Infidelidades, obsesiones y meditación: así fue la relación de David Lynch e Isabella Rossellini

La biografía sobre el cineasta Espacio para soñar nos desvela su faceta más mujeriega. Entre las mujeres con las que compartió parte de su vida, está también la italiana. Durante cinco años, fueron la pareja más cool de Hollywood. También la más bizarra.

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David Lynch e Isabella Rossellini en 1988. Foto: getty images

El mundo de David Lynch puede ser extraño, y estar asociado a la sofisticación, pero en lo que respecta a las relaciones amorosas, es de un básico que te firmarían Esteso y Pajares: cuantas más, mejor. Al menos, eso es lo que se desprende de la biografía Espacio para soñar, que acaba de publicar Reservoir Books. Más allá de su trabajo artístico, la obra, escrita al alimón por Kristine McKenna y el propio Lynch, nos presenta a un artista convertido en todo un Don Juan, con un apetito sexual que va mucho más allá de sus cuatro matrimonios. Nada más empezar, ya nos cuenta que quería mucho a su novia del instituto para a continuación, confesar: “¿Le era fiel? No. Quiero decir, lo era y no lo era, veía a otras chicas con las que iba más allá, porque Judy era católica”.

Por supuesto, nuestra historia favorita es la más glamurosa y excéntrica de todas, la que unió al director con la actriz y modelo Isabella Rossellini, que se cuenta en el capítulo Un idiolo común, pero diferente. El relato de cómo se conocieron es tan extravagante que incluso Lynch, el hombre aficionado a coleccionar devaneos, así lo admite: “Conocí a Isabella el 3 de julio en un restaurante de Nueva York. Fue una noche de lo más rara”. Todo pasó en un italiano y Lynch lo describe así: “Nos sentamos y me pongo a mirar a aquella chica y le digo: ‘Podrías ser hija de Ingrid Bergman’. Y alguien dijo: ‘¡Imbécil! ¡Es la hija de Ingrid Bergman!’”.

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David Lynch e Isabella Rossellini durante el rodaje de ‘Corazón salvaje’ Foto: getty images

Rossellini había llegado a Nueva York en los años 70, para trabajar como corresponsal para la RAI, pero pronto lo había dejado para ser modelo e imagen de Lancôme. Como bien le hicieron saber a Lynch, era hija de Ingrid Bergman y Roberto Rossellini, un romance que surgió durante el rodaje de Stromboli y que levantó ampollas en EE UU, que no perdonó a Ingrid que abandonara Hollywood y a su marido para iniciar una nueva vida con el director italiano, quedándose embarazada antes del divorcio. La vida sentimental de la actriz estaría marcada por la obsesión que sentía por su padre… y por la obsesión que han sentido sus parejas por sus padres. Así, su primer marido fue Martin Scorsese, con el que tuvo una relación entre 1979 y 1982, justo en el apogeo de la drogadicción del neoyorquino. Tras dejarlo, se casó con el modelo Jonathan Wiedemann, con el que estuvo casada entre 1983 y 1986 y tuvo a su hija Elettra. Haciendo repaso, la actriz y modelo declaró: “Martin y David son parecidos… Los hombres de mi vida son visionarios, un poco como mi padre”.

Por entonces, Lynch se había casado ya dos veces y tenía dos hijos: Jennifer, con su primera mujer, y John, con la segunda. Esta última, Mary Risk, estaba acostumbrada a sus infidelidades, que aceptó después de una visita al rodaje de Dune: “Fui a la fiesta del equipo, y había mujeres constantemente a su alrededor. Y pensé: ‘Esto es muy loco’. Pero entonces me di cuenta de que así iba a ser siempre”.

