La vergüenza de la madre de Napoleón: «Mi útero contenía un monstruo»

En el 250 aniversario de su nacimiento repasamos la fascinante vida de María Letizia Ramolino y su complicada relación con su hijo.

napoleon bonaparte

La madre de Napoléon en 1770. Foto: Getty

Se llamaba Letizia y llegó a ser la madre de un emperador odiado y amado a lo largo de todos los confines europeos. Pero su biografía es mucho más grande que el título maternal: administró sus bienes e inversiones de forma personal para vivir sin la necesidad de depender de su hijo, y cuando tuvo que despegarse de este, por su altanería y ambición desmesurada, lo hizo. A María Letizia Ramolino, madre de Napoleón, de cuyo nacimiento se cumple este 15 de agosto el 250 aniversario, no le tembló la mano en las cartas que le escribió en los años en los que su vástago estaba fuera de sí conquistando todas las tierras europeas (y hasta Rusia si hacía falta). “¿Qué haces, aborto del abismo?”, le preguntó en una de sus misivas que hoy se puede consultar en la Biblioteca Digital Hispánica (Biblioteca Nacional de España). Casi nadie había podido olisquear las verdaderas pretensiones de Napoleón cuando este era solamente un general del ejército francés; pero su madre, sí. Las madres calan hasta al emperador más astuto.

María Letizia Ramolino (Ajaccio, Córcega, 1750-Roma, 1836) fue una noble, hija de familia bien y con un fuerte sentimiento nacionalista corso. En su juventud la isla todavía pertenecía a Génova y allí no se hablaba en francés. Es más, todo lo francés le provocaba cierta repulsión. Recibió la educación que estaba prevista para todas las mujeres de su posición en su época: cuidado del hogar y de los hijos. Sin embargo, desde muy joven tuvo otros intereses más ligados con la política y la economía. A los 14 años, considerada como una de las bellezas de la isla, la casaron con el abogado Carlo Bonaparte, con quien, pese a haber sido un matrimonio concertado, llegó a llevarse bien. Tuvieron trece hijos y entre ambos administraron su capital. De hecho, Bonaparte solía pedirle consejo en los pleitos en los que trabajaba.

En 1769, cuando María Letizia estaba embarazada de Napoléon y tenía un hijo de un año, José –quien después sería José I de España–, Córcega fue conquistada por Francia. Para Ramolino fue un shock ideológico y sentimental y no dejó de inculcar en sus hijos su aversión hacia los franceses. El propio Napoleón, en su más temprana juventud, fue un firme seguidor del nacionalista Pasquale Paoli, que abogaba por la independencia de la isla. Las contradicciones de la vida.

Otro duro impacto fue la muerte de su marido Bonaparte en 1785, que la dejó viuda a los 35 años. Y, además, sin ingresos, con una prole importante y en una isla donde ya nadie la quería por sus afinidades políticas nacionalistas. Ahí comenzó el verdadero crecimiento personal de Ramolino, que empezó a rodearse de banqueros, políticos y empresarios con el fin de llevar a cabo inversiones –principalmente en bienes físicos como muebles y joyas– que pudieran sacar a su familia adelante.

madre napoleon

Retratada por Francois Gerard. Foto: Getty

Por aquel entonces ya había estallado la Revolución francesa y sus hijos, sobre todo Napoleón, habían empezado a hacer carrera en el ejército. Este se uniría rápidamente a los jacobinos, que abogaban por la indivisibilidad de la nación y por un Estado central fuerte. El joven nacionalista observó por dónde podía subir en el escalafón militar y la mejor manera era ponerse en contra de los independentistas corsos. Su madre nunca estuvo de acuerdo, pero en 1793 abandonó Córcega para irse con él a Francia.

El siguiente enfrentamiento entre madre e hijo no fue por la política, sino por una mujer: Josefina de Beauharnais, con quien Napoleón se casó en 1796. Josefina era viuda de Alejandro de Beauharnais, terrateniente en la isla de Martinica que después había hecho carrera política durante la revolución. No acabó bien: fue guillotinado por contrarrevolucionario durante la época del Terror impuesto por los jacobinos. Pero Josefina había podido introducirse en los círculos políticos, donde conocería a Napoleón, quien se enamoró perdidamente de ella. Josefina no tanto. Su anterior matrimonio no había sido bueno y no perdió el tiempo con otros hombres mientras su nuevo marido batallaba fuera de Francia. Y eso a su suegra no le gustaba.

Más allá de los asuntos matrimoniales, lo que era evidente es que la carrera de Napoleón estaba disparada. Llevó a su ejército por Europa para anexionarse nuevos territorios. Incluso llegó a las costas más orientales del Mediterráneo causando varias masacres en ciudades como Jaffa, en la actual Tel Aviv. Su madre no estaba conforme y ni siquiera quería hacer vida en París. Pero su hijo sí tenía muy claro su objetivo y el 9 de noviembre de 1799 –el 18 de brumario– dio un golpe de Estado para autoproclamarse primer cónsul de Francia. Era admirado por muchos por sus ingeniosas estrategias militares y por el impulso a políticas liberales y progresistas. Uno de sus mayores admiradores era Beethoven. Aquellos fueron los mejores años de Napoleón.

