La frase más cuestionada del año: por qué Anna Paquin no habla en ‘El Irlandés’

Vistas pero no escuchadas: la mística de miradas y silencios del personaje femenino en la cinta de Scorsese ha levantado un debate sobre la representación de las mujeres en la pantalla.

La frase más cuestionada del año: por qué Anna Paquin no habla en ‘El Irlandés’

Anna Paquin y Robert de Niro en un fotograma de 'El Irlandés'. Foto: Netflix

¿Qué implicaciones simbólicas, más allá de la voluntad del guión, tiene el imponente silencio de Anna Paquin en El Irlandés? Que las mujeres apenas hablan en la última película de Scorsese es un hecho. En una cinta con un apabullante casting masculino (liderado por la tríada De Niro-Pacino-Pesci más un buen surtido de nombres conocidos en segundo plano), las intervenciones femeninas escasean en este crepuscular retrato de la vieja testosterona que ha dirigido el ganador del Oscar por Infiltrados. Tras su paso por los cines, la película que retrata el auge y ocaso de la estructura y relaciones entre los sindicatos y la mafia de Nueva York ha llegado a Netflix. Con su desembarco, el polarizado debate sobre el valor simbólico de los silencios cinematográficos femeninos en películas dirigidas y escritas por hombres, que vivió un particular pico de controversia este verano con el personaje de Margot Robbie en Érase una vez en Hollywood, ha vuelto a la palestra. Especialmente en relación con uno de los personajes centrales de la cinta, el que interpreta Paquin y que atañe a la hija de Robert De Niro, Peggy Sheeran.

Interpretada por la protagonista de True Blood en su versión adulta y por Lucy Gallina en la niñez, el personaje ofrece un contrapunto crucial en el retrato del protagonista. Paquin, que solo tiene una frase con seis palabras en toda la cinta, recurre a unas poderosas y magnéticas miradas silenciosas que juzgan la conducta de su padre desde los márgenes del hogar. Un espacio recluido a las mujeres de la película en esa postal de machismo estructural e hipócrita devoción católica de la mafia. Peggy, que aparece menos de diez minutos en pantalla en una cinta con tres horas y media de metraje, es la mirada del estupor frente a la violencia. Un poderoso recordatorio moral de lo que realmente está sucediendo.

Si bien en la vida real la verdadera Peggy Sheeran también dejó de hablar a su padre cuando Jimmy Hoffa desapareció del mapa (como se sostiene en el libro en el que se basa la película), Scorsese decidió que el personaje fuese silencioso desde su niñez.

 

Scorsese: «Decidí que no tenía por qué decir nada»

Scorsese no ha llevado bien las críticas sobre el silencio del personaje. En el festival de cine de Roma mandó a callar a un periodista cuando fue cuestionado sobre la falta de diálogo femenino en la cinta. «Esta pregunta la he escuchado durante muchos años. ¿Y qué se supone que tengo que hacer? Si la historia no lo necesita… es una pérdida de tiempo para todo el mundo».

Sí que fue más específico en un encuentro con Spike Lee en una charla en Nueva York en octubre. «Ella solo tiene una frase en la cinta», insistió. «Cuando hablaba con Steve Zaillian (guionista) le preguntaba por cómo la podríamos incluir en la historia. Decidí que ella no tenía por qué decir nada. Cuando ves a tu padre hacer algo así, lo siento… cuando le ves destrozar la mano de un tipo de esa manera, otros críos tal vez no, pero esta niña no podía soportarlo. Ella le mira. Sabe que trama algo y Lucy fue genial, pero Anna fue especialmente brillante con las miradas», apuntó e insistió en por qué no dejarle decir palabra: «Hay algo sobre lo que no puedes hablar. Ella sabe quién es. Él sabe que ella lo sabe. Incluso cuando ella está sentada y la policía está hablando sobre el asesinato de Joey Gallo: ‘Un hombre armado, solo, entró…» y entonces ves cómo ella le mira a él».

Frente a los críticos con su personaje, Anna Paquin también ha defendido, en cierta manera, su papel. La propia actriz contestó desde sus redes a aquellos que indicaron que Scorsese «ordenó» que no dijese ni mu (como el propio director había dicho semanas antes) y aprovechó la ocasión para agradecer la oportunidad de participar en la cinta: «No, nadie estaba ordenando nada. Hice una audición para el privilegio de unirme al increíble casting de El Irlandés y estoy increíblemente orgullosa de formar parte de esta película», apuntó.

«Espectadoras de la realidad masculina»

«Las mujeres en El Irlandés son el recordatorio moral de una realidad plenamente masculina», escribe respecto a estos silencios femeninos Beatrice Loayza en The Guardian. «Posiblemente Scorsese compre con demasiada facilidad la potencia simbólica de las mujeres como faros de la moralidad», apunta la crítica cinematográfica, lamentando cómo se encierra al personaje de Peggy bajo la toga de juez silencioso. Reduciéndola también a esa figura del ‘ángel del hogar’ de un personaje crucial para el ánimo y confianza personal de los tres hombres de la película.

