Joan Rivers, la mujer que se rió hasta cuando su marido la dejó en la ruina

Kathryn Hahn interpretará a la cómica en una miniserie que se centrará en su periodo mas duro, cuando se tuvo que reinventar después de que su marido se suicidase y la dejase en la ruina económica

Joan Rivers en los estudios de CBS. Foto: Getty

Las historias de personajes que se reponen a la adversidad, que tras un sonoro fracaso y caída se ponen de pie, se sacuden el polvo y vuelven a andar, tienen un lugar especial en la mitología estadounidense. Solo una cosa gusta más que un triunfador: un triunfador que se quiebra y vuelve a triunfar, es decir, un doble triunfador. Es desde ese prisma desde el que se contará la historia de Joan Rivers en una miniserie de Showtime que se ha anunciado esta semana. Será Kathryn Hahn, la actriz hiperprolífica que lleva dos décadas bordando todos los papeles que le dan, por pequeños que sean, pero a quien algunos rincones de internet solo descubrieron el año pasado, cuando hizo de Agatha en WandaVisión y la Bruja Escarlata, quien interpretará a Rivers, que falleció en 2014 a los 81 años tras una endoscopia de rutina.

La serie, que se titulará The Comeback Girl (algo así como “la chica que regresa”), arrancará a finales de los años ochenta –sin duda, una oportunidad para que se luzcan los departamentos de vestuario y maquillaje–, cuando Rivers vio a la vez cómo le cancelaban el programa que le había costado tanto conseguir, The Late Show Starring Joan Rivers, en la cadena Fox. A continuación, su segundo marido Edgar Rosenberg, que había sido también el productor del programa y su manager durante 22 años, se suicidó. “Estábamos todos en el arroyo y él no quería salir de ahí”, dijo Rivers en su última entrevista, con the Daily Beast. Y, después, con característico pragmatismo: “Lo entiendo, y me siento horriblemente mal por él, pero me pregunto si estaría aquí hablando hoy contigo si él no se hubiera suicidado, si no hubiéramos terminado los dos como una pareja de amargados en una casa en una colina”. La cómica se refería a que la muerte de su marido le obligó a volver a trabajar y propulsó el tercer acto de su carrera, en el que volvió a ser enormemente popular.

Joan Rivers en 1966. Foto: Getty

Para entender su historia hay que empezar desde el principio. O hay que ver La maravillosa señora Meisel, la serie de Prime Video que está más que inspirada en las primeras décadas de Rivers en el mundo del espectáculo. Como Midge Meisel, Rivers venía de una familia de clase media alta, de los suburbios acomodados de Westchester, y también como Midge, salía al escenario con todos los atributos de la feminidad tradicional, con perlas y zapatos de medio tacón y cardado de peluquería, al contrario que otras cómicas de la época, como Phyllis Diller, que se escondían debajo de vestidos-saco y trataban de no hablar de cosas de mujeres para integrarse en el masculinísimo mundo de la comedia en los años 50 y 60. También al igual que la protagonista de La maravillosa señora Meisel, Rivers tenía una madre rígida y amante de la formalidad que no entendía qué narices hacía su hija subiéndose a un escenario a contar chistes en lugar de buscar al médico judío (como lo era su propio padre) con el que estaba destinada a casarse. “La elegancia era la religión de mi madre y la casa su templo. Todo lo que estuviera en sus dominios tenia que ser absolutamente correcto. La atmósfera en la casa era recta y formal. La etiqueta era primordial”, dijo Rivers, que se llamaba en realiad Joan Molinsky, en una entrevista respecto al hogar en el que creció.

De joven sí pareció que iba a seguir ese camino. Estudió tres años en Barnard, la elitista universidad femenina, se buscó uno de esos trabajos en unos grandes almacenes, que tenían las chicas bien en el breve interregno entre los estudios y la inevitable boda, y al poco se casó con el hijo del dueño, un matrimonio que fue anulado a los seis meses y que duró, según Rivers, “seis meses más de lo que debería haber durado”. Para entonces, ya le había entrado el gusanillo de la comedia y empezó a actuar en algunos clubes de Nueva York con el nombre de Pepper January. Los desacuerdos entre matrimonios eran el principal material de sus monólogos y su voz estridente, el mejor canal para interpretarlos.