Aunque Lynch quería que Helen Mirren interpretara a Dorothy Vallens, la protagonista de su nueva pesadilla, titulada Terciopelo azul, el encuentro con Rossellini le hizo cambiar de opinión. El primer día de rodaje, Lynch programó la violación de Dorothy/Isabella, todo un reto para una actriz con escasa experiencia. “David se rió durante todo el rodaje de esa escena […] Todavía no sé de qué se reía”, aseguró la actriz. Allí surgió el amor, aunque Rossellini tuvo que compartirlo con una perra, según Lynch, que también aparecía en pantalla: “El amor de mi vida, Sparky”. Risk ya era consciente de que Lynch volvía a serle infiel, pero pensó que esto también sería pasajero… “Hasta que la vi en el rodaje. […] Supongo que había química entre ellos. […] Intentamos solucionarlo: David pasó las navidades conmigo y Año Nuevo con Isabella. Teníamos una relación abierta y le dije a David que podíamos seguir casados y vivir libremente. Pero no pude”.

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Hubo un tiempo en el que David Lynch e Isabella Rossellini fueron genuinamente felices, como en esta imagen de 1988. Foto: getty images

Lynch y Rossellini iniciaron una relación de costa a costa. Incluso llegaron a comprometerse para el que habría supuesto el tercer matrimonio de ambos. Ella introdujo a David en la aristocracia del famoseo europeo, y en circuitos artísticos que, hasta entonces, habían estado vetados para Lynch. La prensa los adoraba porque, de repente, el director tenía una presencia pública de la que nunca había disfrutado: se presentaba, por ejemplo, con los cordones del zapato derecho sin atar y afirmaba “que llevaba así tres meses, desde el día que le pasó algo muy bueno”. O aseguraba con toda naturalidad que cada día, a las 14:30, debía tomar un batido de chocolate específico. Peor, para una mujer mediterránea como Isabella, era su aversión a los olores de la cocina. En su casa, no se podía preparar comida: “El olor. El olor de la cocina. Cuando pintas o escribes, el olor impregna todo mi trabajo”. Ella lo excusaba en el diario británico Daily Mail con un “David está obsesionado con sus obsesiones”.

Una película los unió. Y otra los separó. Mary Sweeney era la asistente del montador en Terciopelo azul, y también lo fue en Corazón salvaje. “No sé cuándo empezó su historia, o si tuvo dos relaciones a la vez, pero supongo que en un principio no fue así. […] Fuimos a recogerla al aeropuerto en Cannes y le pregunté: ‘¿Mary viene?’ Y me contestó: ‘Oh, sí. Ha trabajado tan duro’. Pensé que era muy amable por su parte invitar a una ayudante del montador. No supe ver lo que pasaba”. Y no lo vio hasta que, después de un rodaje en Rusia, el director le hizo saber que habían terminado. “David tiene una dulzura increíble, pero poco después me contactó para alejarme de su vida con una llamada de teléfono en la que decía que no quería volver a verme de nuevo”.

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La vida social de Lynch aumentó durante sus años con Rossellini. En la imagen, posan con Paloma Picasso en París en 1990. Foto: getty images

La presencia de Mary Sweeney no fue la única responsable, claro. Como había ocurrido con Martin Scorsese, la intensa vida social de la modelo convertida en actriz provocó tensiones que se demostraron insalvables. Según la hija de David, la también directora de cine Jennifer Lynch: “Isabella es elegante, alegre y social y todo el mundo la reconoce por la calle y quiere habar con ella, y eso le encanta. Papá es una persona muy amable, pero prefiere no tener muchas conversaciones públicas, y se convirtió en un problema entre los dos». A un amigo de la pareja, el productor Joni Sighvatsson,  Lynch le confesó, según se puede leer en la biografía: “Joni, ser el novio de Isabella es un trabajo a tiempo completo”. Tras la ruptura, Isabella tuvo que acudir a terapia, tal y como ha reconocido al semanal alemán Die Zeit. “David fue el gran amor de mi vida. Y pensé que era correspondida, pero obviamente me equivoqué. Mi instinto me decía que éramos una pareja feliz, pero no lo éramos”. No sabemos cómo fue la terapia, pero la explicación de por qué se les acabó el amor no deja de ser peregrina: “A veces pienso que el hecho de que yo no practicara la meditación fue una de las razones por las que me abandonó”, justificó Rossellini. O tal vez fuera que nada podía contener el apetito por la conquista femenina de Lynch.

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