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13 mitos falsos sobre cosmética y alimentación que ha destapado Déborahciencia

Que "la homeopatía es el azúcar más caro del mundo" o que "los parabenos no son tóxicos"... Todo esto hemos aprendido de Déborah García Bello en todos los canales en los que desmiente absurdas leyendas.

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    Déborah García Bello es química y divulgadora científica a través de varios canales –entre ellos, Youtube–. Durante su ya amplia trayectoria en un sinfín de medios especializados en salud, belleza y alimentación, ha conseguido destapar una gran cantidad de mitos que hoy recopilamos en S Moda.

    Sobre ellos nos ha informado, largo y tendido, tanto en sus artículos y vídeos como en su último libro ¡Que se le van las vitaminas!. ¿Adivinas qué otro mito le da título?

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    El mito: “La leche sin lactosa es más ligera y más digestiva”

    El origen: La gente cree, de manera infundada, que la leche sin lactosa es más sana y engorda menos. Pero la única particularidad es que ésta contiene la enzima lactasa, una que nuestro cuerpo segrega de forma natural si no hemos sido diagnosticados como intolerantes a la lactosa.

    La realidad: La lactosa se compone de glucosa y galactosa (un azúcar naturalmente presente en la leche), que nuestro cuerpo metaboliza sin ningún problema gracias a la enzima lactasa. La leche sin lactosa lleva esta enzima añadida de forma especial para aquellas personas intolerantes cuyo organismo no es capaz de segregarla. Ingerirla de manera artificial tan solo generará un problema en nuestro organismo que no existía a priori.

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    El mito: “Los cosméticos con parabenos son tóxicos”

    El origen: Un estudio científico de hace años demostró que algunos parabenos tenían funciones estrogénicas, que se podían comportar como hormonas en el organismo. Pero se trataba de dosis más de mil veces superiores a las de un cosmético que, además, no se ingiere sino que se aplica sobre la piel. Se hablaba en el estudio de parabenos de cadena larga, que nunca se utilizan en cosmética, pero la noticia se viralizó y acabó pareciendo verdad porque las marcas se sumaron al eslogan “sin parabenos”.

    La realidad: Los parabenos se utilizan en cosmética desde hace más de 70 años. Son conservantes y tienen función antifúngica y antimicrobiana. Debemos utilizarlos en los cosméticos para protegernos nosotros y proteger al propio producto de que sea degradado o contaminado. Son los mejores conservantes que existen y los que menos alergias producen y se recogen en un reglamento cosmético que los aprueba y controla de forma estricta antes de llegar al mercado.

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    El mito: “La industria alimentaria quiere que consumamos ultraprocesados”

    El origen: El movimiento real food se basa en unos principios básicos positivos, como el de comer alimentos cuanto más naturales y reales mejor. Pero induce miedo alrededor de la industria alimentaria, genera rechazo hacia los aditivos y los productos procesados, crea sentimiento de culpa y, en definitiva, convierte la relación con la comida en un trabajo.

    La realidad: No es real que la industria alimentaria sea Matrix. Dentro de esa industria están unas galletas –ultraprocesados–, pero también los plátanos que llegan de Canarias hasta tu casa o, por ejemplo, la leche, que ses un alimento procesado. El real fooding es, al final, contrario a lo que se quiere conseguir con la nutrición: tener una relación sana con la comida.

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    El mito: “Muchos cosméticos se testan en animales, debemos apostar por los cruelty free”

    El origen: Muchas marcas siguen utilizando el sello ‘cruelty free’ como una estrategia de marketing. Ninguno de ellos es oficial ni realista ni ha tenido que demostrar nada.

    La realidad: Hace más de 10 años que se prohibió por ley la experimentación con animales para testar cosméticos. Tampoco se hace en otros países como China para luego importarlos a Europa… El reglamento sobre los productos cosméticos recoge estas indicaciones en uno de sus capítulos dedicado a la experimentación animal. Se utilizan y están recogidos en nuevas guías creadas por asociaciones por la seguridad cosmética: pieles sintéticas, cultivos de células humanas, sistemas bacterianos, membranas que son similares a la conjuntiva del ojo, etc. Y también ensayos clínicos en personas.

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    El mito: “El azúcar moreno es mejor que el azúcar blanco”

    El origen: Se está sustituyendo en muchas ocasiones simplemente por creer que engorda menos o que contiene vitaminas y minerales.

    La realidad: Mientras el blanco es un 95% sacarosa y un poquito de agua, el moreno es un 85% sacarosa y un poco más de agua con melaza, que es también sacarosa que no ha cristalizado y se ha tostado (de ahí su color). Por eso ambas son iguales: aportan 4 Kcal. por gramo, tienen el mismo índice glucémico (70) e influyen igual en la diabetes, el sobrepeso o el apetito.

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    El mito: “El agua cruda es más saludable”

    El origen: El agua cruda no está analizada ni tratada y proviene de fuentes y reservas naturales de aguas superficiales y subterráneas. Se está poniendo de moda en lugares como Sillicon Valley, donde la venden a unos 6 euros el litro.

    La realidad: Si uno de los mayores avances de la sociedad fue el poder filtrar el agua y conseguir que no actuase como transmisora de enfermedades, bacterias, olores… etc, el agua cruda se revela como una moda antiprogreso. Todas las aguas que bebemos, tanto las embotelladas como las de grifos o fuentes son y deben seguir siendo analizadas y, en caso de que lo necesiten, tratadas.

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    El mito: “Una copita de vino es buena para el corazón”

    El origen: El mito surge porque el vino contiene resveratrol, un antioxidante que, supuestamente, previene los daños en los vasos sanguíneos, la obesidad y la diabetes. Pero ninguna de estas virtudes se ha podido demostrar nunca en estudios con seres humanos.

