El fenómeno de mostrar cuarentenas privilegiadas en redes abre el debate de la brecha social en Internet

Cada vez son más las estrellas y anónimos que han decidido convertir sus ostentosas jornadas de confinamiento en contenido instagrameable, concibiendo así una tendencia digital que ahonda en las diferencias socioeconómicas de los usuarios.

La presentadora Ellen DeGeneres, retratándose en el salón de su mansión en Los Ángeles. Foto: Instagram

En una entrada de Instagram de la presentadora Ellen DeGeneres, en la que se lamentaba de cómo diluviaba desde el porche de su jardín kilométrico y frente a una piscina infinita, una de sus seguidoras replicó asegurando que “ese vídeo acababa de llamarle pobre en cinco idiomas diferentes”. Su jardín no le envidia en cuanto a tamaño al de la mansión de Jennifer Lopez y el beisbolista Alex Rodríguez, que pasan el confinamiento en familia jugando al voleibol. Elsa Pataky enseña yoga con un horizonte de naturaleza inabarcable a sus espaldas y Justin Timberlake mantiene la “distancia social” en mitad de un paisaje nevado rodeado de grandes montañas. La negligencia más criticada la perpetró Madonna, que calificó al coronavirus como “gran igualador”. “Al Covid-19 no le importa lo rico, famoso, gracioso o inteligente que seas, ni dónde vives, ni tu edad, ni las historias increíbles que puedas contar”, afirmó mientras se bañaba desnuda, rodeada de pétalos de rosas en una estancia casi más amplia que muchas de las viviendas en las que residen sus fans. Pero la exhibición de cuarentenas privilegiadas, que abundan estos días en las redes sociales, no solo es achacable a las estrellas. Cada vez más perfiles anónimos apuestan también por tratar de convertir en instagrameable su confinamiento, anteponiendo la vanidad a la circunspección y el boato a la conciencia social. Presumir de cenas con alimentos prohibitivos o rutinas de yoga en salones con cristaleras que abarcan desde el suelo hasta el techo son solo dos ejemplos que ilustran la tendencia.

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Marie-Claire Chappet, periodista de la edición británica de la revista Glamour, ha acuñado un nuevo término para referirse a esta tan reciente como irritante tendencia en las redes: smugsolation, un juego de palabras en inglés que podríamos traducir como ostentafinamiento. “Es el acto de confinarse a sí mismo durante una crisis global en una ubicación envidiable (ático, adosado, mansión, villa o finca señorial de 15 habitaciones) con comida carísima, alcohol y/o mascotas adorables y un gran espacio exterior, y disponerse a retransmitir la mencionada situación en redes sociales”. La moda cada vez cuenta con más adeptos y es casi imposible recorrer Instagram sin toparse con alguien que, por ejemplo, muestre su altruismo y resiliencia en estos difíciles momentos descorchando una botella de tinto en su jardín, o en el patio si no tiene jardín, o en la terraza si no tiene patio, o en el balcón si no tiene terraza. “Ahora que los posts sobre viajes se han difuminado con el último avión aterrizado, y las colaboraciones de moda y entradas patrocinadas están en declive, las influencers han apostado por convertir la reclusión en contenido de Instagram”, añade Chappet.

Estas imágenes de opulencia también tienen un efecto en nuestro ánimo y autoestima, ya suficientemente golpeados por el encierro y los terribles datos de contagios y fallecidos que se comunican cada día. “A veces, para elegir quiénes queremos ser tomamos como referencia ejemplos externos. Lo que vemos en algunos perfiles de redes sociales está muy lejos de nuestras realidades, así que si lo tomamos como objetivo la brecha entre quiénes somos y quiénes queremos ser va a ser muy grande. Esta es una distancia que puede generar desesperanza y afectar a la valoración que hacemos de nosotros mismos”, explica a S Moda Leire Villaumbrales, psicóloga y codirectora de la clínica Alcea Psicología.

Al igual que tendemos a romantizar a criminales sanguinarios, pero carismáticos, cuando sus vidas dan el salto a la ficción, muchos parecen empeñados en escudriñar cada ápice de glamour en una situación de crisis global. Hadley Freeman, periodista y escritora, pedía en The Guardian que se detuviera la exhibición de vidas privilegiadas en estos tiempos a raíz de una publicación del productor David Geffen, aislado en un lujoso yate de 138 metros de eslora. “Aquellos que llevan demasiado tiempo en las redes sociales tienen arraigado en su instinto el hacer saber a la gente que viven una vida mejor que la de ellos. Esto puede parecer ilógico, porque todos sabemos que –desde Mick Jagger hasta tu madre– nos pasamos el tiempo en el sofá viendo Tiger King. Pero ese instinto es especialmente fuerte en tiempos de estrés y ansiedad, en los que nadie sabe si está haciendo lo correcto. ¿Y sabes cuál es una gran forma de sentirte mejor con tu situación? Hacer que otra gente se sienta mal con la suya”. Geffen acabó eliminando la imagen de su cuenta tras el escarnio mediático.

El contenido subido a las redes sociales durante estos días de reclusión ha demostrado hasta qué punto existe una brecha social entre los habituales influencers y los influidos. Si las redes sociales siempre han tenido un marcado componente de vanidad, de mostrar solo los mejores momentos de nuestra existencia, en este contexto de urgencia y precariedad sanitaria, social y económica para millones de personas, el efecto en el amor propio de la ostentación ajena puede ser especialmente acentuado. “El contexto actual que nos ha obligado a parar habrá abierto la puerta de la reflexión en algunas personas. En ese sentido, puede que nos haya facilitado que nos hagamos más preguntas y quizás que busquemos referentes fuera sobre lo que queremos para nuestra vida”, afirma Villaumbrales. Marie-Claire Chappet coincide: “Decirnos cómo tu confinamiento te ha permitido parar y ‘mirar a la naturaleza’ a través de los ventanales enormes de tu segunda vivienda mientras acaricias a tu perro no es un contenido con el que muchos podamos sentirnos identificados ahora. Tampoco los posts sobre cómo todo esto te ha permitido tener un momento para ‘apreciar las pequeñas cosas’, cuando las pequeñas cosas son un jardín de 160m2 en el que practicas tu rutina de gimnasia cada día”.

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Oh hail no.

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Si detener la ostentación digital durante las semanas restantes de confinamiento se convierte en una quimera, la otra opción es la de limitar el uso de las redes sociales a pesar de que las horas hábiles para la procrastinación se multiplican estos días. “Un abuso de consumo de redes sociales puede provocarnos un ‘empacho de sobreinformación’, y eso a veces nos pone en contacto con sensaciones internas desagradables. Puede ser miedo, tristeza, rabia… Si nos sentimos abrumados sería recomendable limitar el uso”, concluye la psicóloga. Ante la amenaza de volver a toparnos con el vídeo de Imagine otra vez, todas las órdenes de alejamiento y mesura virtual parecen pocas.

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