Núria Espert: «La cirugía es algo maravilloso cuando no la usa una idiota»

La actriz cumple 80 años en 2015 metiéndose en la piel de El rey Lear sobre las tablas.

Núria Espert

Núria Espert vuelve a Shakespeare como se vuelve siempre al amor; ya lo dice el tango. «A los 24 hice Hamlet, a los 50 interpreté a Próspero en La tempestad y ahora, con 80, haré El rey Lear. Y eso me suena fabuloso», dice entre pausas que suenan teatralizadas. El día 15 estrena en el Teatre Lliure de Barcelona esta obra, en catalán, bajo la dirección de Lluís Pasqual. Esta dama del teatro que ha llevado grandes textos españoles a todos los rincones del mundo hace un repaso de la gran gira que ha sido y es su vida.

¿Cómo se fragua este Lear?

Después de La violación de Lucrecia y La loba quería tomarme un tiempo de descanso porque había trabajado demasiado. Pero llegó Lluís Pasqual, me ofreció esto, cambió mi estado de ánimo y me lancé sin paracaídas. Después comenzaron los temores, las dudas. Así que, muerta de miedo, me quedé todo agosto sola en mi casa estudiando y trabajando muy apasionada. Me entregué a este hermoso texto con más dedicación que a otros porque hacía mucho tiempo que no actuaba en un catalán tan elevado.

¿Se le ha pasado ya el miedo?

Sí, aunque debería tener mucho más ahora que estoy metida de lleno. El temor a saber si voy a ser capaz o si voy a estar ridícula se me ha ido. Y justo en ese momento es cuando me puedo volver loca de verdad porque pierdo el pudor, el instinto de protección.

Ha participado casi en 70 obras a lo largo de su carrera.

Pero en ésas incluyes la morralla y lo que ha salido bien. [Risas]. Bueno, pero se puede decir que, de alguna manera, su vida ha sido una gira. Sí. Me gusta llevar el teatro a los sitios, no esperar a que la gente tome trenes y venga a verme. Lo he hecho desde que cumplí 24 años con la obra Gigi (1959). Entonces, estuve dos de gira. A partir de ahí, he ido creando una especie de familiaridad con el público. Cuando llego a una ciudad no van a verme porque hayan leído buenas críticas, sino porque me lo he ganado con incontables bolos. Dices que llevo 70 obras, pues debo haber hecho unas 50 giras en mi vida. Eso es muchísimo, ya que a los actores no les suelen gustar las giras.

Pensaba que sí.

Qué va. Prefieren instalarse en Madrid y quedarse siete años haciendo Toc, Toc. Sin embargo, a mí me da mucha felicidad viajar con la compañía. Cuando estamos en una ciudad un tiempo prolongado cada uno tiene su familia, sus amigos, sus cenas, etc. En una gira se crea más compañerismo porque solo nos tenemos a nosotros.

Núria Espert

Abrigo de Hermès y jersey de H&M.

Pablo Zamora

¿Cómo se conservan familias y amigos estando siempre fuera de casa?

Sola habría sido imposible, pero tuve una madre que me tuvo jovencísima y, como era el ser más generoso del mundo, me ayudó a hacerlo todo cuando mis hijas eran pequeñas. Mi papel de madre ha sido así así… Al de actriz le he dado mi completa dedicación.

A usted que da esa impresión de mujer fuerte, ¿qué la desarma?

Soy de una fragilidad que a mí misma me da mucho coraje. El titular de un periódico puede amargarme una semana entera. [Llaman a su teléfono por tercera vez y mientras lo apaga exclama: «¡Espero que no se esté quemando el Lliure!»].

Cuando suena un móvil entre el público mientras usted actúa, ¿qué le pasa por la cabeza?

Una vez estaba en Santiago de Compostela con Peter Brook viendo su obra Je suis un phénomène y, en mitad de la representación, se escuchó uno. Al terminar, Brook le dijo a su actor que si le volvía a ocurrir le dijera al espectador: «Dámelo, que es para mí». Así que eso será lo próximo que diga yo también.

¿Qué cosas ha hecho en la vida sin pensar?

Casarme. Yo no quería. El matrimonio de mis padres salió mal desde el principio y yo estaba convencida de que me casaría con 30, que me parecía la vejez cuando tenía 16… Pero, de pronto, conocí a Armando y me pareció una persona diferente a toda la gente que trataba. No me casé loca de amor. Él me preguntó: ‘¿Nos casamos en seis meses?’. Y le dije que sí. Me fui de gira y a la vuelta lo hicimos. Tal vez si no me hubiera ido de gira no nos hubiéramos casado nunca porque nos habríamos peleado. [Risas].

