujeres es tan importante en el cine y el teatro? Sean Penn es el actor con más talento de mi generación y no creo que nunca se haya puesto bótox. Y tampoco creo que Bryan Cranston se haya puesto implantes en las nalgas.

¿Qué puede hacer una mujer? Basta con encender la televisión para tener una buena dosis de cultura de la violación. Yo he procurado forjarme una carrera sin alimentarla. De hecho, sigo intentándolo.

En mi juventud existía el papel de la «mujer explosiva» y el de la amiga menos atractiva. Ahora, a mi edad, es un poco distinto: por cada cinco papeles protagonistas para hombres de mi edad, hay uno para mujeres. Está el papel de madre y poco más. Uno de mis papeles televisivos favoritos hace unos años fue el de una abogada despiadada que el guion describía como «mujer de unos cuarenta años», brillante y… delgada. A veces los personajes que interpreto o que podría interpretar se describen como «mujer aún atractiva» a pesar de su edad, porque las mujeres de mi edad no suelen ser atractivas, o eso parece creer Hollywood.

Los mejores papeles que me ofrecen son los de mujeres complicadas, oscuras o desequilibradas. Y me encantan, porque puedo concentrarme en hacer mi trabajo, sin preocuparme por si un productor me considera «sexi» o razonablemente atractiva para mi edad…, pero no son papeles fáciles de encontrar. Mi hija me pregunta por qué me gusta tanto interpretar a mujeres trastornadas: la respuesta rápida es «porque no hay maquillaje», seguido de «porque no hay hombres».

Desde las charlas feministas en Columbia y Barnard cuando era estudiante pasando por mi carrera como actriz en Hollywood y otros lares, hasta mi trabajo como profesora de interpretación en una prestigiosa escuela pública, veo que la lucha por los derechos de las mujeres continúa. Yo puedo mirarme al espejo sin sentir vergüenza (aunque siempre con alguna factura por pagar) porque me las apañé para eludir la explotación desenfrenada en mi sector. Pero ¿qué les digo a mis alumnas? ¿Cómo puedo disuadirlas de aceptar que su éxito depende de su físico sin explicarles también que pueden estar contribuyendo a perpetuar los estereotipos que les impiden avanzar?

En la cinta independiente ‘Sugar Town’, junto a Rosanna Arquette (1999). Foto: Getty

Los problemas que afrontan las mujeres en el mundo del cine y la televisión no se circunscriben a un salario igualitario para actrices blancas ricas: siento vergüenza al escuchar a compañeras millonarias quejarse de que les pagan solo 400.000 dólares, por más que eso sirva para ilustrar la brecha salarial entre hombres y mujeres en este sector.

Considero más importante abordar la ausencia de una plataforma para mujeres jóvenes con un talento extraordinario que no son ni delgadas, ni rubias, ni blancas y a quienes los poderes fácticos no consideran sexualmente apetecibles. Es más importante subvertir el frustrante statu quo integrado todavía por poderes fácticos masculinos que ocupan un espacio desproporcionado tanto en las salas de casting como en las salas de juntas.

Tenemos que acabar con un sistema en el que solo los hombres blancos deciden cuándo una mujer, en cualquier posición, «privilegiada» o no, merece tener poder y capacidad de acción.

Aún sigo lidiando con el estándar del aspecto sexual en el mundo profesional. Cuando me llaman para ofrecerme un papel o una audición para la televisión o Hollywood, mi talento nunca se pone en duda. El «estudio» o la «cadena» quieren filmarme para comprobar mi aspecto actual.

Yo nunca he estado sola en una habitación de hotel con Harvey Weinstein, pero sí he asistido a «cenas» que parecían hechas para ligar y he entrado en habitaciones donde me han repasado de arriba abajo y luego he recibido llamadas telefónicas o propuestas para tener una «cita» que he rechazado.

Steve Guttenberg y Ally Sheedy en una escena de ‘Cortocircuito’ (1986). Foto: Getty

Hoy en día, si el productor, el ejecutivo o el cineasta al cargo me encuentran sexualmente atractiva me incorporan al reparto. Así es como funciona esto. Esa es la esencia de este mundo. Si el desastre de Harvey Weinstein sirve para ilustrar algo es toda esta estructura de poder. Los detalles escabrosos de sus violaciones son repugnantes y, al mismo tiempo, un escudo frente a la mayor toxicidad de esa estructura de poder.

Su comportamiento y sus delitos son tan… ¿qué? ¿Innegables? ¿Alarmantes? ¿Inexcusables?

Cualquier hombre culpable de la industria del espectáculo puede cubrirse de una dignidad fingida como si de una manta de negación autoprotectora se tratara y afirmar en público (o en privado): «Yo nunca hice eso… exactamente». Algunos de los actores que han expresado su «apoyo» a las mujeres que han denunciado públicamente a Harvey Weinstein son culpables de un comportamiento idéntico o similar al de este. Manifestar su respaldo a esas mujeres es una buena estrategia promocional para ellos, pero hay bastantes mentirosos.

Sheedy en ‘Little Sister’ (2016). Foto: Cordon Press

Hay montones de directores, ejecutivos y productores que no han abierto la boca porque son cómplices y se comportan exactamente igual que Weinstein. Y no les interesa que su nombre salga a relucir.

Pero esto no va de dar nombres. No tengo dinero suficiente para afrontar una demanda legal, pero lo que sí tengo es el corazón roto. Nada cambiará en Hollywood. Algunos hombres se volverán más cautelosos. Otros fingirán que nunca se comportaron como depredadores y esperarán a que toda esta tormenta amaine. Lo más descorazonador es saber que los enfermizos actos de Harvey Weinstein (finalmente) se juzgarán y que, pese a todo, la cultura y el contexto de toda esta mierda enfermiza continuarán vigentes.

Espero equivocarme.

Espero que la situación cambie.

Pero espero sentada.

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