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Retrato robot del vegano español

La nueva revolución pide respeto a los animales. Y tal vez, salve al planeta.

Retrato robot del vegano español

En España, unas 93.000 personas no prueban nada procedente de un ser vivo.

Un 7,8 de los españoles se define como veggie. Aunque un 6,3% no va más allá de lo flexitariano (vegetarianos que no se cierran a lo animal). Pero un 0,2% se confiesa vegano, según el estudio The Green Revolution, realizado por la consultora Lantern. En España, unas 93.000 personas no prueban nada procedente de un ser vivo, incluidos la miel o los huevos. «Aún estamos lejos del 10% de Alemania, pero es un comienzo. Entre 2011 y 2017 se duplicaron los restaurantes con opciones veganas (de 353 a 703). Un paso más hacia una alimentación vegetal sin excluir de la mesa a quienes comen carne. Se convence más compartiendo que con una militancia vegana agresiva. También ayuda Instagram porque es una comida colorista», apunta Cristina Rodrigo, directora de comunicación de ProVeg España, organización alimentaria internacional con una meta: «Reducir el consumo de productos animales en un 50% para 2040».

El retrato robot del vegano es una mujer milénica de entre 20 y 35 años. El 57% lo es por ética y animalistas, el 21% comprometida con la sostenibilidad y el 17% por salud. «Una dieta vegana no es mejor ni peor que una omnívora. Depende de cómo esté diseñada. El consumo excesivo de carne, en especial la procesada, se relaciona con enfermedades como el cáncer de colon. Ingerir más frutas, verduras y legumbres ayuda a prevenirlas. Quitarse el filete y comer patatas fritas será vegano, pero no saludable», advierte Aitor Sánchez, dietista-nutricionista en Centro Aleris. «No todo lo que se vende como vegano es sano. Como los ultraprocesados de supermercado: imitan el sabor y la forma de la carne con mil aditivos», advierte Silvia Tack, dueña de La Colectiva Café, nuevo restaurante 100% vegano en Madrid. «Con una excepción: la leche de vaca para el café».

Menos carne también supondría menos efecto invernadero. «El 14,5% de esos gases los genera la industria ganadera. Y más del 70% de la selva amazónica que se ha destruido se dedicará a pastos», apunta Rodrigo. «Es paradójico: para la producción de un kilo de carne se necesitan 17 de alimento vegetal. Canalizarlos desde el principio al consumo humano reduciría hambrunas y cambio climático». Según un informe de Elsevier (2014) reducir a la mitad los productos de granja en la UE rebajaría un 25-40% las emisiones de CO2. Pero no todo vale. La activista Vandana Shiva, autora de ¿Quién alimenta realmente el mundo? (Capitán Swing, 2018) denosta la agricultura industrial. «Explota a sus trabajadores, arruina a los pequeños productores con sus 400.000 millones de dólares en subvenciones y nos da a comer tóxicos. El futuro está en una agricultura alejada del capitalismo patriarcal y regulada por mujeres». Vandana es vegetariana. «El veganismo es una reacción al especismo occidental. Mis padres tenían una vaca. Se ordeñaba cuando el ternero ya había bebido. No se abusaba del animal». Aún hoy bebe leche .

En el sentido de las agujas del reloj, exfoliante corporal y facial, de LUSH (12,25 €); crema-gel, de E-NATURE (32,99 €); aceite de argán, de MÁDARA (54,95 €); sérum regenerante, de KÓOCH GREEN (39 €); mascarilla facial, de MACAW
(14 €); champú, de AVEDA (30,50 €) y, en el centro, mascarilla contorno de ojos, de THE BODY SHOP (31 €). Foto: Antártica

SALVAR LA PIEL
«Un producto puede ser natural, orgánico, botánico… y contener ingredientes de origen animal, como lanolina, cera o ácido carmínico [el E-120, un colorante rojo extraído de la cochinilla]», advierte Lissette Anziani, fundadora de la marca Kóoch Green Cosmetics, 100% vegana. ¿Es mejor? «No, pero se trata de coherencia: si no consumes animales, no quieres que tu cosmética se formule con ellos».

MORDISCO AL SISTEMA
Plutarco se negaba a comer carne porque le espantaba la idea de matar y despellejar a un animal. En su Manifiesto animalista (Reservoir Dogs, 2018), la filósofa Corine Pelluchon retoma esa ética. «Pese a tener colmillos como otros carnívoros, en la Europa del siglo XXI podemos reemplazar las proteínas animales por vegetales. Ser vegano no implica solo luchar contra el sufrimiento animal. Es una decisión política sobre la gestión alimentaria. Al elegir las viandas que llevamos a la mesa, estamos emitiendo un voto sobre el mundo que deseamos sin necesidad de salir a manifestarnos en la calle».

PLACERES NO CARNALES
La moda cambia lana, cuero o seda por lino, rafia o fibras sintéticas. Mireia Playà fabrica en Alicante zapatos veganos. «Usamos materiales blandos para el exterior y forros transpirables y antibacterianos». En 2015, la cerveza Guinness eliminaba la cola de pescado (un gelificante) en su fabricación. «Nosotros tampoco la empleamos. Ni eso ni miel ni nada animal. Y todos los ingredientes son ecológicos», apunta Nacho Ibáñez, socio fundador de cerveza Veer. ¿Puede un restaurante vegano optar a estrellas Michelin? «El mío, La Mano Verde (Berlín), está entre los 500 mejores de Alemania, pero me niego a tenerla. Supondría una parafernalia cara y mi comensal vegano paga por cocina gourmet, nada más», sentencia Jean-Christian Jury, autor de Cocina vegana (Phaidon). Lo último: el vegasexualismo o no intimar con carnívoros.

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