Vamos, que él se encargó de los preparativos.

Había poco que hacer porque no teníamos un duro. Pero sí, él fue quien avisó a los amigos. Y salió muy bien. No entiendo muy bien por qué dije que sí. Pero estoy feliz de haberlo hecho.

Ha tocado muy poco el cine, y las dos últimas cintas han sido con Ventura Pons. Seguro que tendrá una explicación, ¿verdad?

Es porque Pons hace teatro filmado. Y yo puedo actuar como encima de un escenario. Con secuencias enteras, orden cronológico y todas esas cosas que me van muy bien y que en el cine me suelen ir muy mal.

En la gran pantalla, más que en el teatro, las actrices recurren a la cirugía estética. ¿Qué opinión tiene al respecto?

La cirugía estética es algo maravilloso cuando no la usa una idiota. Creo en ella. Es fantástica. Es una cosa caída del cielo para mejorar tu imagen cuando tienes un problema, cuando hay en ti un deseo tan grande de ser diferente porque no amas el cuerpo o la cara que te han tocado. Una herramienta que te puede acercar a tu ideal me parece maravillosa. Y siempre que esté bien usada, como los antibióticos, que si te los tomas en demasía te pueden cascar.

Núria Espert

Chaleco de Brunello Cucinelli, camisa de Gucci, pantalón de Marina Rinaldi, reloj de Cartier y zapatos de Marni. La butaca modelo Elda de Joe Colombo 1963, de LA Studio (lastudio.es).

Pablo Zamora

¿Cómo ve la cultura actualmente en España?

En el cataclismo que estamos viviendo, los que nos dedicamos a esto estamos siendo tan maltratados como antes del 75. No somos respetados. Pero esto pasará. Desde la Transición ningún partido político ha mostrado que la cultura fuera una de sus prioridades, así que ya se nos ha hecho una coraza. Esperamos poco de ellos y todo del público, de la gente que ama la cultura y que, incluso con esta crisis brutal que va para largo, permanece fiel a los que les merecemos confianza y va al teatro. Si les gustan los musicales, hacen el gran esfuerzo de pagar sus precios. Y los que aman la prosa se arman de valor y desembolsan el precio de la entrada y nos sostienen en las tablas, como siempre.

¿Y qué aporta el teatro a la crisis actual?

La escena va unida a la sociedad, a la peripecia de la vida. No están separadas. No somos unos monjes que siguen con sus rutinas en mitad de la guerra, pase lo que pase. Somos gente civil que formamos parte de los titulares de los periódicos, de los desastres, de la degradación de los grupos dirigentes. Estamos viendo cómo desaparece el respeto hacia quien nos gobierna. Y somos testigos. Pero no para hacer el teatro panfletario que he detestado toda la vida y al que, ni en los peores momentos, se me ha ocurrido acercarme. El crédito o La lengua en pedazos, una función de Juan Mayorga sobre Santa Teresa de Jesús, son bálsamos para la población enferma. Y eso es el teatro. Una muleta para una sociedad que sufre en este momento.

¿En qué se ha mojado usted?

De heroísmos nada, pero en tiempos difíciles he hecho muy buen teatro de autores que no estaban vistos con simpatía y el público ha podido ir a verlos. En aquel momento era un acto político ir a ver a Jean-Paul Sartre, Bertolt Brecht o Jean Genet. Ésa ha sido mi minúscula y casi invisible aportación.

¿Qué es un acto político hoy en día?

Hacer buen teatro. Y cuando te dan la oportunidad de decir lo que piensas. Estamos en una democracia y se puede decir todo, aunque siempre que hay mayorías absolutas funcionan como pequeñas dictaduras. También lo fueron con los socialistas, y no te digo ya con Aznar. Con la mayoría absoluta, los políticos se creen con derecho para hacer cualquier cosa. Se aprovechan de que nadie les puede llevar la contraria para imponer sus ideas sobre la multiplicidad de ideas que hay en un país. Y eso siempre ha sido negativo. Aunque aún queda un ratito de aguantar, todo va a cambiar dentro de poco.

Usted también ha dirigido ópera, ¿qué propondría para que la gente pudiera acceder a ella?

Es un espectáculo carísimo en todo el mundo porque lo que sucede en el escenario cuesta mucho dinero de mantener. Las grandes voces en su momento álgido tienen un caché muy alto. Y es lógico, mucho más que el caché de un futbolista, que ni lo rozan. Pero es que tienen un talento superior al de la mayoría de los mortales.