Pero como siempre que se empieza a crecer de forma desmesurada, rápida, descontrolada y con mucho palmero alrededor, la historia no podía acabar bien. A Napoleón no le bastó ser cónsul y en 1804 se autoproclamó emperador de los franceses –ese antiguo nacionalista corso– con unción papal incluida. Para diciembre de aquel año montó un fastuoso acto en la catedral de Notre-Dame al que acudió la flor y nata del país. María Letizia se negó a asistir. No quería participar de un festejo que consideraba una pantomima. Ni siquiera vivía en la Corte. Eso sí, su hijo insistió en que apareciera en el cuadro que pintó Jean-Jacques David sobre la coronación. A veces se eliminan personajes de las fotografías o las pinturas y otras veces se incluyen. Y no contento con eso la nombró “su alteza imperial, madre del emperador”. Ramolino hizo caso omiso y continuó con sus particulares empresas económicas, sin depender de la riqueza que le ofrecía su hijo.

A partir de su autonombramiento como emperador, Napoleón emprendió sus verdaderas conquistas. Se iniciaron así las guerras napoleónicas contra Reino Unido –en las que implicó a España– y se dedicó a colocar a sus hermanos en los diversos reinos que iba anexionando. Así a José lo coronó en Nápoles y después en España, a Luis en Holanda, y a Jerónimo en Westfalia, en el norte de Alemania. Sólo a Luciano lo dejó sin territorios. Ambos estaban muy enemistados. Y en esta relación fraternal tuvo particular importancia la influencia de la madre.

De esta época data la carta enviada por ella a Napoleón que hoy se puede leer en la Biblioteca Nacional. Es una misiva muy dura con respecto a su hijo. En ella escribe, entre otras cosas, “cuánto mejor me hubiera estado la esterilidad, que haber contenido en mi desgraciado útero un monstruo”, en alusión a la ambición desmesurada del hijo y cómo ha llevado al resto de sus hermanos a la desgracia. Se pone del lado de Luciano, “que siempre abominó tus empresas ruidosas. El conocía bien tu carácter dominador” y destaca cómo “Luis, el desgraciado Luis, al que colocaste en el trono de Holanda, ya me anuncia que vacila la corona sobre su cabeza”, al sentirse un usurpador, “como lo fuiste tú del trono de Francia”. María Letizia es contundente: “Me has robado a mis tiernos hijos”. Y no duda en compararle con Calígula, Nerón y Caracalla, “monstruos, oprobios de la humanidad”. “¿Qué haces, aborto del abismo?”, le conmina, pese a que al final de la carta se despide con un tono entre cariñoso y resignado: “Pero soy tu madre y todavía te amo. Te amo, Napoleón, te ama tu desgraciada madre, Leticia”. Solo una alegría le dio en ese tiempo, que fue la firma del divorcio con Josefina en 1810 porque no le había dado un hijo. María Letizia estuvo presente durante aquel acto notarial. Como para perdérselo.

Sin embargo, no parece que Napoleón hiciera demasiado caso a su madre, ya que inició una campaña contra Rusia de la que no salió bien parado y que precipitó su final. Un buen número de países estaba en su contra y el emperador había perdido a muchos aliados, también dentro de Francia, por lo que acabó recluyéndose en la isla de Elba, a donde lo acompañó su madre, que pretendía que cambiara la relación con los hermanos. Desde allí, donde se enteró de la muerte de Josefina, lanzó su última campaña para recuperar el poder, que consiguió durante cien días en 1815. Pero otra batalla, en Waterloo, acabó definitivamente con sus delirios de grandeza.

Fue enviado por los británicos a la isla de Santa Elena, en medio del Atlántico, mientras María Letizia se trasladaba a Roma con toda la fortuna que había amasado con las inversiones que había realizado a lo largo de su vida. Ella ya pareció intuir que el final de su hijo sería desgraciado. Las relaciones entre ellos siempre fueron complicadas por los deseos ególatras del hijo, por el matrimonio con Josefina y por rechazar la religión católica y fomentar la laicidad del Estado. El narcisista Napoleón sabía que, de alguna manera, su madre llevaba razón: “Cuando ella muera, solo me quedarán inferiores”, afirmó en una ocasión. No le dio tiempo a comprobarlo, ya que murió en 1821 de un cáncer de estómago en Santa Elena. Completamente solo. María Letizia le sobreviviría quince años más. Falleció en 1836 a los 85 años de edad. Millonaria. Tal y como había nacido.

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