Castigada cuando eres la víctima: el doble rasero del escándalo sexual de la congresista demócrata Katie Hill

La política se ha visto obligada a dimitir tras la publicación de fotografías de carácter sexual en las que aparecía mientras otros políticos, incluidos el presidente de EEUU, están acusados de acoso y agresiones sexuales y siguen en el cargo.

Katie Hill

Katie Hill en una conferencia de prensa el pasado mes de junio. Foto: Getty

Lo que está pasando en el Congreso de EE UU no solo es un «escándalo sexual» al uso, es otro ejemplo del histórico doble rasero al que se someten las mujeres en la política y las víctimas de pornovenganza. EL PAÍS recoge hoy la dimisión a la que se visto abocada la joven congresista demócrata por California Katie Hill, la primera bisexual en la historia en llegar a la Cámara de Representantes de EE UU, tras unos días de intensa presión social, al ser acusada de haberse acostado con un miembro de su equipo en el Congreso y haber mantenido relaciones con una ayudante de su campaña. Tal y como explica en su crónica Amanda Mars, las relaciones han salido a la luz tras difundirse en un portal web (afín a los republicanos) una serie de fotografías y mensajes íntimos de la congresista, algo que ella atribuye a su marido, del que se está divorciando. A pesar de las aparentes relaciones consensuadas entre los implicados, y frente a un escenario de acción política poco ético, Hill niega las acusaciones de mantener relaciones sexuales inapropiadas con su subordinado, Graham Kelly (las normas del Capitolio prohíben las relaciones íntimas entre legisladores y empleados) pero sí ha admitido el affair con su ayudante antes de asumir el cargo de legisladora. Hill asegura en su vídeo de comunicado de despedida que los medios republicanos han dado espacio a los «abusos» cometidos por su marido y asegura que llevará a los tribunales esa violación de su intimidad.

El supuesto caso de ciberacoso y pornovenganza al que está siendo sometida Hill ha sido prácticamente ignorado por la plana mayor de sus compañeros de partido. Mientras Nancy Pelosi apelaba a la «dignidad e integridad en la Cámara» con su renuncia, muy pocas voces han salido a defender a la que fuese líder del grupo de novatos en el Congreso. Kamala Harris, precandidata demócrata a la presidencia, sí que ha alzado la voz para asegurar que Hill «es víctima de ciberexplotación» y ha hecho hincapié en el doble estándar a la hora de valorar moralmente la sexualidad en función del género: «No se juzga con los mismos parámetros».

La periodista Jessica Valenti se suma a las críticas y lamenta en una columna que la congresista «sea castigada por un crimen del que es la propia víctima». En su texto, Valenti recuerda que la pornovenganza es «una forma de abuso sexual y doméstico. Es una manera de controlar, humillar y castigar» a las mujeres. Algo en lo que la propia Hill ha incidido en su renuncia cuando ha justificado así su dimisión: «Para que la buena gente que me ha apoyado no tenga que estar sujeta al dolor infligido por mi marido abusador y la brutalidad y odio en sus métodos que alimentan felizmente a una plataforma en la que un monstruo impulsa su campaña de desprestigio a través de la ciberexplotación».

Time, por su parte, ha analizado el caso de Hill en clave millennial, una generación que convive con el envío de nudes (desnudos) de forma mucho más normalizada que las anteriores. «El caso de Hill es una intersección de tres factores: tecnología, sexo y poder. La tecnología ha cambiado el poder y el poder es vulnerable a una cadena de desgracias que no existían hace una década», apunta Charlotte Alter.  La periodista asegura que el caso de Hill no será el último, ya que esta misma tecnología es la que «ofrece nuevas formas humillantes de documentar los encuentros sexuales, y todos los encuentros sexuales –especialmente cuando involucran a una figura pública– ahora están sujetos a un brutal escrutinio público».

