Beyoncé se ha quedado muda (y le ha salido redondo)

Lleva desde 2013 sin conceder una entrevista. Se ha atrevido incluso a hacerle 'la cobra' al número de septiembre de Vogue USA. Su voto de silencio no ha hecho más que alimentar el mito.

vogue

Ni una palabra. Ni una mísera entrevista online. Ni un cuestionario pregunta-respuesta. Nada. Absolutamente, nada. Beyoncé es la chica de portada de la revista femenina más deseada del universo, el número de septiembre de Vogue US. Pero no busquen en páginas interiores una suculenta entrevista de la diva del pop. No la hay. En su lugar, solo encontrarán un ensayo acerca de su figura escrito por la ganadora del Pulitzer, Margo Jefferson. En términos periodísticos, el hecho marca un antes y un después en la historia de la revista ya que nunca antes la protagonista de la portada –modelo o celebrity– le había hecho la cobra a la consabida ‘entrevista de portada’. Ni siquiera ella misma en sus dos anteriores portadas (en 2009 y 2013) había eludido esta obligación.
Con este ‘mutismo ilustrado’, Bey –así la llaman cariñosamente sus fans– va  un paso más en la creación de esa leyenda que la dibuja como una mujer controladora de su trabajo y de su imagen. La estrella que mide mucho sus apariciones públicas. Lleva un par de años huyendo de las entrevistas televisivas en directo y prefiere las grabadas. Quiere que le envíen los cuestionarios para revistas por mail y responderlos online. Evita la espontaneidad hasta el punto de registrar en vídeo sus entrevistas cara a cara. Así lo hizo con la revista de Anna Wintour en marzo de 2013. En aquella  ocasión sí accedió a dar una entrevista al periodista Jason Gay. “Conectó una vídeocámara sin operador al otro lado de la mesa como para registrar cada segundo de Beyoncé en el acto de ser la propia Beyoncé”, recuerda el periodista. Tres meses después, en junio de 2013, posaba para la portada de GQ. Allí la apodaban Miss Millennium y, a cambio, la Knowles concedía una de sus últimas entrevistas antes de encerrarse en su particular silencio verbal.

Una foto publicada por Beyoncé (@beyonce) el 21 de Ago de 2015 a la(s) 4:15 PDT

 

¿Ha desaparecido Beyoncé? En absoluto. Sencillamente, pasa olímpicamente de conceder entrevistas. En declaraciones al diario The New York Times Jefferson sostiene que “ha valorado cuánto contribuyen las entrevistas convencionales para la creación de su propio personaje para concluir que no ayudan tanto como otras vías. Es una decisión perfectamente razonable”. Desde entonces ha lanzado un álbum, ha sido madre y no esconde a su hija Blue de las cámaras. De hecho, la pequeña aparece en el videoclip del tema Blue.

Tampoco esconde su matrimonio. Se deja ver tanto en eventos públicos de postín (léase, los Oscars) como en partidos de baloncesto con su marido, Jay Z. Vamos, que no se ha enclaustrado en una cueva alejada del mundanal ruido. Sencillamente ha optado por comunicarse con sus fans por una vía más directa: las redes sociales. En su perfil de Instagram @beyonce, con 44 millones de seguidores, es fácil seguir su día a día por las fotos y gifs que constantemente sube. Entre las más recientes, retratos con su hija, navegando con su marido y posando con Riccardo Tisci ante el objetivo de Anton Corbijn en el making of para Vogue. Solo las publica. Nunca comenta nada. Ni siquiera ante la lluvia de emoticonos sonrientes y comentarios embelesados de sus fans. Silencio sepulcral. Y eso le basta para seguir siendo la número 1, por mucho que la prensa del colorín ande enardecida estos días al descubrir que Kim Kardashian @kimkardashian acaba de superarla en 100.000 seguidores en Instagram.

De este modo, la cantante afroamericana más grande de todos los tiempos, con 17 premios Grammy en su haber y millones de álbumes vendidos en todo el mundo, se empodera aún más. Es capaz de hacer pasar por el aro a la todopoderosa Anna Wintour negándose a concederle unas líneas. Algo que hasta la fecha no había conseguido ni la propia Michelle Obama. Ella se reserva sus motivos para esquivar las entrevistas. Tal vez pretenda controlar al 100% sus mensajes y evitar que se tergiversen sus palabras. Tal vez para ahorrarse el mal trago de comentar acerca de su matrimonio, en un verano en el que las supuestas desavenencias conyugales han dado mucho que hablar . O, acaso para agigantar el mito. “Muchos artistas optan por reservar una parcela de misterio en torno a su identidad. Kiss se maquillaban la cara. Daft Punk la ocultan con máscaras y cascos. De este modo, no te queda otra que centrarte en su música y no en la frivolidad del ciudadano que es cuando deja de ser estrella y retoma su vida cotidiana”, apunta Antonio Carmona, experto musical y director del programa Hoy Empieza Todo del Radio 3. En el caso de Beyoncé puede que esa gran mujer inexpugnable se viniera abajo si diera declaraciones polémicas de esas que tanto gustan a la prensa acerca de su rivalidad con otras colegas de profesión como Rihanna o Taylor Swift. O, peor aún, si entrara a valorar las políticas de su gobierno, algo que sí hizo en su día Britney Spears apoyando la Guerra del Golfo de George Bush hijo con aquel mítico “confío en cada decisión de nuestro presidente”. Beyoncé es sabia. Vende música y un físico envidiable. Eso le basta a sus fans. El resto es alimentar a sus detractores. Y ella no está por la labor.

Una foto publicada por Beyoncé (@beyonce) el 14 de Ago de 2015 a la(s) 3:33 PDT

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