Por qué Susan Sontag dejó que su exmarido robase parte de su trabajo y obra

Una nueva biografía confirma que fue ella quien escribió, al menos en gran parte, una de las obras cumbre del sociólogo Philip Rieff. Si renunció a la autoría fue por un acuerdo de divorcio que se vio obligada a firmar para tener la custodia del hijo que compartían.

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Sontag, en una imagen de 1972. Foto: Getty

Todo lo que se ha escrito sobre Susan Sontag –o sobre quien se supone que fue Susan Sontag– parece haber relegado a un segundo lugar sus propios escritos. Desde el principio, su personalidad y su aspecto se sometieron a debate igual o más que su obra. Y lo que es peor: en muchos intentos por descalificarla la estrategia se basó en combinar ambos aspectos. “Si hubiera justicia en este mundo, Susan Sontag sería fea, o al menos poco atractiva”, comentaba una crítica en The Washington Post de 1967. “Ninguna mujer tan atractiva tiene derecho a tanto cerebro”. Esta misma fijación por el icono Sontag se trasladó después de su muerte a las descripciones que se hicieron de ella. Sin embargo, entre tanto ruido ha pasado casi desapercibido uno de los supuestos episodios más dolorosos en la vida de Sontag: que fue ella quien escribió, al menos en gran parte, Freud: The Mind of The Moralist, una de las obras cumbre de su ex marido, el sociólogo Philip Rieff. Así parece confirmarse en una nueva biografía de Sontag escrita por Benjamin Moser –se publicará en septiembre con el nombre Sontag Her life and Work (Harper Collins)–, si la escritora renunció a la autoría del libro fue por un un acuerdo de divorcio que se vio obligada a firmar para poder quedarse con la custodia del hijo que compartían.

La historia se remonta a 1949. Sontag tenía tan solo 17 años cuando recibió una beca para estudiar en la prestigiosa Universidad de Chicago, donde empezaba a destacar el profesor Philip Rieff, una joven estrella interesada en Sigmund Freud y las nuevas teorías sociológicas de la cultura. Lo que hoy podemos leer es que un día, al finalizar la clase, Rieff se acercó a la joven y, atraído tanto por su timidez como por su belleza, la invitó a salir. Disfrutaron de una velada juntos y, al día siguiente, él le propuso matrimonio durante el desayuno: a los diez días estaban casados y, unos meses después, Sontag daría a luz a su primer hijo, David Rieff. Con 19 años, Susan Sontag parecía haber cumplido ya con la mayoría de exigencias de la vida adulta, y lo cierto es que nunca se arrepintió de estas decisiones. Para ella fueron una forma de demostrar que no era, ni quería volver a ser nunca, una niña.

Tal y como cuenta el libro Agudas (Turner, 2019) de Michelle Dean, en esta etapa la pareja vivió en una especie de delirio académico: “Sontag nunca contó gran cosa sobre la atracción física entre los dos, pero el vínculo intelectual fue transformador”. Sin que podamos juzgar si la boda con Rieff fue una decisión práctica o motivada por el enamoramiento -los escasos ingresos de Sontag apuntan a lo primero- lo cierto es que ella siempre admitió que existía una enorme complicidad entre ambos. En un cuento autobiográfico describe la euforia y felicidad que sintió durante su matrimonio: “nos pasamos siete años hablando”; y lo confirmó también en sus cuadernos: “me caso con Philip con plena consciencia y por el miedo a mi tendencia a la autodestrucción”.

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Portada de la biografía de Benjamin Moser donde se especifica la investigación de este episodio de su vida. Foto: Harper Collins

Fue también durante este tiempo, según señala ahora Moser, cuando escribieron a cuatro manos Freud: The Mind of The Moralist. Si hasta ahora la mayoría de sus biógrafos, amigos y conocidos reconocían que Sontag debía haber influido y revisado la escritura del libro, lo que se denuncia ahora es que la historia se ha contado con los papeles invertidos: la mayoría de ideas fueron de Sontag, mientras que Rieff sirvió únicamente como apoyo. Para probarlo, Benjamin Moser se basa en distintas declaraciones de personas cercanas a la pareja, como las de una amiga de Sontag -“Susan se pasaba todas las tardes reescribiendo todo desde cero”– o las de una carta que le escribió a su madre- “estoy trabajando unas 10 horas cada día en este libro, voy por la tercera parte”-. Pero lo que resulta más revelador son las acciones del propio Philip Rieff, quien debió de ser incapaz de asumir que su mujer, más inteligente y aguda que él, quería el divorcio para poder desarrollar su carrera en solitario. En una extensa entrevista con el periodista Jonathan Cott para Rolling Stone –traducida y editada recientemente por Alpha Decay–, Sontag explicaba los motivos de esta decisión: “Es muy duro tener varias vidas y tener un marido, o al menos el tipo de marido que tuve yo, que fue increíblemente intenso. Estábamos juntos todo el tiempo. Y es imposible vivir con alguien las veinticuatro horas del día, años y años, sin separarse nunca, y tener la libertad para crecer y cambiar y volar a Hong Kong si uno tiene ganas. Por eso digo que en algún punto del camino hay que elegir entre la Vida y el Proyecto”. Lo que parecía el enlace entre dos almas gemelas se convirtió para ella en una prisión.

