Una crisis hiperfemenina

Esta temporada vuelve la mujer-mujer. ¿Tiene alguna relación con la situación económica?

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Más barra de labios, más colorete, más máscara. Así imaginan este otoño-invierno los diseñadores y estilistas el maquillaje de la temporada. Se reivindica la feminidad, el lujo, lo extremo: desde el fetichismo de Marc Jacobs para Louis Vuitton, hasta los dulces años 20 de Gucci o la romántica candidez de Pucci y Valentino. Triunfan los rojos y los violetas (sombras, barras y coloretes), las pestañas interminables, el brillo y el eyeliner de efecto gatuno. Es decir, vuelve el eterno femenino, en toda su sofisticación y clasicismo. El maquillaje es moneda de cambio en época de vacas flacas. Los tonos vivos como el rojo ahuyentan los fantasmas de la crisis. Animan. Por eso las ventas de maquillaje se dispararon un 26,5% en 2009, en plena debacle económica, según un estudio de la consultora AC Nielsen. Lo siguen haciendo. Los productos que más salida tienen: las lacas de uñas (un 18,6% en 2009), seguidas de las sombras, la máscara y las barras de labios. Otro dato: España es el cuarto país europeo donde más cosmética se consume (superado solamente por Suiza, Noruega y Dinamarca).

Las pinturas son una medicina contra la represión. En el periodo de entreguerras arrasaban. Las mujeres reaccionaban contra la ley seca y otras prohibiciones a golpe de brocha y escándalo. Los códigos estéticos de aquella época –boquitas de piñón, ojos en tonos ciruela y pómulos rosados– regresan ahora. La maquilladora Gucci Westman los rescata para Revlon. Lancôme hace lo propio; aunque su propuesta es mucho más chic, muy Belle Époque. Un look que recuerda a los de Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Audrey Hepburn… a esas Mujeres que se escriben con «eme» mayúscula.

«Siempre me han inspirado las estrellas del Hollywood dorado; son el canon femenino», nos cuenta la maquilladora Bobbi Brown. Para conseguir el look, Brown propone combinar sombras intensas en marrón o violeta con otras más neutras en los labios. Otra posibilidad es maridar unos ojos en tonos claros con unos labios oscuros, en ciruela o granate.

La nueva tendencia no pierde los rasgos de sus orígenes: lo femenino sigue siendo sinónimo de curvas, rubor y volumen. «La crítica a este estereotipo ha sido contundente durante décadas. El feminismo luchó contra la estética tradicional en los sesenta y setenta. Su discurso era político. Más adelante, en los ochenta y noventa, escritoras como [Donna] Haraway hablaron de la hibridación, de la mujer cyborg, la mujer-máquina. Era una forma de criticar la existencia de un sexo dominante. También denunciaba el sufrimiento al que se somete la mujer para agradar», plantea Víctor del Río, escritor y profesor de Teoría de la Estética en la Universidad de Salamanca.

«Aunque esta temporada hay guiños al maquillaje andrógino, la tendencia principal es la de las pin ups de labios rojos. El rouge resiste a desaparecer desde hace tres temporadas», informa Adrien Pinault, maquillador profesional de la Semana de la Moda de París.

El labial arrasa. Y es que su hegemonía viene de lejos. «Nos lo ponemos en los labios para agradar a los ojos, pues el rojo es un símbolo de embriaguez, una promesa de locura y perdición cautivadoras», escribió en su momento Girolamo Casanova, conocido por sus innumerables aventuras amorosas. O como subraya Dominique Paquet en Historia de la belleza: «El rojo disimula la vejez y aporta sensualidad. Se aplicaba [en los siglos XVII y XVIII] por todas partes, incluso en las mejillas de los muertos […]. ¡En el siglo XVIII, la Corte [francesa] compró un millar de botes de ese pigmento!».

Maniquíes planas, larguiruchas, sin caderas; esos rasgos físicos definieron los años 90 y la década pasada. Pero ahora, definitivamente, el referente vuelve a ser la ‘mujer-mujer’. Incluso los hombres se feminizan: labios granates en la colección masculina de Vivienne Westwood (otoño-invierno 2011/2012), amarillos en la de Ehud Joseph (primavera 2012), azules en la de Band of Outsiders (primavera 2012). El eyeliner masculino es también una constante desde hace ya algunos años en los desfiles.

«¿Por qué hay un movimiento hacia la feminidad extrema? Porque vivimos un momento de crisis económica y de valores. Necesitamos ya un cambio de ciclo. Si en años anteriores se ha apostado por la mezcla de géneros, ahora se vuelve a lo tradicional. Ese primer capítulo tal vez sea la exageración, la hiperfeminización del maquillaje», opina el escritor Oscar Scopa.

Todo es puro juego. Así lo ve, sin embargo, Javier Garcés, presidente de la Asociación de Estudios Psicológicos y Sociales: «La moda se basa en clichés y trabaja sobre unos conceptos de hombre y mujer a los que da un significado determinado. Cuando se cansa de esas definiciones las destruye y vuelve a empezar».

Pero, ¿en qué se basan los arquetipos de género? ¿Quién los define? «Nuestra percepción del paradigma femenino tiene que ver menos con nuestro punto de vista que con la percepción de los hombres. Es fruto de una mirada cultural fundamentalmente masculina», advierte Marta Sanz, autora del ensayo La mujer fatal. Es decir, el modelo de mujer joven con taconazos, labios gruesos y pestañas XXL se lo inventaron ellos. Y ellas lo asumieron. Es lo que Víctor del Río llama «el complejo del Narciso feminizado». «La consumidora aprueba el rol que inventan para ella, se refleja en él, se compara y termina imitando ese ideal impuesto por el hombre». El escritor asegura que existe otra tiranía, la de Estados Unidos, popularizada con series como Mujeres desesperadas o Sexo en Nueva York, donde el prototipo de mujer curvilínea y siempre bien maquillada es recurrente.

«Histórica y culturalmente, para marcar las diferencias de género, una mujer debía añadir a su imagen algo que nunca llevaría un varón: las uñas pintadas, las medias de rejilla… Señas que le aportaban liviandad, sutilidad. El objetivo de estos detalles era sugerir fragilidad. Los chicos, sin embargo, han de parecer sólidos, impenetrables», cuenta Enrique Gil Calvo, escritor y catedrático de Sociología de la Universidad Complutense. Y añade: «Desde antaño, la seducción femenina se ha asociado a la acentuación de sus rasgos, es una manera de alimentar su capital sexual. Es la “estrategia” de mercado del emparejamiento. Los varones participan en ese juego de coqueteos, pero menos».

Por último, otra teoría señala que la hiperfeminización es producto de la diferencia de clases. Ya la aristocracia del siglo XVIII se embadurnaba con harina y adoraba las tallas grandes. El objetivo era distanciarse de la plebe desnutrida por la penuria. Trasladado a las épocas de crisis (como esta)… quien más tiene, más muestra y alardea.

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