    La realidad:  Tal y como ha demostrado la OMS, el consumo de cualquier tipo de bebida alcohólica incrementa el riesgo de sufrir cardiopatías, y está relacionado con otras patologías y enfermedades, incluidos seis tipos de cáncer: mama, intestino, hígado, boca/garganta, esófago y estómago.

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    El mito: “La homeopatía sirve para curar enfermedades”

    El origen: Se tiende a pensar que los productos homeopáticos son medicamentos formulados de forma más natural con plantas, pero no es cierto. Funcionan mediante el efecto placebo, ya que no han superado ni n solo ensayo clínico.

    La realidad: Proviene de la creencia de que “lo semejante puede curar a lo semejante” y se trata de sustancias que producen síntomas similares a los de las enfermedades que, para que no las lleguen a producir, se diluyen al máximo. Las disoluciones son tan grandes que no mantienen nada de principio activo: terminamos comprando y tomando el azúcar más caro del mundo.

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    El mito: “El ácido hialurónico funciona para todo”

    El origen: Se está utilizando el ácido hialurónico para reducir los signos del envejecimiento en la piel a través de cremas e infiltraciones, pero también en otros tratamientos estéticos, para combatir la artrosis o en suplementos alimenticios para deportistas. Pero, al ser usos tan diferentes, saltan las alarmas: y la verdad es que no sirve para todo.

    La realidad: Los suplementos alimenticios con ácido hialurónico no hacen que “de lo que se come se críe”. Está hecho de azúcares que nuestro metabolismo separa y distribuye como conviene. Igual que el colágeno, que se compone de pequeños aminoácidos que en nuestro organismo no saben cómo se tienen que recolocar. Sí sirve en el caso de las infiltraciones (aunque es biodegradable y hay que repetir el proceso cada cierto tiempo) y en el caso de las cremas: porque es la sustancia más hidratante que conocemos y tiene capacidad de relleno.

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    El mito: “El aceite de palma no es saludable y su uso debe preocuparnos”

    El origen: El ácido palmítico es el 50% de un aceite de palma y es una grasa insaturada que se considera poco saludable. Este tipo de ácidos grasos están implicados el aumento de colesterol malo y el riesgo de enfermedades cardiovasculares. Se utiliza, también, para fabricar biocombustible: una causa que ha llevado a, por ejemplo, la gran deforestación sucedida en la isla de Borneo, en la que se vieron amenazadas especies y pueblos indígenas.

    La realidad: Se trata de un aceite de procedencia vegetal como otros que tomamos a menudo, la diferencia es su calidad nutricional. El ácido palmítico también está presente en otros como el aceite de oliva o el aceite de soja. Además, no debemos temerlo porque la industria lo utiliza por razones tecnológicas –aporta textura o untuosidad y es un buen conservante– en alimentos ultraprocesados que consumimos de forma ocasional y que implican elementos mucho peores que la poca cantidad de aceite de palma que contienen. Sí debe preocuparnos a nivel medioambiental.

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    El mito: “Las dietas detox desintoxican y adelgazan”

    El origen: Se pusieron de moda durante los años 70 con la dieta del pomelo, y no por sus beneficios para la salud, sino porque hubo un excedente en su producción. Se trató de una estrategia para revertir la relación oferta/demanda. Aunque el verdadero auge de los zumos detox llegó en 2010 promovido por un empresario australiano que adelgazó alimentándose a base de zumos.

    La realidad: Pero la realidad es que nuestro organismo no necesita desintoxicarse, ya tiene órganos que lo hacen por sí solos. Son el hígado y los riñones, e incluso la piel, los pulmones, el intestino y el sistema linfático. Además, una alimentación normal no “intoxica” nuestro organismo ni, según han demostrado los estudios, las dietas detox tienen ningún efecto positivo sobre nuestra salud.

    De igual modo, la pérdida de peso que se experimenta con este tipo de dieta tiene que ver con una restricción calórica severa que produce una pérdida de peso repentina y ficticia que se recupera rápidamente. Y que, además, lleva a sufrir riesgo de malnutrición y desnutrición.

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    El mito: “Los champús con sulfatos son tóxicos y cancerígenos”

    El origen: Se trata de una moda que responde a estrategias de marketing que han utilizado la etiqueta “sin”. Los sulfatos tienen alta deferencia –son tensioactivos que encapsulan la suciedad del pelo y la arrastran con el aclarado– y por eso pueden resultar más agresivos para la piel, pero se trata de una generalización que no es real.

    La realidad: No hay ningún estudio que vincule el uso de sulfatos con el cáncer y están autorizados por la Agencia Española del Medicamento y el Producto Sanitario. Su uso es seguro y no debemos descartar ningún champú porque contenga sulfatos, sino fijarnos en la formulación de cada uno y elegir el que más convenga a nuestro cuero cabelludo y tipo de cabello.

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    El mito: “Los desodorantes con aluminio causan cáncer”

    El origen: Este rumor se extendió hace más de 18 años por una cadena de correo electrónico que se basó en explicaciones fuera de toda lógica, pero que parecía verdad, relacionado con las sales de aluminio y el cáncer de mama.

    La realidad: Posteriormente se han desarrollado varios estudios para intentar probar la relación entre el aluminio y el cáncer de mama, pero ninguno lo ha conseguido y todos los organismos oficiales comparten la misma versión. Las sales de aluminio se utilizan para que un desodorante no solo enmascare el olor, sino que bloquee las secreciones de las glándulas sudoríparas. Los desodorantes que contienen aluminio son no solo seguros sino también los más efectivos del mercado.

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