En una biografía anterior escrita por Daniel Schreiber se cuenta que entre los acuerdos de un divorcio (que él nunca deseó) se estipulaba que Rieff sería siempre nombrado como el único autor de Freud: The Mind of The Moralist. La contribución de Sontag al libro quedó reducida así a un “agradecimiento especial a Susan Rieff” en el prefacio de la primera edición. Se trataba de un detalle envenenado de paternalismo, puesto que Susan nunca quiso cambiar su apellido por el de su marido.

El enfrentamiento no quedó aquí. A pesar de que en el mismo acuerdo se establecía que ella se haría cargo de David sin recibir, por petición de la propia Sontag, ninguna pensión de su ex marido, Rieff trató de obtener la custodia del niño por demanda judicial. La alegación argumentaba que Sontag, debido a sus relaciones lesbianas, no podía seguir ejerciendo de madre. Nunca llegó a conseguir su objetivo, pero este proceso la dejó marcada el resto de su vida. A Rieff, por su parte, le costó 40 años mostrar su arrepentimiento en una carta: «Susan, amor de mi vida, madre de mi hijo. Coautora de este libro: perdóname. Por favor. Philip”.

En un intento por rebajar el daño, los artículos que abordan la obra y biografía de Philip Rieff se afanan en señalar que, más tarde, Susan Sontag se convirtió en una figura mucho más reconocida. Y es cierto. Solo hace falta pisar una librería –en la que sería imposible encontrar ningún libro de Rieff traducido al castellano– para entender que Sontag –celebrada incluso por las hermanas Kardashian, Katy Perry o Lady Gaga en la Met Gala– es hoy una escritora mucho más evocada que su ex marido. Sin embargo, si descendemos a la sala de máquinas de la cultura académica de la última mitad del siglo XX, descubriremos que Philip Rieff es considerado para muchos el mejor sociólogo del siglo pasado, y que su notoriedad se fundamenta principalmente en dos obras: Freud: The Mind of The Moralist y The Triumph of The Therapeutic: Uses of Faith After Freud –que son, en cierto modo, el mismo libro escrito desde perspectivas diferentes–.

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La intelectual, en una imagen de 2003 en el festival de Edimburgo. Foto: Getty

“Para el diagnóstico cultural de rango medio con un toque de teoría social, se leía a Foucault o a Bauman”, explica Charles Turner. “Rieff murió casi como un hombre olvidado”. Pero no es del todo cierto: aunque estuvo casi 30 años sin publicar, su interpretación de la obra de Freud marcó un antes y un después, especialmente porque su diagnóstico sobre el nacimiento de la “sociedad terapéutica” está en el origen de casi todas las teorías contemporáneas que asumen que el capitalismo tardío se ha aliado con el discurso de la psicología y la salud para conquistar el alma humana. Recurrentemente, Rieff aparece citado como una de las fuentes primarias sobre cultura de la autoayuda, ideología del bienestar obligatorio o nuevas industrias de la felicidad. Llegando hasta hoy, su interpretación de Freud -y de las consecuencias culturales de su pensamiento- se ha convertido en un referente para las nuevas corrientes de conservadores estadounidenses. En otras palabras: aunque el nombre de Philip Rieff no se haya filtrado a la cultura mainstream más allá de EEUU, su obra ha tenido una enorme influencia para el pensamiento contemporáneo.

La pregunta, entonces, es qué hubiera ocurrido si Sontag figurara como autora de este libro. Probablemente nada, más allá de que su nombre estuviera en las biografías de otros tantos trabajos académicos. Sin embargo, lo que constata esta historia, una vez más, son las enormes trabas que debía superar una mujer, más si era madre, para tener éxito; y que cuando lo conseguía debía enfrentarse a las voces que la señalaban por desviarse del camino. Que Susan Sontag fue unas de las mentes más espléndidas del s.XX ya lo sabíamos, pero que tuviera que renunciar a sus ideas para poder cuidar de su hijo, y demostrar después que ser lesbiana no le quitaba el derecho a su custodia, puede explicar por qué siempre se la recuerda como una mujer narcisista -”pocas autoras provocaban tanta admiración por su trabajo, pocas tanta decepción y amargura en la escena privada”. Deberíamos pensar ahora cómo de agotador debe ser que tu mente explique y calibre la realidad de una forma extraordinaria y además, tener que demostrarlo a diario.

Un ejemplo que suele utilizarse para evidenciar este fuerte carácter es la elección que hizo meses antes de morir. Una vez diagnosticada con leucemia, una enfermedad que probablemente se originó por la radioterapia que tuvo que aplicarse tras su primer cáncer, se le ofrecieron dos opciones: recibir un tratamiento que le hiciera pasar los últimos meses de su vida de forma confortable o bien someterse a un trasplante de médula y agotar las pocas posibilidades de seguir con vida. A pesar de la dificultad del tratamiento, la tortura física que se le dijo que sufriría y las pocas perspectivas de éxito, Sontag, entre la muerte y el dolor, prefirió el dolor. Pero es posible que no fuera tanto por la importancia que se daba a sí misma, como tantas veces se ha dicho después, sino porque la muerte significaba dejar de escribir, dejar de pensar.

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