¿Qué vestuario le ha gustado más a lo largo de su carrera?

El de la última Medea que hice en 2001. Es cierto que no era muy buena, pero su director, Michael Cacoyannis, trajo a un director de vestuario griego fantástico. Tuve los trajes más maravillosos que me han puesto nunca encima. Eran de una belleza, y tan delicados… yo no había visto nada igual jamás y solo pensaba en la pena que me daba que un atuendo así llegara tan tarde en mi carrera.

Núria Espert

Capa de Paule Ka, americana de Louis Vuitton, camisa de Gerad Darel, pantalón de Louis Vuitton, corbata de Paul Smith y zapatos de Tommy Hilfiger.

Pablo Zamora

¿Un mal vestuario puede destrozar a un personaje?

Sí. Si sales a escena con la impresión de que la ropa no te ayuda a interpretar al personaje, malament. La frase que más he repetido en mi vida es «Ella esto nunca se lo pondría», refiriéndome al papel que represento. No es que quiera algo más bonito para salir a escena o que necesite estar más guapa. No. Cuando me pruebo el vestuario llevo semanas trabajando el interior de los personajes y es difícil que me equivoque porque ya los conozco mucho. Sé hasta dónde se comprarían cierta ropa.

¿Y está contenta con el de El rey Lear?

Me lo habían explicado bien pero al ver las pruebas me ha gustado más porque me va a ayudar mucho con el papel. Y necesito esa ayuda.

¿Esto también le pasa en la vida cotidiana?

No. El vestir nunca me ha quitado el sueño. Ir de compras me gusta tanto como ir al dentista. Cuando encuentro una cosa con la que me siento bien la llevo hasta que se cae a trozos y mis hijas me piden, por favor, que la tire.

Pero usted es una dama del teatro. Una mujer elegante. ¿No se siente así?

¡Qué va! Eso requiere mucho tiempo y hay que tener gusto para elegir aquello que te va a lucir. Ese don no lo tengo. De hecho, me abruman las tiendas.

¿Qué opina de los nuevos autores españoles?

Me esperanzan mucho porque no solo escriben buenas cosas, sino que también las estrenan. Y eso es algo magnífico que a los pobres de dos, tres y cuatro generaciones anteriores no les sucedió. El público está perdiendo el miedo de ir a ver una obra de un joven dramaturgo desconocido. Y los profesionales tienen más agallas por ponerlos en escena. Es algo valiente que está empezando a pasar en muchas provincias, y yo lo celebro.

Las nuevas salas alternativas surgen por doquier.

Sí, pero llegamos tarde. Argentina y EE UU llevan en esto años. La gente hace funciones en un piso para 12 personas. No sé cómo viven, pero sí que consiguen ponerse a prueba a sí mismos, que es lo que necesitan un actor y un autor. Y después, un día, surge la llama y se crean piezas excepcionales. Así pasó con Claudio Tolcachir. Él hizo, en 2005, una obra maestra como La familia Coleman en un lugar minúsculo con 10 personas como espectadores. Otro ejemplo es La función por hacer, de Miguel del Arco, que comenzó en el vestíbulo del Teatro Lara en Madrid y se ha convertido en uno de los mejores espectáculos que ha habido en nuestro país en mucho tiempo. Esto es vivificador. Hay que hacer por un lado El rey Lear y por otro La familia Coleman. Todo resulta necesario e imprescindible.

¿Eso es lo que mide el pulso de las artes escénicas?

Claro. En una ciudad como Madrid ves la cartelera y encuentras 150 salas. En este periodo de auge he podido descubrir unas cinco. Y es muy poco para todo lo que me han recomendado. Pero mi tiempo es escaso.

Usted aparece en una sala de teatro alternativo ¿y la gente se cuadra?

Afortunadamente no. Fui con Bando Tamasaburo, el genio nunca visto del kabuki, al teatro en Tokio. Me contó que en China, el simpático de Mao, con la revolución cultural, había destruido completamente el kabuki chino y había puesto al artista más grande de jardinero en un pueblo. Pasó la revolución y comenzaron a intentar construir aquello que se había derrocado para siempre. Para retomar la tradición le mandaban a alumnos para que entrenasen con él. El hijo de aquel jardinero desterrado estaba actuando en Tokio. Eso fue lo que me quiso llevar a ver esa noche en las tablas niponas. Cuando entramos en el teatro los siete acomodadores lo reconocieron y se arrodillaron ante él. Pues eso, a mí, en La casa de la portera, no me ha pasado. [Dice entre risas].

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