Björk cumple 55 años el 21 de noviembre. Foto: Getty

Björk cumple 55 años planeando hacer una película junto a la hija por cuya custodia luchó

La compositora ha denunciado en el último lustro el trato desigual que recibe en la industria y su experiencia de acoso sexual con Lars von Trier. En 2021 volverá al cine junto a su hija Isadora.

Constatar que para las personas famosas también pasa el tiempo es algo que, por algún motivo, nunca deja de sorprender y constituye un género propio en redes y en los medios. Lo señaló con ironía hace unos meses Macaulay Culkin cuando cumplió 40 y tuiteó “éste es mi regalo al mundo: hacer que la gente se sienta vieja. Ya no soy un niño. Éste es mi trabajo”. Por cierto, Michael J. Fox tiene 59 y Hugh Grant y Colin Firth, 60. Chocante, ¿eh? No siempre. Björk llega hoy a los 55 pero la cifra significa lo mismo que si cumpliese 23 o 175, porque a la islandesa siempre se le ha concedido la cualidad de trascender cosas tan terrenales como el espacio y el tiempo.

La cantante, que divide su tiempo entre Islandia y Nueva York, tiene planes para 2021: si la pandemia lo permite empezará el año dando cuatro conciertos en su ciudad natal, en el Harpa Hall de Reykjavic, uno de ellos con la Orquesta Sinfónica de Islandia y otro con un coro. Además, hace unos meses se supo que volvería al cine. Tanto ella como su hija Isadora, de 17 años, formarán parte del reparto estelar de la película The Northman, de Robert Eggers, en la que también aparecerán Alexander y Bill Skarsgård, Nicole Kidman, Williem Dafoe y Anya Taylor-Joy. Que Björk y su hija participarían en la película, una saga de venganza situada en la Islandia del siglo X, se supo por casualidad, cuando uno de los actores secundarios posteó una foto del casting y se la hicieron retirar inmediatamente. Allí se veía también el nombre del personaje de la cantante, “Bruja eslava”. Darle a Björk un papel de bruja no es un alarde de imaginación para alguien que está acostumbrado a que le llamen “elfo”, “hada”, “criatura del bosque”, “duende” y otros epítetos más o memos asociados al folklore popular nórdico desde que se dio a conocer con su banda, los Sugarcubes, a finales de los ochenta.

Cuando el grupo dio su primer concierto en Nueva York, en la sala de Ritz, en 1988, Iggy Pop y David Bowie estaban entre el público. Para entonces, Björk tenía 23 años, un hijo de tres, Sidri, con su compañero en los Sugarcubes Pór Eldon, había pasado por varias bandas (una punk llamada ‘Escupitajo y Moco’, Spit and Snot, y una de jazz fusión) y llevaba más de una década siendo músico profesional, ya que grabó su primer disco, llamado como ella, cuando tenía apenas once años, un disco muy poppy que incluía una versión en islandés de Fool on the Hill de los Beatles y en el que su padre tocaba la guitarra.

En la portada, diseñada por su madre, Hildur, aparece ella en medio de un delirio orientalista vestida como de Las mil y una noches, delante de un tapiz de aire otomano y flanqueada por un helecho y un juego de té dorado. Lo más llamativo es su pose. Nadie se atrevió a pedirle a aquella niña que sonriese para la foto: aparece con los brazos cruzados y la cara seria, muy lejos de la imagen tradicional de las estrellas infantiles que, ya sean Marisol o Miley Cyrus, aprenden muy pronto que la sonrisa, cuánto más grande mejor, es su salvoconducto al mundo adulto y el pasaje que tienen que pagar para obtener réditos. Nadie quiere a su alrededor a un niño melancólico o taciturno.

Björk en la portada de su primer disco.

Igual que se saltó esa cláusula, en las siguientes décadas Björk ignoró también todas las demás, sobre todo las que tienen que ver con las mujeres en la música. En los noventa, cuando publicó los tres álbumes que cimentaron su carrera, Debut (1993), Post (1995) y Homogenic (1998) consiguió esquivar los estrechos márgenes que la industria musical dejaba para las compositoras pero eso solo era posible porque la misma industria la había catalogado en el apartado “otros”. Era, recordemos, el elfo, la bruja, etcétera, no una chica como las demás. En la maletilla de cedés del esnob musical de los noventa esos tres discos convivían solo con los de otra contemporánea, PJ Harvey. Y allí estaban las dos también, a veces con Tori Amos y Liz Phair, en los números especiales de “sirenas del rock” o similares que las revistas musicales dedicaban a las chicas cada tres años aproximadamente.