El caso de Hill es bastante simbólico si tenemos en cuenta otros supuestos «escándalos» vividos en el mismo Congreso, tratados de forma diferente. La CNN recopila en The curious case of Katie Hill otros episodios en los que los implicados (hombres y republicanos) han salido airosos y sin renunciar a su cargo. «El perdón, cuando se trata del desorden de la política, es un privilegio mal distribuido. Más específicamente, es desproporcionado entre mujeres y demócratas», resume en su análisis Brandon Tensley.

El senador republicano David Vitter admitió en 2007 estar implicado en una trama de prostitución mientras ocupaba el cargo. En 2010, fue reelegido para el Senado.

El también republicano Mark Sanford completó su mandato como senador de Carolina del Sur tras admitir en 2009 que había utilizado a su equipo para mentir a la prensa sobre su paradero mientras mantenía un romance, costeado por los contribuyentes, en Argentina. En 2013 se volvió a presentar y ganó un asiento en el Congreso.

El republicano Scott DesJarlais de Tenesse también sigue en el Congreso después de que se filtrara en los documentos de su divorcio que había tenido múltiples romances extramaritales y que a una de ellas la presionó para abortar.

Duncan Hunter, un republicano representante de California en el Congreso, fue acusado este mismo mes de junio de haber empleado gastos de su campaña en affairs extramatrimoniales con trabajadoras del Congreso (fue declarado no culpable en el juicio). También sigue en el cargo.

Todos estos nombres se suman al de Donald Trump, el presidente de EE UU, que ha sido acusado por más de una docena de mujeres de acoso sexual y asalto y sigue en el cargo.

El paradigma Olvido Hormigos

La concejal socialista de Los Yébenes (Toledo) Olvido Hormigos estuvo a punto de dimitir en el verano de 2012 después de que un vídeo íntimo se viralizase en su municipio y se propiciase un debate nacional sobre la ciberexplotación sexual.»En dos horas lo tenía todo el pueblo y gente de los pueblos de alrededor», explicó la afectada en plena debacle mediática por su caso. «No dimito. Lo que hice no es delito», fue la reacción de la edil frente a una campaña de desprestigio, mucho más incisiva al darse en un municipio de 6.400 habitantes. Hormigos decidió no presentar su renuncia y replanteó su decisión después de que sus compañeros en el PSOE (Elena Valenciano la animó a no dejar el cargo desde su cuenta de Twitter) y un fuerte respaldo en redes sociales (incluido el de Esperanza Aguirre) para que no dejase su puesto. Hormigos decidió entonces presentar una denuncia en la Guardia Civil porque aseguró que la grabación se difundió desde la alcaldía de Los Yébenes, del PP. La causa fue archivada alegando que el sexting entre Hormigos y su amante fue el causante de la ciberhumillación que sufrió la concejal. Hormigos envió el vídeo a Carlos Sánchez, el futbolista de 27 años con el que mantenía una relación, pero fue él el que, traicionando su confianza, supuestamente lo divulgó por primera vez y de ahí se pasó al caso de ciberexplotación que todos conocimos.

Hormigos, alejada ya de la esfera política, se ha convertido ahora en un personaje habitual de las televisiones y una férrea activista contra el slut shaming y la pornovenganza en redes. Una estrategia activista a la que también se sumará Katie Hill para que otras mujeres no tengan que verse siendo acusadas y degradadas por los delitos que otros cometen sobre su propia intimidad.

Caso Iveco

También en España la pornovenganza ocupó cientos de titulares este mismo año cuando a finales de mayo una empleada de la filial de Iveco en San Fernando de Henares (Madrid) se suicidó tras llevar meses soportando que sus compañeros difundieran masivamente un vídeo de carácter sexual en el que aparecía.  CC OO (el sindicato al que la mujer estaba afiliada) denunció los hechos ante la Inspección de Trabajo al considerar que la compañía ni evaluó el riesgo, ni tomó las medidas preventivas ni activó el protocolo correspondiente ante lo que calificaron de un “claro caso de acoso sexual”. Se llamaba Verónica, tenía 32 años y era madre de dos hijos.

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