En su vida, las malas y las buenas noticias parecían ir juntas. En 1965 se volvió a casar, con Edgar Rosenberg, y tuvo su gran oportunidad en la comedia, cuando empezó a aparecer como invitada frecuente en el popularísimo programa de Johnny Carson. En 1968, nació su única hija, Melissa, le dieron su primer programa propio, un talk show, y tuvo también un papel pequeño pero lucido en la película El nadador, con Burt Lancaster, y basada en el famoso cuento de John Cheever.

En los 80, convertida ya en una matriarca con el aspecto de una secundaria de Dinastía o Falcon Crest, con un halo de pelo rubio platino sostenido por hectólitros de laca y corpiños de lentejuelas, Rivers era una presencia muy habitual en el prime time, como la sustituta designada de Johnny Carson, que se había convertido en principal valedor y protector. En 1986, la Fox le ofreció su propio programa nocturno, para rivalizar con Carson. Ella, al parecer, lo aceptó sin decírselo a su amigo y éste se lo tomó tan mal que no volvió a hablarle en la vida. Y, dicen, se encargó de extender una mala imagen de Rivers en la industria. Aun así, Rivers aceptó la propuesta. Si hoy, en 2021, los late nights siguen siendo un juego eminentemente masculino, en los 80 era todo un hito darle todo el peso de un programa de humor y entrevistas a una mujer, incluso a aquella mujer abrasiva que los espectadores conocían de sobra.

Kathryn Hahn interpretará a Joan Rivers. Foto: Getty

El programa no empezó bien. Algunas cadenas locales se negaban a sintonizarlo por lealtad a Carson, un gigante del entretenimiento. Los ejecutivos de la cadena chocaban con la pareja e insistieron a Rivers para que despidiera a su marido y productor. Ella se negó y, cuando cumplían nueve meses en antena, les echaron a ambos. Al poco, se separaron tras 30 años de matrimonio, y apenas tres meses después del despido, Rosenberg se suicidó con una sobredosis de medicamentos legales. Ella descubrió además que él había malgastado casi todo su dinero y la había dejado con unas deudas gigantes.

Es ahí donde arrancará la serie con Kathryn Hahn –cuya elección, por cierto, se ha criticado porque no se trata de una actriz judía, como tampoco lo es Rachel Brosnahan, que hace de Midge Maisel–, con una Rivers humillada, devastada y arruinada. Y, por tanto, lista para su segundo acto. A los dos años, la cómica consiguió otro programa, esta vez diurno, que tuvo mucho más éxito y, paralelamente y en un intento por hacer cash, empezó a presentar programas de teletienda. Ahí, vendiendo bisutería chillona de plástico, empezó a perfilar la personalidad mediática con la que triunfaría en su vejez, la de una mujer operadísima y criticona, lista para arrojar ataques a todo el mundo empezando por ella misma. El personaje, la forma final de Joan Rivers, cobró todo el sentido cuando Rivers empezó a presentar los programas de alfombra roja junto a su hija Melissa, un formato televisivo que no existía antes. De Florence Welch en los Grammy dijo: “Se ha comprometido tanto con vestirse como un pájaro que en la media parte ha salido a cagarse en un parabrisas”. De Angelina Jolie en su famosa pose con la pierna fuera: “Parece que tiene una infección de orina tan mala que necesita airearla”. De un vestido especialmente micro de Miley Cyrus: “Si fuera más corto, estaría tipificado como pendientes”. A Lena Dunham le tenía especial manía y, cuando Rivers falleció, ésta le despidió a la manera riversiana, como homenaje: “Una parte de ella permanece con nosotros. Su nariz, que estaba hecha de poliuretano”.

Aunque ya había cumplido los 81, Rivers estaba en la cúspide de su carrera en 2014. Aparecía en el programa Fashion Police, del canal E!, dedicado a reírse de la ropa de los famosos, y había estrenado, en 2010, un excelente documental sobre su carrera, Joan Rivers: a Piece of Work. Acudió a hacerse una endoscopia, una revisión sin mayores complicaciones. Pero a los pocos días, dejó de respirar y murió. Su hija Melisa denunció al centro médico por mala praxis y ambas partes terminaron llegando a un acuerdo económico. Seguro que Rivers hubiera tenido un chiste listo al respecto.

 

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