No ha sido hasta esta última década cuando la propia Björk ha recordado en varias de sus intervenciones (y en sus discos) que sí, que además de una artista atípica, también es una mujer, debajo del vestido de cisne o del maquillaje de perlas incrustadas o del tocado de flores de diente de león, y también ella ha sufrido las consecuencias de eso. En una entrevista con Pitchfork con la periodista Jessica Hopper en 2015 dijo: “Tras ser la única chica de la banda durante diez años, aprendí a las duras que si quería que mis ideas triunfasen tendía que hacer ver que ellos, los hombres, las habían tenido”. Y se dirigió a las chicas de 20 años que puedan estar empezando ahora en la música: “No te estás imaginando cosas. Todo lo que un tío dice una vez, tú lo tienes que decir cinco”. En ese reportaje, además de emocionarse varias veces hasta las lágrimas –estaba hablando de Vulnicura, su álbum más crudo, el que escribió tras la ruptura con su marido y padre de su hija, el artista Matthew Barney–, muestra su cabreo por el hecho de que, tras 30 años en la música, sigan adjudicando la producción de sus discos a los hombres que colaboran con ella. Le pasó incluso en ese disco, en el que colaboró con el venezolano Arca, que tenía entonces veintipocos años y hacía ahí su primer trabajo como coproductor. “Eso nunca le pasaría a Kanye West”, señalaba una Björk muy terrenal y feminista.

El vestido del cisne, firmado por Marjan Pejoski, es el más emblemático y reconocible de Björk. Lo llevó a los Oscar en 2001 y no falta en ninguna lista de las apariciones más icónicas de los premios de la Academia. Foto: Getty

También ha sido en el último lustro cuando la cantante ha hablado más claramente de lo que sucedió en el rodaje de Bailar en la oscuridad, la película que hizo junto a Lars von Trier en el año 2000. En 2017, apenas dos semanas después de que el New York Times y The New Yorker publicasen las acusaciones contra Harvey Weinstein, Björk colgó en su perfil de Facebook dos posts en los que acusaba a Von Trier, sin nombrarlo, de acoso sexual y laboral. “Simpatizo con la gente que duda, incluso durante años, pero creo que es el momento adecuado para hablar, sobre todo si se puede hacer algo”, dijo. En el post contó que “el director” la abrazaba después de cada toma y la acariciaba durante minutos contra su voluntad, que se enfadó cuando ella puso fin a los toqueteos, que recibió decenas de proposiciones sexuales, a veces con descripciones gráficas y en presencia de la esposa de Von Trier, que intentó en una ocasión colarse en su habitación escalando por el balcón (ella huyó a otra habitación, dijo) y que, cuando todo esto no le funcionó para acostarse con ella, empezó a enviar a la prensa recados sobre el comportamiento “difícil” de la artista durante el rodaje. Von Trier siempre lo ha negado.

La artista en un fotograma de ‘Bailar en la oscuridad’. Foto: Cordon Press

Björk uso explícitamente la etiqueta #metoo aquel día, lo que integraba pero también diluía su acusación entre las decenas que surgieron durante esas semanas. Tiene mérito que quien tiene acceso al privilegio de ser considerada especial, distinta, intergaláctica, una versión excéntrica de la abeja reina, elija incorporarse a la masa y señalarse a sí misma como una mujer más, una que sufre acoso e indignidades laborales continuas.

Esté en Reyjkavic, en Londres o en Nueva York, es probable que le toque celebrar sus 55 en aislamiento social –cómo debe ser el fondo de Zoom de Björk– y que tenga cerca de sus hijos. Sindri, de 34 años, es músico y tiene una cuenta de Instagram en abierto, con 1400 modestos seguidores, en la que cuelga fotos de vacaciones y capturas de Star Trek pero no, lamentablemente, fotos de su madre leyendo o cocinando en zapatillas. La pequeña, Isadora, motivó una cruenta batalla judicial por la custodia entre ella y Barney, de la que salió también una canción, Sue me (Denúnciame), incluida en Vulnicura. Allí canta: “He ido para allí y para allá, como la madre en la historia de Salomón, para evitar que nuestra niña sea cortada por la mitad, pero es el momento de mostrarle un poco de dignidad”. Del álbum posterior, Utopia, dijo en broma en una entrevista que era su “disco de Tinder”. Y después tuvo que aclarar en otra que hablaba de manera metafórica, que es demasiado famosa para estar en Tinder. Terrenal sí, pero sin pasarse.

La artista en uno de sus conciertos más recientes en 2019. Foto: Getty

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