Loayza entiende el uso simbólico del silencio del personaje, pero lamenta las limitaciones. «Si la filmografía de Scorsese nos ha enseñado algo, es que las mujeres se ven atrapadas con demasiada frecuencia en un mundo de hombres, ya sea como víctimas o astutas culpables, como prostitutas o esclavas del amor. Pero al optar por salir del mundo de su padre, Peggy contextualiza la crueldad de los hombres (y mujeres) de ideas afines que tanto tiempo han fascinado al cineasta», defiende, para pasar a reforzar la teoría de que la hija de Frank podría haber dicho mucho más que sus silencios. «Al hacerlo, Peggy opta por una alternativa, que me sorprende más que el descontento de ‘la niñita de papá’, más bien insinúa un total desencanto generacional. Ojalá hubiese tenido la oportunidad de poder dar vida a este sutil concepto revolucionario».

El irlandés

Anna Paquin en un fotograma de ‘El irlandés’. Foto: Netflix

El caso de las mujeres sin voz

En la década en la que el Test de Bechdel se popularizó como útil baremo para evidenciar de qué hablan las mujeres (y sobre quién) en el cine, el debate sobre el acceso a la palabra en la pantalla sigue vigente. El test, que salió de una tira cómica, nunca tuvo esa voluntad científica que luego otros le atribuyeron, pero ha servido como clarificador punto de partida para asumir algo tan simple como que la mayoría de conversaciones femeninas en las películas con las que nos hemos educado sentimentalmente se suelen dar entre madres o intereses románticos y que sus temas de charla y preocupación suelen orbitar sobre el universo masculino.

Más allá de un test de andar por casa, quien sí aportó voluntad científica a este evidente sesgo de palabra ha sido Geena Davis, que se alió con Google en 2012 para crear un software (apodado como Geena Davis Inclusion Quotient, o GD-IQ) que utiliza el reconocimiento facial y de voz para identificar el género, el tiempo de habla y detalles adicionales sobre los personajes presentados en películas, series y otros medios de comunicación. Sus conclusiones respecto a las 100 películas más taquilleras de 2015 establecieron que los hombres tenían el doble de tiempo de pantalla y de diálogo que las mujeres, que ellos hablaban hasta tres veces más que ellas cuando los protagonistas eran masculinos y que cuando las protagonistas eran femeninas, los dos géneros hablaban el mismo número de tiempo. Ellas nunca dicen una palabra de más: cuando la película estaba coprotagonizada por un hombre y una mujer, él siempre hablaba mucho más tiempo en pantalla que ella.

La lozanía también es otro factor clave para el derecho a réplica. Un estudio de Polygraph de 2016 sobre a quién se le otorga el diálogo en pantalla en más de 1.000 películas probó, además, que el cine solo quiere que hablen cuando son jóvenes: el porcentaje de diálogo asignado a personajes femeninos disminuyó después de que las actrices llegaran a los 31 años, cayó precipitadamente después de los 42 y desaparecía cuando llegaban a 65. «La falta de representación o de palabra no es intencional y puede que hasta no sea consciente: sirve para entender que cuando las mujeres no son vistas y no son escuchadas en espacios públicos y culturales damos por entendido que esa ausencia es totalmente normal», lamentó sobre estas cifras Megan Carpentier en The Guardian en 2016.

Con el repunte feminista en el gremio de actrices en la última década, el debate sobre las problemáticas de la representación femenina y el propio uso del lenguaje se ha intensificado entre las actrices, pero de forma menos envalentonada que en sus críticas al machismo, el edadismo o la brecha salarial. No son muchas las que lo han hecho, pero algunas sí han perdido el miedo a cuestionar cómo se las retrata en los diálogos del imaginario hollywoodiense. Al finalizar Juego de tronos, Emilia Clarke ofreció una sincera entrevista a The New Yorker en la que se mostraba apenada por no haber tenido tan buenas conversaciones como las que los hombres tuvieron en la serie: «Solo pienso que podíamos haber tenido una mayor disección, como esas bonitas escenas tan bien escritas que los chicos sí tuvieron con sus personajes. Hubiésemos sido muy felices de sentarnos y poder ver diez minutos de dos personas hablando, porque eso es hermoso. Me hubiese gustado verlo más, pero no estoy en posición de criticar a los genios que han escrito ocho temporadas maravillosas», dijo en la entrevista.

Katrina Day, una aspirante a actriz de Nueva York, popularizó un Tumblr en 2016 donde compartir las ofertas más sonrojantes que se encontraba en su día a día. Day estaba harta de encontrarse con anuncios como «Se busca chica guapa. Hace lo que mejor saben hacer las mujeres: buscar a tíos» o directamente «Chica guapa. No habla». Casualmente, estas son las cuatro palabras (y sobran dos) que mejor definen el casting call de Peggy Sherman, la hija moralmente atormentada en El irlandés.

El irlandés

Peggy Sheeran en la película, de niña, interpretada por Lucy Gallina Foto: Netflix

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